Alcohol, nicotina y un acompañante de mal gusto

   

Hace ya unos años, una amiga mía, casada con un hombre desde hacía tiempo y al que yo no conocía, me pidió que desempeñara con él una labor detectivesca. En concreto, se trataba de que le vigilara, pues ella tenía la sospecha de que su marido estaba bebiendo más de lo aconsejable y que ello le estaba afectando negativamente a su matrimonio, a su familia y a su vida. Como antiguos camaradas de la infancia, insistió en que yo realizara para ella una tarea que podría resultarle muy ingrata, la de controlar a qué lugares acudía su esposo a tomar alcohol y en qué cantidades lo hacía.

Una vez accedí a su ruego debido a nuestra antigua amistad, me dispuse durante una jornada a realizar el papel de inusitado policía, el cual debía inspeccionar los movimientos de alguien cuya descripción ya me había sido facilitada por su mujer. Cuando tras una tarde de seguimiento me aseguré del bar al que solía ir, esperé a la mañana siguiente y a una hora calculada, decidí acudir a dicho establecimiento para observar mejor la conducta de aquel hombre.

El asunto de mi investigación no pudo empezar peor. Nada más penetrar en aquel “antro”, una neblina que se extendía por los rincones de aquel local golpeó mi vista. No estaba ocasionada solo por el humo de los que fumaban, sino también por las densas vibraciones que reinaban en esa cargada atmósfera. Me senté en una de sus mesas con un periódico entre mis manos a modo de entretenimiento y para pasar algo inadvertido, pedí una consumición mientras esperaba la llegada de aquel sujeto.

Transcurrieron unos minutos en los que trataba de examinar el ambiente allí imperante. Era un lugar antiguo de los que abundan en numerosas ciudades, donde mucha gente podía permanecer horas y horas sentada o de pie en la barra, con su vista fijada en un punto perdido y ensimismados en sus propios pensamientos mientras el alcohol fluía por sus venas y el humo del tabaco entraba y salía de sus pulmones. Muchos de ellos ni siquiera decían nada, pues solos, parloteaban consigo mismos en extraños soliloquios de difícil comprensión.

El espectáculo resultaba grotesco. Tras un exhaustivo examen, caí en la cuenta de que la clientela de allí no solo pertenecía al plano físico y aunque no se les iba a cobrar precio alguno, se constituían en espléndidos socios para el tabernero, pues su onda mental comprendía tan solo un objetivo: incitar por todas las artes a los que allí tenían su cuerpo a beber y fumar cuanto más, mejor. Algunos gozaban de la “grata compañía” de uno de esos seres y otros incluso de dos o más criaturas con aspectos de lo más variopinto. Ni siquiera la más horrenda de las gárgolas, presentes en las catedrales medievales, hubiera podido igualar la terrible fealdad de aquellas entidades que se apegaban como inconscientes huéspedes, absorbiendo todos los fluidos que podían a sus desconcertados anfitriones.

Vaporosas formas que tornaban de aspecto, a cuál de ellas más espeluznante, se situaban al lado de los encarnados, en unos casos “atravesándolos” para succionar mejor sus exhalaciones y en otros, contemplándolos muy de cerca e imitando juguetonamente sus mismos gestos, como si resultaran sus propios “dobles”, eso sí, de una película de terror en la que no existía director de escena.

Pasado un rato y cada vez más incómodo por la cinta de miedo que ante mis ojos se mostraba, al fin entró allí la persona en cuestión. Lamentablemente, el marido de mi buena amiga contaba con el dudoso “honor” de transportar, cual polizón embarcado, a una de esas entidades a cuestas. Tal sería la fuerza de esta, que cuando una de las criaturas que pululaba cerca del mostrador se interesó por aproximarse a ese sujeto, aquel ser monstruoso, en inesperada señal de poderío, le “arañó” literalmente el rostro de forma tan agresiva, que esta última desapareció por una de las paredes de aquel antro con una mueca de pavor en su deformado semblante para no regresar más.

