Diario de un «obsesor» (7)

       

Por supuesto que ese miserable se deprimió. No podía ser de otra manera tras el hostigamiento al que le sometí en las siguientes fechas. Su tristeza y su falta de vitalidad se fueron acentuando hasta extremos que ni yo mismo podía presagiar. Conseguí que enfermara, que incorporara esa idea de culpa a su yo para que se identificara con ella. Quería que se sintiera por dentro como un convicto que declara ante el juez su total responsabilidad en el crimen cometido, o sea, el mío.

Qué buenos momentos pasé al comprobar cómo se consumía paso a paso. Enarbolando mi bandera victoriosa, confirmé que cuanto más menguaba él, más crecía yo. La distancia que restaba hasta su completa destrucción era cada vez más pequeña. Ese traidor debía ser apartado a toda costa del mundo de los “vivos” y pasar a engrosar la lista de los «sin nombre», la fila de aquellos que como yo, les había sido arrebatada la posibilidad de acariciar o comunicarse con su ser más querido, mi amada Carolina.

Empecé a creer que el concepto de justicia por fin me alcanzaba de pleno. La retribución de la pena se estaba consumando, el pago de su deuda se cumplía. Era lo justo. Roberto tenía que percibir dentro de sí mismo lo que a mí me había llevado al cataclismo.

No podía comprender cómo mi dócil esposa se solidarizaba con sus males, cómo intentaba ayudarle a soportar sus desgracias pero eso ya no me importaba. Cuanto más procuraba ella auxiliarle, más firme me mostraba yo en mis pretensiones. Al final, la actuación inocente de mi mujer propiciaba justo el efecto contrario que perseguía, pues yo me desvivía por intensificar mi cacería psicológica sobre el semblante de ese hombre. Sin duda, estaba utilizando mi única arma disponible de forma magistral. A fuerza de probar y experimentar, vomitando de continuo todo tipo de mensajes derrotistas sobre su mente, me había convertido en un auténtico experto en el arte del asedio. ¡Qué ignorante! Ni siquiera intuía qué o quién podía estar detrás de su desgracia. Ya quedaba menos para que él se reuniera conmigo, para mirarnos cara a cara, sin obstáculos. Entonces, llegado ese ansiado momento, ese canalla desearía
pertenecer aún a la esfera material.

Transcurrido un tiempo, mi orgullo se hinchó para pavonearme aún más de mis logros. Ahora sí que podía proclamar que mi triunfo era prácticamente absoluto Ambos dejaron de tener relaciones sexuales. El decaimiento de Roberto resultaba tan profundo que su aparato genital dijo ¡basta! Ya no había ganas de roce, de solazarse, de sudar juntos en la cama. Su libido se había transformado en la más mustia de las flores. En ese estado de inapetencia, mi enemigo ni siquiera contemplaba ya la posibilidad de satisfacer ni a mi Carolina ni a sí mismo.

Mi plan sibilino extendía sus efectos benéficos, pues llegué a la conclusión de que si no se acostaba con ella, era muy probable que mi esposa empezara a distanciarse de él observándole como un caso perdido, como alguien imposible de recuperar a la normalidad. Dados los síntomas de su abatimiento, no es que la evitara ya en la alcoba, sino que conforme pasaban los días ya no quería ni siquiera hablarle sobre sus problemas. Con mi tesón, con mi reforzada disciplina, había obtenido que el otrora orgulloso y altivo Roberto fuera una sombra desfigurada, alguien que más que una persona parecía un desecho de hombre venido a menos. Dada su desconexión con el mundo, se refugiaba más y más en su negra intimidad y el muy idiota, sin saberlo, me abría así todas las puertas de su casa interna para que yo continuara estrangulándole con mis discursos negativos, un poco más a cada segundo que avanzaba el reloj.

Por fin, ese bellaco tuvo que resignarse y tratar de buscar ayuda urgente en un profesional de la psiquiatría. Empujado por Carolina, no pudo negarse a acudir a una consulta. Sin ser consciente de ello, hasta mi amada trabajaba también a mi favor. El especialista, que no tenía ni la más remota idea de lo que realmente estaba sucediendo, que no conocía cuáles eran las causas del declive de su paciente, no tuvo otra ocurrencia que diagnosticarle una fuerte e intensa depresión y por supuesto, atiborrarle de pastillas. ¡Menudo «mejunje» más divertido para mis intereses! Por aquí, unos comprimidos para dormir, por allá, otros para disminuir la ansiedad y también de regalo, cápsulas para levantarle su hundido ánimo. Ja, ja, ja… ¡Si sería estúpido ese médico!

En vez de protegerle, ese chiflado de bata blanca le estaba desarmando y empujándole desnudo a mis brazos para machacarle aún más si cabe. Roberto estaba a mi merced y yo no desaprovecharía ese regalo con el que la ciencia médica me había obsequiado. Con el efecto de los potentes fármacos sobre su debilitada conciencia, me lo puso todavía más sencillo. Decididamente, mi víctima había perdido su escasa dignidad y se había convertido en un vulgar juguete entre mis manos. Yo, Eusebio, el antiguo acosado, el más perjudicado de aquel perverso adulterio, había pasado ahora a acorralar a quien más se lo merecía. El antiguo conquistador de mujeres y figura brillante de los negocios estaba ahora bajo mis pies, pendiente tan solo de que yo le propinara la patada definitiva para enviarle a la otra dimensión.

Eso sí que era morder el polvo, pues Roberto cada vez se tenía menos derecho y permanecía más tumbado, más herido en su alma, atascado tanto por el efecto de la medicación como por mi arrinconamiento. Para mí, constituía un gran resultado el observarle por las mañanas cuando se despertaba, atontado y sin defensas bajo el influjo de los somníferos. En esa situación, se hallaba tan receptivo a mi dominio que mi labor era tan sencilla como manipular la mente infantil de un crío. En esa bendita coyuntura para mis ojos, yo le decía que lo mejor que podía hacer era quedarse en la cama todo el día, que adónde iba a ir en su lamentable estado, que sus problemas no tenían solución y que todo aquello que le ocurría era el justo precio que estaba pagando por su traición al conquistar a mi Carolina y por haber provocado con su denigrante actitud, mi fatal accidente.

Conforme su trastorno iba a más, ya casi solo se levantaba para comer muy poca cosa y hacer sus necesidades. ¡Qué aspecto más desastroso, qué pocas energías poseía aquel sujeto contagiado por el virus de la venganza, directamente inoculado por mí! Demacrado y enjuto, peleado con la higiene personal más básica, arrugado como una pasa sin tener cumplidos aún los cuarenta, habiendo perdido más kilos que en una hambruna medieval, ya no caminaba erguido; hasta para ir al baño, a solo tres metros de su lecho, se encogía y se encorvaba. Incluso orinar le costaba un supremo esfuerzo. Le extendí de muy buena voluntad el más valioso de los cheques: aquel que te conduce gratis al viaje de la muerte. Mi moral estaba a tope, reforzada por los brutales efectos que observaba en ese desdichado. Era exclamar en mis adentros “quién te ha visto y quién te ve”, para desatar en mí la más sonora carcajada que cualquier mente pudiera imaginar.

…continuará… 

 

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