El ángel y el suicida

Querido hermano que tronchaste el árbol de tu aliento: aunque te halles preso de la confusión, te pido encarecidamente que escuches lo que voy a decirte durante unos instantes; luego, usando tu libre albedrío, que pienso respetar, haz lo que tu voluntad te dicte. Yo sé que arrastrabas problemas graves, muy serios, y por lo que te conocí pensaste que con tu acción te librarías para siempre de los mismos. Ahora, por desgracia, compruebas que siguen ahí, a tu vista y que lejos de arreglarse se complicaron. ¿No ves que nada cuadra en toda esta coyuntura? Quiero que hagas un esfuerzo y que reflexiones, aunque soy consciente de que va a ser duro, pero no lo hagas por quien te lo expresa sino tan solo por mis argumentos, pues la razón se ha demostrado instrumento válido para resolver cuestiones dificultosas.

Creías que la cuerda que anudaste en tu cuello serviría para silenciar tus lamentos, pues ninguna voz más atravesaría tu árida garganta, agostada por tantas y tantas quejas que de tu existencia emitías. Mírate, estoy a tu lado y veo el mismo panorama que tú divisas ahora. Si por imperiosa necesidad, producto de un errado examen, decidiste soltar el madero que te mantenía a flote y descender a la sima de los mares ¿cómo es posible que ambos contemplemos una y otra vez la escena por la que estamos ahora hablando? El cordel no resultó muy grueso pero tu intención sí que lo era, lo tenías pensado desde hacía tiempo, en tu mente pululaban las sombras del desánimo y finalmente, en violento y arrebatado impulso, te encerraste en aquella negra estancia, pusiste la silla justo debajo del ventanal, calculaste las medidas y ataste la soga debajo de tu mentón. Ya no querías escucharte más a ti mismo pues tus palabras te parecían un sinsentido y decidiste cortar la lengua a tus pensamientos. Pretendiste descansar para siempre y ahora, más extenuado que nunca, ya lo ves, la película de tu desenlace transcurre ante ti en sesión continua que no sabes cómo detener.

Por eso he venido junto a tu alma desgarrada, ahora que tu cuerpo yace esparcido en cenizas, mecido por las oscilaciones incansables de los vientos, mientras buscan hacienda para aposentarse y cumplir así con la eterna ley de la energía transformadora. ¿Acaso no lo recuerdas? Era una de las citas favoritas de tu admirado Einstein. Perdona que te lo haya recordado, pero era la única forma que pensé para que miraras a mis ojos y captar tu atención. Ya sé que estás aturdido y desesperado, pero si descubres mis pupilas llenas de amor, quizá te resulte más fácil interpretar lo que ocurrió.

Mas para entender, siento decirlo, es preciso que volvamos a la escena del crimen, aquel que perpetraste estrangulando tu hálito, el que te insufló Dios en la noche de los tiempos. Quiero que examines tu acción pero escuchando mis aclaraciones. Observa de nuevo la pantalla donde se exhibe la tragedia de tus días. Sujetaste en un extremo la cuerda al barrote del tragaluz, para asegurarte de que no se soltara y en macabro ritual, comenzaste a doblar tus rodillas cual forzada despedida, cada vez un poco más, y con tu gaznate ya morado, descendiste a los abismos, un poco más y un poco más. Ni siquiera tuviste necesidad de agarrar tu cuello con las manos para liberarte. Lo tenías todo tan planeado que preso de un dulce sueño, antesala letal, fuiste lenta pero inexorablemente, perdiendo la conciencia de la realidad hasta que vencido por el peso de tu cuerpo y de tu irresponsabilidad, caíste sentado en tu siniestra poltrona, donde tu esqueleto fue a decir adiós, o mejor dicho, un hasta luego.

¿Creías de verdad, que tus conflictos quedarían resueltos en la espesura del olvido? ¿Piensas que tus apuros resultaron disipados por las brisas del azar? No te engañes amigo, nadie ventilará por ti las contrariedades de tu biografía, dejaste una familia destrozada, una esposa en soledad clausurada y unos hijos huérfanos de amparo. Sus problemas, lejos de disolverse, se agravaron. Y en cuanto a ti, si lo que pretendías era quebrar tu dolor, fallaste en tus previsiones, al convertirse este en el peor de los tormentos: una única sala de proyección, una sola película, la de tu final, con un único protagonista que hacía a la vez de espectador: tú. ¿Comprendes ahora que no puedes demoler lo indestructible porque es de naturaleza inmortal? ¿Desde cuándo creías que postergar la solución a tus contratiempos era el remedio ideal? Ahora, expías las faltas de tu ignorancia en lamentable y reiterado ceremonial, compelido por el efecto de tu propia acción.