El individuo pidió una copa y encendió un cigarro que aspiraba como si fuera el último de su vida. Y otra bebida, y otra consumición, y más tabaco a su boca. Mirándolo de modo que yo podía observarlo sin que él se percatara de mi presencia, vapores cada vez más densos se desprendían de su organismo conforme avanzaba el tiempo. Estos se asemejaban a ondas emanadas procedentes del alcohol ingerido que en forma de extraños anillos concéntricos se desprendían del centro de su cuerpo. A ello se unía, por si fuera poco, el efecto de la niebla siniestra que provenía de su pecho cada vez que el sujeto en cuestión daba una calada a su pitillo, mientras que una negra bocanada, llena de miles de puntitos negros, era exhalada por entre sus dientes.

Aquel esposo aparentaba más de medio siglo, aunque yo ya sabía que su edad era menor, hallándose avejentado y arrugado, con su espalda encorvada, no solo por los vaivenes de la vida sino también por el peso adicional que cargaba sobre sus hombros al persistir en tan obsesivo ritual, el que constituía la visita diaria a aquel tétrico espacio.

Cuando ya me encontraba “contaminado” de tan pésimas vibraciones y exhausto por el trabajo que me habían asignado, a punto de abandonar aquella misión tan poco recomendable, ese hombre se levantó del taburete, engulló su último trago y aspiró como angustiado el postrer sabor de la nicotina. Fue entonces cuando el ser viscoso que le acompañaba, de tonalidad cambiante entre una amplia gama de acentos grisáceos, dio un brinco fuerte hasta encaramarse a sus espaldas a fin de que lo llevara a cuestas.

Aquella extraña criatura que había permanecido en el local de pie, a escasa distancia del hombre, debía sentirse satisfecha y tal vez saciada, ya que había estado induciéndole en todo momento a que pidiera una nueva consumición. Por eso, mostró una perversa sonrisa cuando el esposo de mi amiga se dirigió a la puerta para salir, aunque rápidamente tal gesto se transformó en una serie de gruñidos y ruidos incomprensibles que yo no acertaba a descifrar.

Con la curiosidad instalada en mi mente, a pesar del disgusto por la visión de tan escabrosa escena, me levanté dispuesto a seguir a aquella persona y a su silueta acompañante, incorporada a su columna vertebral sin haber sido “invitada” formalmente, aunque sí convocado por las vibraciones de etanol y nicotina que desprendía. Era repugnante, pero incluso aupado a su dorsal, ese ser no permanecía quieto y mientras el encarnado daba sus primeros pasos por la calle, el “otro” se mantenía atento a las espiraciones de su “anfitrión”, de modo que cuando este arrojaba aire por su boca, movía su cabeza hacia su nariz o labios intentando aspirar cuanto podía de aquel humo negruzco que emitía al respirar.

Al verlo andando, noté al individuo cansado, cada vez más doblado y con su cabeza gacha. Tenía claro que su inclinación era la consecuencia de la tenaz presencia de aquella criatura sobre sus espaldas desde hacía demasiado tiempo. Se trataba de un maligno juego en el que la “sombra” seducía con sus mejores “armas mentales” y el otro se dejaba seducir, preso de una deplorable receptividad a la influencia del espectro. Tras avanzar algunos metros, el hombre miró su reloj, como intentando ubicarse en el tiempo para ver qué hacía. Su entidad adlátere, que se encontraba instalada cómodamente alrededor de su cuello, incorporó de pronto su testa con signo de preocupación y yo, que caminaba algo más atrasado, pude darme cuenta de cómo le susurraba algo en el oído. No distinguí lo que le comentó, pero al momento lo supe por la reacción del encarnado.

La persona cruzó de forma brusca la avenida, cambiando en ángulo recto sus andares y clavando su mirada en un letrero grande que se exhibía antes sus ojos al otro lado de la calzada.

—¿Será posible? —me dije yo, entre enfadado y sorprendido—. ¡Otro bar!, exclamé ya en voz alta.

