«Obsesores» en acción: cómo tratar con ellos (II)

Nos centramos ahora en la parte práctica de todo el procedimiento descrito, es decir, en cómo anular la influencia nociva que este tipo de espíritus ejerce sobre nosotros. En esta entrada no hablaré de la excelsa labor que pueden realizar los grupos espíritas tanto para ayudar al “obsesor” como para calmar y hacerle entender al “obsesado” el proceso por el que está pasando. Parto de la base de que se ha escrito mucho y que existe suficiente bibliografía respecto a las técnicas de “desobsesión”. Me centraré más bien en el trabajo individual que puede acometer la víctima, el sujeto que sufre ese influjo negativo tanto en el interior de su mente como en su vida externa, ya que todo esto puede llegar a afectar a sus relaciones personales, a su profesión o incluso a su salud. Como expuse en la primera parte, recurriremos a la aportación de la psicología, que como ciencia de la conducta nos va a resultar muy útil en la labor que vamos a desarrollar.

Autoobservación. Esta tarea supone un paso inicial e ineludible. Lo primero que hay que decir y sin lo cual no llegaremos a ningún resultado práctico, es que el individuo en cuestión debe aprender a autoobservarse. No estoy hablando de esa especie de conciencia de nosotros mismos que todos tenemos y que incluye los principales referentes en los que nos movemos. Me refiero a un método más elaborado y que en relación a la materia que estamos analizando supone examinar con detalle cuáles son las circunstancias y las condiciones exactas en las que se produce el “acoso” de la entidad “obsesora”. Una vez que hemos establecido que estamos siendo sujetos pasivos de ese proceso, lo mejor es acotarlo, es decir, saber con la mayor precisión posible cómo, cuándo y dónde se desencadenan esos ataques que padecemos. ¿Ocurren en casa o solo cuando salimos? ¿Suceden cuando estamos acompañados o exclusivamente cuando nos hallamos a solas? ¿Se registran esos eventos cuando acudimos a algún lugar concreto o en cualquier espacio? ¿Esos pensamientos que invaden nuestra mente se refieren específicamente a una temática determinada o no tienen objeto concreto sobre el que centrarse?

Cualquiera puede entender que resulta mucho más fácil abordar una “patología” como la obsesión, cuando hemos delimitado las circunstancias en las que surge y se instala en nuestro pensamiento. Esto es similar a lo que ocurre en el campo de la medicina, pues el galeno trata por todos los medios de rastrear los detalles de la enfermedad a través del diagnóstico, para a continuación, aplicar el mejor tratamiento. Cuanto más precisos seamos a la hora de señalar esas variables, más efectiva será nuestra intervención. Por otra parte, las obsesiones no solo cuentan en cuanto a su número de apariciones sino también en cuanto a su intensidad de manifestación. Por eso, se producen tesituras en las que el “obsesor” lanza su ataque con la mayor de las fuerzas y existen otras en las que apenas notamos su influjo.

Empieza ahora a entenderse la extrema importancia que posee una buena autoobservación. Si no somos capaces de analizarnos y describir cuáles son las situaciones en las que brota con una mayor magnitud el proceso obsesivo, difícilmente podremos solucionarlo o reconducirlo. Por tanto, el objetivo primordial en el inicio ha de ser aislar lo máximo posible la coyuntura en la que se desencadena la “ofensiva” del “obsesor”. Es posible que con tan solo centrar nuestra atención resulte suficiente para aclarar los pormenores del lance, pero para algunos resultará muy práctico adquirir un pequeño diario en el que registrar todos esos datos que hemos citado.

Una vez que tenemos claro cuándo, dónde y cómo se producen esas invasiones sobre nuestras ideas, es hora de empezar a trabajar dicha problemática. Dijimos el otro día que el tipo de “agresión” que suele utilizar el “obsesor” era de tipo sutil, perspicaz, buscando con su inteligencia interferir la buena marcha de nuestros pensamientos y más aún, desequilibrar con ello nuestra estabilidad emocional. Esto tiene su perversa lógica, ya que resulta complicado mantener un estado anímico armónico cuando sufrimos con frecuencia las irrupciones de una criatura que sabe por dónde embestirnos y que conoce nuestras debilidades. Después de todo, tiene todo el tiempo del mundo para examinarnos.  Veamos ya cómo podemos contrarrestar ese influjo negativo. Contamos para ello con tres técnicas muy definidas que han demostrado su eficacia dentro del campo de las ciencias de la conducta.

