El día de los muertos (I)

        

¡Y llegó la fiesta de los muertos! Es curioso que esta fecha se celebre solo una vez al año cuando todos los días, sin excepción, caliente el sol o dormitemos bajo la luna, enfrentando el gélido viento del invierno o amodorrados por el sopor de la canícula, la muerte aparece de repente, sin llamar a la puerta ni siquiera para pedir permiso y entra en nuestro sagrado hogar. La imagen a la que la tenemos asociada con guadaña en mano, es tan solo para los que se resisten a abandonar su antigua vida. Habitualmente, no le hace falta tan cortante instrumento para romper el famoso “cordón de plata” que une al cuerpo con el alma. Silenciosa y muy correcta, sin apenas escuchar sus pisadas, se coloca junto a nosotros y nos susurra en el oído:

—¡Eh, despierte, caballero, señora, joven, es su turno! Suba a la barca y no se preocupe, el paso por la laguna Estigia aguarda. Yo me encargo. Relájese y déjese llevar. Mi nombre es Caronte y prometo dejarle en el punto exacto de destino que le corresponde. Yo le trasladaré allí, pero una vez desembarque, he de volver. Lo que suceda entonces queda bajo su responsabilidad. Perdone si durante el trayecto no le doy conversación pero este trabajo es serio y si queremos arribar al lugar preciso, he de concentrarme en el manejo de la pértiga. El jefe siempre me repite lo mismo: mueve la nave con calma, en silencioso remar y habla lo justo, por muy sorprendido que se muestre tu cliente. Siguiendo con el protocolo para estos casos, ¿se encuentra usted ya preparado para efectuar su viaje? ¡Entonces, adelante!

No hace mucho, como mi curiosidad y mis deseos de absorber conocimientos no tienen límites, hablé con mi mentor acerca de la posibilidad de experimentar en primera persona la prueba de la muerte, pues siendo lo único seguro con lo que el ser humano viene al mundo, resultaría de sumo provecho realizar dicho ensayo a fin de prepararme mejor para tan «fatal» desenlace, como le suelen llamar los que me rodean. ¡Qué curioso y paradójico a la vez! La inmensa mayoría de las personas con las que me relaciono suelen cruzar sus dedos cuando intentas abordar este tema o simplemente se limitan a exhibir una sonrisita huidiza que les permita cambiar de conversación. Y yo en cambio, busco con frecuencia datos novedosos sobre el tránsito y el más allá, como si la vida me fuera en ello.

A la mañana siguiente, escuché en mi expectante mente la respuesta a mi demanda y fui convocado por mi instructor para que esa misma noche realizara mi más interesante abordaje sobre el fenómeno de la muerte. Como no existe nada en la existencia por lo que no haya que «pagar» un precio, salvo el amor que el Creador nos profesa, fui advertido de que todo mi ensayo lo llevaría a cabo en soledad, sin apoyo de ningún tipo, pues esa sería la mejor manera de empaparme de tan desafiante experiencia.

Y llegó la noche y me acosté. Al rato de cerrar los párpados en mi cama, los ojos de mi alma se me abrieron, observándome frente a una extensa masa de agua de la cual tan solo divisaba una parte, pues la bruma reinante me impedía alcanzar más distancia con mi vista. Junto a la orilla, me esperaba un señor de aspecto serio, enjuto y de alargada estatura, al lado de una barca de varios metros de longitud aunque estrecha, pues difícilmente cabrían dos personas sentadas una al lado de la otra. Me pareció entender que aquella nave estaba diseñada en exclusiva para realizar traslados individuales. El hecho de que me hubiera sumergido en el otro costado de la realidad, me hacía pensar en que mis méritos estaban siendo los adecuados, o simplemente en que mi deseo había sido tan intenso en su manifestación que me había sido finalmente concedido.

Sea lo que fuere, tenía claro que mi viaje en bote, eso sí, con vuelta, había sido autorizado desde las instancias superiores donde todas nuestras peticiones son examinadas con lupa. Deseaba explorar con efervescencia eso que tanto aterra a mucha gente en estas fechas de muertos, de velas, flores, cementerios y guadañas. Pese a que todos mis sentidos se hallaban en estado de alarma, pues me consideraba un simple novato en estas lides, no podía sustraerme al hechizo de viajar al otro lado de la laguna, esa que a todos nos espera. Era como un juego excitante en el que de alguna forma, pretendía anticiparme a lo que la misma existencia, por su propio peso, me mostraría tarde o temprano.

Bajo los lametones de una intermitente niebla que sabía que no dejaría de acompañarme en mi excursión, fui invitado por aquel desconocido personaje con un amable gesto de su brazo a subir a la barca. Con la luz tenue de las estrellas que de vez en cuando se dejaban ver y una vez en el bote, dirigí mi habla a aquel señor.

—¿Es usted Caronte, amigo?

Tan parco en palabras resultó el remero que se limitó a contestarme con un gesto afirmativo de su cabeza, aunque no me importó. Sin embargo, cuando pensaba que el trayecto se realizaría en medio de un inquietante silencio, me dijo por sorpresa:

—Tiene usted los papeles en orden. ¡Qué verdad es que no existe regla sin excepción! No sé lo que pretenderá con esto que está haciendo pero su halo luminoso le delata, extranjero. Es usted todavía un extraño en esta tierra ya que su sombra física descansa segura en algún lecho, pero tengo instrucciones acerca de no hacer preguntas sino de cumplir escrupulosamente con mi tarea. Le deseo fortuna en su misión, porque la necesitará. Ni siquiera le pediré la moneda de pago que habitualmente exijo a los viajeros. Su expedición resultó aprobada por la autoridad correspondiente; yo me limito a obedecer.

Ignoro el tiempo que tardamos. No vi a nadie más salvo el reflejo del azul marino tirando a negruzco de aquellas aguas que se me clavaban en las retinas. Consumido un buen rato, bajo el sonido rítmico del chapoteo en el líquido elemento provocado en este caso por la pértiga de Caronte, alcanzamos la orilla de una tierra desconocida. Resoplé de alivio, pues os confieso que siempre me he encontrado más cómodo y seguro sobre superficie sólida que acuosa.

—¡Suerte y no prolongue su visita! – comentó el barquero con sequedad. He recibido estricto mandato de esperarle pero insisto, no se demore, tengo mucho trabajo pendiente.

…continuará…

 

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