Ahora, ya sabía lo que el “huésped” había recitado en la oreja de su “posadero”. Este último no titubeó y condujo sus pasos hacia el local donde finalmente se introdujo. No quise ser testigo durante más tiempo de aquella lamentable escena. Definitivamente, ya había tenido bastante con lo visto. La “gárgola” no se dio cuenta de mi presencia y siguió a lo suyo, respirando y tragando lo que el hombre exhalaba de su físico en forma de vapores cada vez más densos y viscosos.

Me volví a casa, meditando sobre la intensa experiencia vivida y llegué por el camino a la conclusión, de que la falta de responsabilidad era el eje principal sobre el que rotaban las miras de ese individuo. Si todos los días,
compulsivamente, repetía el ritual descrito ¿cómo iba a responder a los compromisos de la vida? ¿Con qué fuerzas iba a arrostrar el desempeño de un trabajo, la educación de unos hijos o una historia compartida en pareja? Este sujeto, se iba quitando de encima a manotazos, como espantamos las molestas moscas del verano, cualquier tipo de obligación que la propia existencia le demandaba. ¿Por qué se dejaba atraer a la oscuridad aun sabiendo que se estaba destrozando a sí mismo y a cuantos rodeaba? La clave estaba en la palabra antes citada: responsabilidad. Y pensé: ¿qué estaba evitando al consumir de ese modo? Con la ingesta abusiva no buscaba nada, tan solo rehuía, eludía sus deberes, algo imposible para un ser humano en condiciones normales. Expresado de otra manera: a pesar del supuesto “placer” que se atribuye al uso de estas sustancias, lo esencial era reflexionar para saber exactamente de qué se estaba librando aquel sujeto con su conducta abusiva. Sabía que si lograba responder a este interrogante hallaría un poco de luz entre las penumbras de su confusión.

Sumido, jornada a jornada, en los vapores paralizantes del alcohol y bajo los efectos del alquitrán pegajoso que se adhería a las paredes de sus pulmones, su vitalidad se apagaba a marchas forzadas y se sumergía en una espiral autodestructiva de la que poco podía esperarse, salvo su aniquilación. Cada hora, cada minuto, su conciencia, aunque enturbiada por la secuela de la droga, le advertía sobre un negro porvenir, sobre la imperiosa necesidad de cambiar el rumbo de su vida, pero tristemente, cuanto más le golpeaba aquella en su interior, más deseos de consumir le daban, azuzado por la tenebrosa influencia de su acompañante, el cual le empujaba a beber y fumar para esquivar los tremendos aguijones con los que su guía interior le punzaba a las puertas de su casa.

Todas las alboradas, al levantarse y mirarse al espejo y todas las noches en sueños, al agitarse en su cama, vislumbraba la seria figura de un cartero que depositaba cuidadosamente en su buzón una carta en sobre blanco, cuyo mensaje de advertencia ya conocía desde hacía años. Se trataba del aviso más importante que podía recibir en medio del caos en el que se había sumido su triste sino.

Su espíritu protector derramaba lágrimas por él, viendo cómo su tutelado desperdiciaba en un bucle trágico las inmensas oportunidades que el destino había situado frente a él; una mujer que le amaba, unos hijos a los que amparar, unas manos maravillosas con las que servir a los demás, pero a pesar de sus deseos y de su altura moral, el ángel conocía de su imposibilidad para inmiscuirse en el libre albedrío de su protegido. Solo insistía en silbarle en sus adentros, mensajes reiterados de amor e ilusión, mas un oído sordo y una mente embrutecida por los vapores de la toxicidad, difícilmente atisbarían el afecto contenido en tales anuncios.  Incluso en el mundo onírico, veía cómo jamás abría las misivas que le remitía, precisamente porque conocía de su contenido y no deseaba renunciar a la insensatez de su vida. La droga era la tupida venda que cubría su vista, el mejor “remedio” para acallar la voz interna de la vergüenza y para silenciar el afán inquebrantable de su ángel por sacarlo del pozo de sus ruinas.