Control de estímulo. Consiste en cambiar o alterar el ambiente que nos rodea de modo que opere a nuestro favor. Es muy útil cuando la influencia obsesiva se halla muy ligada a factores externos muy concretos. Pongamos un ejemplo. Varón con problemas recurrentes de sobrepeso. Ha efectuado varios tratamientos de dieta sin resultado y cuando ha logrado perder algún kilo, al poco tiempo no solo los ha recuperado sino que además los ha incrementado. Acude al supermercado una vez por semana al mediodía (sobre las 12 horas) al objeto de hacer la compra para todo ese período. Cuando se va acercando a las diversas estanterías que contienen los comestibles, siempre escucha una voz en su cabeza que le incita a escoger los alimentos más calóricos. Estos son algunos de los mensajes que oye deslizar en su oreja habitualmente: “mmm…qué ricos están”, “por qué renunciar a esa fuente de placer”, “uf, esta noche partido de fútbol en TV y atracón… lo que vas a disfrutar con esta comida”… No está de más decir que el influjo de la entidad se hace patente porque nuestro personaje tiene tendencia a comer más de lo que debe. Se trata pues de un problema de regulación de la voluntad, por eso es justamente el área donde el “obsesor” incide más.

En este caso, el espíritu, que conoce a su víctima, se vale de la escasa energía que denota esa persona para controlar el tipo de comidas que adquiere. Se introduce sutilmente en su mente y con una argucia, le lanza el mensaje dirigido a su componente más instintivo y el sujeto casi se relame de gusto al escuchar en su interior el “anuncio radiado” por el “obsesor”. La conclusión es clara: aunque nuestro personaje sabe que no ha obrado bien con su salud, ha podido más su motivación hedonista que el reclamo a una nutrición sana. ¿Qué puede hacer este sufrido individuo para eliminar el acoso de su “verdugo”? Aplicando el control de estímulo, consistiría en alterar la hora y las circunstancias en las que realiza su compra semanal. A partir de ese momento, mantiene el día en que acude al supermercado pero lo hace después de la comida del mediodía, es decir, con el estómago lleno. No cabe duda de que el “obsesor” se va a enfadar, aunque solo fuera por el hecho de que la persona “obsesada” se ha atrevido a trastocar su rutina, pero cuando más se va a soliviantar aquel, es cuando compruebe los efectos del cambio de planes realizado por nuestro hombre, ya que no es lo mismo ir a comprar alimentos con el estómago vacío que con la digestión en marcha.

Las investigaciones demuestran que después de comer, los individuos tienden a llenar su “cesta” con alimentos mucho más ligeros y de menor poder calórico que cuando acuden con “hambre” a su establecimiento habitual. Esto, que puede resultar una verdad evidente en alguien con sentido común, no resulta tan fácil de advertir cuando estamos sometidos a la aguda influencia de una entidad que no desea precisamente nuestro bien. Esa pérfida ascendencia es la que bloquea nuestra capacidad para ejecutar acciones cotidianas saludables, de modo que en la obsesión, tenemos serias dificultades para adoptar medidas que irían en nuestro beneficio, como es el caso relatado.

Debemos pensar que la solidez de un proceso obsesivo se basa entre otras cosas en la presencia de un ritual reincidente y perfectamente diseñado por la mente “obsesora”, es decir, en la existencia de unos hábitos repetitivos que tanto el “obsesor” como el “obsesado” llevan quizá años o toda la vida practicando. Simplemente, el hecho de romper esa cadena de “esclavitud” que conservaba atada a la víctima, supone un mazazo tremendo para el “invasor” que observa de este modo una respuesta inteligente y sorpresiva en aquel al que creía tener bajo su  abrumador dominio.

