Diario de un obsesor (8)

       

Y Roberto volvió al diván el especialista y este, al contemplarle en peor estado que en la primera consulta, le cambió algunos medicamentos y en otros le incrementó la dosis. Yo me preguntaba de qué servía estudiar durante tantos años la mente humana si luego ese hombre con título de psiquiatra era incapaz de dar con la clave de este asunto, con la causa del trastorno que aquejaba a mi antiguo amigo. ¿Por qué aquel conspirador no le decía directamente a su doctor que el origen de sus males residía en la traición que había llevado a cabo con mi mujer?

Las pastillas que ingería suponían un cero a la izquierda en cuanto a su tratamiento. De este modo, los síntomas de su patología aumentaron en intensidad. Sudaba tristeza por los poros de su piel, era incapaz de sentir la más mínima alegría, la ansiedad le rodeaba, el insomnio le mantenía agotado, su derrotismo le empujaba hacia el abismo más oscuro, su nulo apetito le empujaba ya casi a la desnutrición. La situación había llegado a tal extremo de gravedad que empecé a pensar que restaba poco para que mi objetivo de acabar con él se cumpliera. Era imposible que mi víctima pudiera dar marcha atrás y revertir la situación. Me había apoderado por completo de su voluntad y mientras que yo estuviera presente en aquel escenario, acompañándole a todas horas junto a su cama, era inviable que ese malvado se beneficiara de alguna mejoría.

Una vez superada esta fase crucial, me tracé una meta más exigente. Había que ir por orden, sin prisas pero sin pausas, era cuestión de seguir con paciencia el recorrido mi arduo trabajo. Según los cálculos que realicé, el éxito en mi siguiente paso le conduciría directamente a la tumba. Cuando muriera, le podría hablar de tú a tú, mirándole directamente a sus ojos, no como aquel día de infausto recuerdo en el que hui como un cobarde en mi coche de aquel hotel donde les vi juntos entre caricias y besos. Maldita sea, si aquella tarde me hubiera armado de valor, si hubiera penetrado en la cafetería y le hubiera dado un puñetazo a ese judas, todo mi destino habría cambiado y pertenecería aún al mundo de los “vivos”. Esa relación extramatrimonial se habría interrumpido para siempre y todo habría vuelto a la normalidad. Mas como fui pusilánime, como me faltó coraje para enfrentar la coyuntura, tuve que cargar con el peso de mi ruina.

Sin embargo, no era el momento de torturarme, de volver hacia mi pasado para agobiarme con lo que pudo ser y no fue. Tenía tan cerca la victoria, mi desquite, que me reí y me concentré de nuevo en mi afanosa tarea. Como tenía prisa por reunirme con él, aceleré la aplicación de mi programa. Cavilé más y más y la claridad se hizo en mi interior. La meta debía ser que se autodestruyera, que por su propia mano y ante la amargura de la situación por la que estaba atravesando, llegara a tal nivel de desesperación que prefiriera quitarse la vida a seguir viviendo.

Lo que hice a continuación fue tan lógico como razonable. A través de una serie de mensajes programados que le deslizaba de forma subliminal en su perturbada mente, le induje a considerar con la máxima seriedad la posibilidad del suicidio. ¿Acaso le merecía la pena a ese desdichado continuar existiendo en el lamentable estado en el que se hallaba? Esa era mi esperanza y a fuerza de insistir aproveché una mañana cuando recién levantado, se miraba con horror las arrugas de su cara en el espejo. ¡Qué gran oportunidad encontré cuando le percibí tan despistado y tan receptivo a cualquier aviso en su pensamiento! Fue así como en aquel supremo instante, le presioné para que vaciara en su estómago todas las pastillas que tuviera en su poder y que el psiquiatra le había prescrito. De esa forma, como si estuviera por completo hipnotizado por mi influjo, se dispuso a perpetrar la acción definitiva que le transportaría a la otra dimensión donde yo le aguardaba con un cuchillo entre mis dientes.

¡Ahhh… por qué poco no logré mi propósito! Tuvo que ser el estúpido de mi vecino al que Carolina le había dejado las llaves de mi casa para echarle de vez en cuando un vistazo a alguien tan enfermo como Roberto. Mi mujer estaba trabajando y durante ese horario le había dado precisas instrucciones a don Eutimio, ya jubilado, para que se pasara por allí a visitar a mi víctima. ¡Maldita sea! Ese viejo loco estropeó con su absurda conducta la culminación de mi objetivo. Solo por unos segundos, no pudo producirse en la habitación la parada cardiorrespiratoria que yo ansiaba y que me permitiría verle frente a mí.

Tras una inoportuna llamada al servicio de urgencias por parte del anciano alertando de su estado de inconsciencia y tras hallar varios botes vacíos de comprimidos, Roberto fue evacuado al hospital donde se le practicó el correspondiente lavado de estómago que salvó sus debilitados lazos que le unían a la vida. ¡Qué frustración experimenté! A pesar de mi aparente fracaso, esta circunstancia no iba a hacerme desistir de mi meta. Mi voluntad para proseguir con mi misión de aniquilamiento no desfallecería. ¡Qué pena que el destino no me hubiera ayudado con Carolina! Desconozco las razones por las que ella no podía escucharme pero si lo hubiera hecho, yo la habría convencido rápidamente para que tras mi óbito se hubiera separado definitivamente de ese embaucador de sentimientos. De esa forma, yo hubiera permanecido junto a ella para siempre.

Mis ataques no se detendrían por este pequeño incidente contrario a mis intereses. En cuanto le dieran el alta y volviera a casa, proseguiría con mi labor destructiva. Lo cierto es que me daba pánico entrar en aquel recinto hospitalario. El olor tan característico del ambiente, la infinidad de gente uniformada con batas blancas circulando por aquellos amplios pasillos y la experiencia traumática que tuve allí siendo niño no me resultaban muy agradables, por lo que opté por ser cauto y esperar el momento adecuado. Además, escuchando la conversación de uno de los visitantes que había acudido allí, pude enterarme que Roberto permanecía atado a la cama y sedado en prevención de nuevas conductas suicidas.

Transcurrió un tiempo del que no tuve plena conciencia, pero debido a la mejoría del paciente y a que respondió bien al tratamiento aplicado en la clínica, finalmente fue dado de alta y le fue concedido permiso para regresar a su domicilio, que era el mío. No me extrañó nada su restablecimiento. Para mí fue una demostración de que mi acoso no debía decaer, pues en el instante en que no podía actuar sobre él, los efectos de mi hostigamiento tendieron a desaparecer. No debía arriesgarme a perder todo el trabajo realizado hasta la fecha.

Qué rabia noté cuando le vi salir por su propio pie de aquel lugar. Incluso comprobé cómo sonreía abrazado a mi Carolina. ¡Qué poco sospechaba ese idiota que mi presión sobre su mente volvería de nuevo con más fuerza que nunca! Las horas habían pasado y mi esposa estaba preparando una cena exquisita que sirviera de pequeño homenaje para celebrar el alta médica de mi más acérrimo enemigo y su regreso al hogar. Anocheció y se dispuso a dormir. Como no podía entrar en sus sueños, tendría que aguardar en la habitación hasta la mañana siguiente, donde reanudaría mi demoledor trabajo. La suerte estaba echada para Roberto y esta vez me aseguraría de que no sobreviviera a su segundo intento por quitarse la vida.

…continuará…

 

 

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