Cuando meses después, supe de su fallecimiento hospitalario, acosado por un enfisema pulmonar y por una disfunción hepática, tan solo oré por él, rogando para que en su próxima encarnación, Dios le proporcionara las suficientes fuerzas para acometer las dificultosas pruebas a las que habría de enfrentarse. También lloré por el agotamiento que sufriría su celeste guardián, al ver cómo se habían malogrado sus múltiples tentativas por liberar a aquel hombre de las cadenas de la esclavitud, las que le mantenían atado a tan venenosas sustancias. Sin embargo y al tiempo, le envié un mensaje de ánimo desde lo más profundo de mi corazón porque yo sabía que el ángel había triunfado finalmente, pues realizó todo lo que estuvo en sus manos para levantar al ser cuyo cuidado le habían asignado.

Y tú, mujer, amiga del alma, cuánto sufriste por su enfermedad y su partida, por la soledad en que quedaste por el abandono de sí mismo. Y tus hijos, fueron para ti el más firme baluarte donde recuperarte de ese golpe con el que a veces el mar de la vida te sacude para hacerte más fuerte, para avanzar firme entre la tempestad por algunos desatada. Ruego por ti para que no desesperes.

Esta fue la triste historia de un hombre cualquiera, de ciudad anónima pero de evidente involución. En un mundo expiatorio y atribulado, no quiso superar las pruebas que la existencia había dibujado en el lienzo de sus días. Prefirió la inconsciencia de la dejadez a la lucidez de la responsabilidad, el placer temporal de la irreflexión al gobierno de su propia nave. Al regresar a la carne, habría de afrontar nuevos retos aún más difíciles, para así retomar su camino de progreso, justo donde lo había abandonado, al iniciar su trágica representación de un suicidio indirecto, aquel que protagonizan miles de almas diariamente, cuando desprecian el don más sublime que el Creador otorgó a sus criaturas: la vida.

7 Replies to “Alcohol, nicotina y un acompañante de mal gusto”

  1. Lo peor que le puede ocurrir a un ser humano es caer en los vicios de droga y alcohol, creo que en esos casos se necesita mucha fuerza de voluntad para sobreponerse a la tentacion y tambien con la ayuda de Dios que puede ser a traves de la familia, amigos y conocidos.

    Muchas gracias amigo Jose por sus aportes tan bellos que nos sirben de inspiracion par seguir luchando en la batalla diaria.
    Bendiciones a usted y todos los suyos.

  2. A menudo nos alarmamos viendo cómo hermanos nuestros se ven arrastrados al vicio de las drogas…Pero lo que más me llama la atención es la poca importancia que damos a las adicciones, que tu mencionas, a las llamadas drogas legales:El alcohol y el tabaco. Socialmente no están mal vistas,, e incluso, se las reconoce como un elemento socializador, cuando son "usadas" de forma "moderada". Pero esto es un engaño. A nivel físico, estas adicciones son nefastas para nuestro organismo, pero lo son aún más a nivel espiritual pues, como tu muy bien explicas, nos ligan a una vibración tan densa que cuanto más tiempo dejemos que nos sometan, mayor será la dificultad para desembarazarnos de ellas. Alguien dijo una vez "Lo que no te eleva, te apega a la materia". Sólo queda la oración, sintonizarnos con vibraciones elevadas que nos permitan desprendernos…Donde hay Luz no puede haber obscuridad.
    Un abrazo Jose Manuel y para todos los que estamos unidos por este maravilloso blog.

  3. Gracias Jose Manuel por tus escritos q tanto nos enseñan este es el dia a dia ojala no tengamos problemas con estas drogas .
    Un abrazo y q Dios te bendiga.

  4. Oh que casualidad en este momento me encuentro en una situacion similar con mi esposo, y ayer mientras lo esperaba a la madrugada entre a este blog y me encuentro con esta leyenda. Definitivamente estoy a tiempo para evitar que mi esposo se sumerja en lo profundo de estos vicios. Gracias por esta publicacion. Por favor en pensamiento ayudeneme a que mi esposo salga de esto.

  5. es una adiccion muy dificil , sobre todo cuando no hay mucho para elejir ,dado que los sistemas empujan a ello , se es muy dificil salir , por modismo , problemas o lo que fuere , para colmo una compania espiritual extra , hace de las suyas ,

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