Las reacciones serán variadas dependiendo del carácter del vínculo establecido y pueden ir desde el debilitamiento progresivo de ese influjo negativo hasta la réplica furiosa del acosador, que empieza ahora a estudiar a su víctima para atacarla desde otra faceta donde la reconoce como débil. Por ejemplo, si determina que es frágil en cuanto a resistirse al consumo de drogas, le incitará a pensar en el tabaco, con la “excusa” sibilina de que esta sustancia puede acelerar su proceso de adelgazamiento, pues después de todo, nuestro amigo repudia su sobrepeso. ¡Ah, bien! ¿Alguien pensaba que una influencia dañina alargada durante mucho tiempo iba a zanjarse por empezar a aplicar una técnica psicológica? Posiblemente no. Pero está claro que hemos asestado un severo golpe a la moral del “obsesor” al comenzar a actuar contra él con sus propias armas. Por mi profesión, tiendo a creer que si la persona pretende buscar ayuda experta, su “acompañante” le va a incitar a pensar en que el consejo de un psicólogo o terapeuta, además de ser caro, no va a solucionarle nada, disuadiéndole por todos los medios de la inutilidad de gastar su dinero y su tiempo en ese tipo de asesores. Nada de esto me sorprende. ¡Y es que son muy listos! Pero si ellos se muestran sagaces, más astutos vamos a ser nosotros utilizando las técnicas de las que hablamos. La moral de lucha es lo último que se pierde antes de sucumbir y de esta debemos hacer nuestra principal valedora, para no decaer y volver a levantarnos aunque la embestida arremeta de nuevo. ¿Qué tal otro ejemplo para saber más acerca de cómo funciona la técnica de control de estímulo?

Veamos un caso, por desgracia, más habitual de lo que parece y que afecta a buena parte de la población: el insomnio. Por supuesto, no podemos atribuir toda la culpa del problema a la acción del “obsesor” sino también a los malos hábitos prolongados por el sujeto durante años, aunque está claro que aquel se va a aprovechar de nuestras flaquezas más evidentes. Imaginemos por un momento cómo nuestro “enemigo” del otro lado se deleita dejándonos caer determinados mensajes sutiles en el interior de nuestra mente. El caso aquí descrito es grave, sobre todo, porque afecta a los sectores de la vida más esenciales del individuo.

Varón de mediana edad. Presenta problemas para conciliar el descanso nocturno desde hace años. Se levanta bastante cansado, por lo que recurre a dormir siesta con frecuencia. Exhibe mal humor con asiduidad. Su rendimiento laboral se ve afectado por su mala calidad del sueño, habiendo recibido varias amonestaciones por parte de sus supervisores. Relaciones familiares disminuidas, con frecuentes discusiones conyugales y con los hijos, tanto por su desmotivación para realizar actividades comunes en familia como por sus bruscos cambios de ánimo. En otras palabras, convivir con este hombre resulta un suplicio tanto para él como para sus más allegados. Apliquemos la técnica.

Si nos fijamos, la persona lo que va a hacer es introducir cambios en su rutina habitual que “desconciertan” al “obsesor”. Varía entonces muchas de sus costumbres, aquellas que llevaba mucho tiempo realizando en una especie de ritual poco recomendable para su salud y la de los que le rodean (no así para la entidad, que lo que pretende precisamente es minar su moral a través del insomnio). Curiosamente, lo que produce la dificultad para dormir en este sujeto, no es tanto la voluntad directa del “obsesor” como los malos hábitos que aquel conserva día a día, eso sí, susurrados sutilmente por ese espíritu en su pensamiento. Conviene insistir en que cualquiera (tanto encarnado como «desencarnado») nos puede dictar las instrucciones que desee, pero otra cosa diferente es que nosotros estemos obligados a seguirlas. ¿Qué quiere decir esto? Que perdida la sintonía, o sea, la afinidad “obsesor-obsesado”, se disuelve el vínculo que los mantenía estrechamente unidos. Somos seres libres, que nadie lo olvide.

Una vez realizada la conveniente autoobservación de la que antes hablábamos, es decir, la toma de conciencia del problema por parte del individuo, se decide a introducir los siguientes cambios en sus prácticas ordinarias.

* Decide acostarse solo cuando tiene sueño, aunque delimita unos márgenes para ir a dormir y levantarse en un mismo tramo horario.

* Suprime radicalmente la siesta o dormir durante el día, por muy fatigado que esté.

* No realiza en la cama ninguna otra actividad salvo la de dormir o la sexual.

* Elimina el consumo de estimulantes en las horas previas a irse a la cama (café, té, cacao, colas, nicotina…)

* No bebe alcohol en las 5-6 horas antes de acostarse.

* No realiza comidas copiosas por la noche.

* No ingiere demasiados líquidos antes de dormir para no tener luego que ir al baño.

* Se decide por hacer ejercicio a diario pero evitándolo en las 4 horas previas al sueño.

* Ambienta favorablemente su habitación para fomentar el sueño con: disminución de ruidos, duerme a oscuras, controla la temperatura y por último, efectúa pequeñas rutinas que facilitan el descanso (ducha o baño, vaso de leche, ponerse el pijama, lavarse los dientes y apagar la luz).

* Una vez en la cama y si no se duerme a los quince minutos, se levanta y se va a otra estancia donde realiza una actividad tranquila como leer o escuchar música relajante hasta que le vuelve a entrar sueño. Si vuelve a aparecer el insomnio, repite el mismo proceso y así hasta que concilia el sueño por fin.

* Se levanta siempre a la misma hora aunque haya dormido poco. Nada de quedarse en la cama una vez suena el despertador.

* Finalmente, la persona es consciente de que lleva años obrando mal y sabe que por actuar correctamente, tal y como se ha indicado, el problema no va a desaparecer en una sola noche. Persevera con disciplina hasta que obtiene unos primeros resultados alentadores que se perpetúan con el tiempo.

El «obsesor” cae de pronto en la cuenta de que su víctima está escapando a su control y que se va a enfrentar directamente a él modificando sus pautas de conducta hasta ese momento, a través de la introducción de cambios en su ambiente habitual: ha dejado de ser un pelele en sus manos. ¿Y cuál es la reacción de su contrario frente a esa abierta rebelión a su dominio? Creo que todos podemos imaginarla, aunque existen “obsesores” y respuestas de todo tipo. El de menos “carácter” posiblemente se alejará del “obsesado” tal vez para no volver más, al comprobar que este renuncia a su influencia. El de mayor “personalidad” insistirá en su influjo negativo y musitará en los oídos de nuestro personaje mensajes como…”no hagas caso a los consejos que te han dado”, “solo quieren que pierdas tu libertad de acción”, “dormir más te restará horas para hacer lo que te da la gana cuando estás despierto”, “te están controlando, imbécil y eres el último en enterarte”, “tú eres un hombre activo, inquieto y no debes perder tiempo durmiendo”, “¿pero bueno, es que vas a dejar que manden en tu vida?”…

No hace falta continuar para saber cuáles son las intenciones siguientes de ese “obsesor” que se resiste a perder a su “esclavo”. Sospecho que él se dirá: “si este me abandona y ya no hace caso de mis palabras ¿qué va a ser de mí?”. Hay que pensar que estas entidades son muy infelices y como tales, su propósito es extender su infortunio entre los que le escuchan. Si ese es su objetivo y este se ve interrumpido por la resistencia del “obsesado”, puede que busquen a otro ser encarnado sobre el que ejercer su poderoso influjo, no vaya a ser que se queden solos y…atención, horror, ¡tengan que reflexionar sobre el curso de su existencia y el sentido de la misma! Para ellos resultaría intolerable, pues implicaría tener que reconocer el daño infligido y sobre todo, tener que empezar a efectuar un trabajo interior de mejora, de reforma en cuanto a sus intenciones. Está de más decir que muchos de ellos preferirán cambiar de víctima antes que enfrentarse a los fantasmas de sus recuerdos.

¡Qué importancia tiene la oración con estos seres! Ella puede incitarles a una ponderada introspección, a preguntarse el porqué de sus “hazañas” con los seres que ceden ante su proceso acosador. <Tú me “obsesas” hermano, lo sé y sin embargo, oro por ti>. ¿No es acaso esta frase similar a los efectos de poner la otra mejilla de la que el Maestro nos habló? ¿No es idéntica a la de devolver bien por mal? Nosotros somos los primeros que con la adecuada información y trabajo interior podemos liberarnos de tan perniciosa influencia y curiosamente ¡podemos libertarlos a ellos del yugo que mantienen con nosotros! ¡Bendita misión, encomendada tan solo a los que realizan un cometido íntimo digno de elogio, pues se redimen a sí mismos a través de la redención hacia su “obsesor”! ¡Sublime prueba, donde ambos pueden rescatar sinsabores del pasado fundiéndose finalmente en un inmortal abrazo que tal vez anuncie tiempos venideros gloriosos de experiencias compartidas!

Vigilancia, tal y como Jesús pregonaba, autoobservación para detectar posibles influencias negativas y si se da el caso, a trabajar, no solo orando a Dios por nuestros “obsesores” sino cambiando radicalmente nuestras pautas de conducta para desligarnos y desligar, para perdonar al otro y a su vez, ser absueltos de nuestras faltas perdidas en los lejanos rumores del ayer. ¿Quién de entre nosotros está libre de haber «obsesado» en añejos tiempos a otras criaturas? Me he alargado con esta entrada pero creo que merecía la pena explicar con ejemplos la técnica de control de estímulos. El próximo artículo abarcará las otras dos habilidades que podemos emplear con estos hermanos que se “resisten” a desvincularse de nosotros (detención del pensamiento y autoinstrucciones).

…continuará…

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