Querido hermano, llevas ya años reviviendo el mismo cuadro, ensimismado en un dolor moral insoportable, pues no puedes evitar escudriñar el repetitivo lienzo de tu estulticia, el que tú trazaste con la mano de tu obstinación, triste jornada de regresión en la que emborronaste tu senda evolutiva. Por eso estoy aquí, porque tu parálisis no puede resultar eterna, pues tampoco son perpetuos los sufrimientos ni la tortura derivados del incumplimiento de la ley natural. Ha sido en todo este tramo, donde no había alborada para ti y tan solo te rodeaba la más lúgubre de las penumbras, cuando has comprendido que el libre albedrío, aún en su grandeza, no debe intervenir contra los designios del Creador, Dios de vivos, no lo olvides, mas alejado del que atenta contra lo más preciado del ser: su propia vida.

Me preguntas por qué ahora y no ayer ni mañana. Te expondré la diferencia. Yo he permanecido junto a ti todo este tiempo, no me he separado de tu melancólica figura ni un instante pues ese constituye mi trabajo, el que fructifica en tarea por la que yo, al igual que todos, avanzo en mi camino dichoso, pues créeme hermano, que no contemplo en mí mayor gozo que el de cumplir con el encargo que los seres luminosos me encomiendan. ¡Qué honor! Mi misión es mi alegría. Mi labor, mi herramienta de prosperidad.

Te conozco bien amigo, pues me mantuve testigo silencioso en tu prolongada ausencia del feudo del discernimiento; me convertí en tu invisible visitante pero no por ello, inhibido de tus amarguras. Te he analizado tanto que me he codeado con los rincones de tu historia, plena de altibajos y caídas pero también de insignes jornadas. He rezumado por los poros de tus recuerdos y ante tus persistentes negaciones, tan solo me permitía clavar mis retinas en la proyección de tus memorias, deseándote sinceramente, pronta iluminación a tus oscuridades. He respirado tu densa aflicción y compartido tus infinitas preguntas sin respuesta y en todos los casos, te he sonreído siempre, mas estabas sordo a mi influjo por tu pertinaz manía, pura obcecación que espantaba la luz regeneradora de las celestes dimensiones.

Mas ¿por qué ahora me he mostrado ante ti? ¿Por qué he dejado de ser mudo e impalpable acompañante de tu desdicha? Has de saber que hoy gritaste como nunca, alzaste tu voz suplicando auxilio a las alturas, hoy pronunciaste la palabra “basta”, la cual cobró un eco tan resonante que alcanzó la fibra de los que me envían. Era la señal convenida, el signo distintivo por el que debía surgir ante tu perfil y aportar dictamen a tus dudas, fulgor ante la peor de las turbaciones, la suicida, aquella que procede de trastocar el plan divino para con sus hijos.

Ahora ya sabes que no era tu momento, que la mudanza de plano no correspondía a tu alterada mano sino que ya estaba estipulada en otro soplo y en otras circunstancias que no respetaste. Y tú, cual antigua divinidad de un Olimpo vetusto, quisiste acortar los plazos a tus pruebas, las cuales no se desplegaron ante ti para hundirte en el lodo apresador sino para estimularte a la acción, adelantando así camino a tu amplio recorrido. Y sin embargo, estimado hermano, ni siquiera te paraste para recobrar fuerzas, simplemente decidiste por tu cuenta salir de la carrera, por lo que fuiste descalificado.

Amigo, recobra la calma, purgaste tu transgresión con el peso de tu desconcierto, del que has permanecido reo durante largo período. Eleva tu pensamiento, regocíjate al igual que lo hago yo, pues vivías cautivo de tu pasado y las cadenas por las que te mantenías confinado han sido rotas por el cincel liberador. Ahora, con tu petición de auxilio, espontánea y que emancipa, ha amanecido para ti. El brillo del sol recuperará la calidez en tu piel, sensible ahora al deseo inmortal de superar la memoria de tus errores. El tiempo ha renacido en tu espíritu, tu reloj evolutivo se puso de nuevo en marcha, has sido readmitido en la pugna por la existencia y de aquí en adelante, has de retomar los intervalos perdidos a través de nuevos desafíos que habrán de llegar. Deberás repetir parte del curso, pues nadie puede aprobar por ti las asignaturas pendientes de la vida, pero ahora alentado con energías esperanzadoras.

Ven conmigo, te tiendo mis brazos para recogerte tiernamente, ya pasó lo peor, reposa ahora en buenas manos en la ciudad de la que provengo, pues aún conservas el alma herida, pero ahora, tu conciencia atisba la lucidez de antaño, aquella que te concede afrontar los retos de la existencia y separar la caridad del egoísmo, la que te permite perfeccionarte ante los ojos compasivos de los nobles espíritus. Aprende la lección y el dolor que el estancamiento conlleva, para sumergirte con toda libertad en los océanos del bien. Y recuerda, siempre, querido hermano rescatado de las garras del remordimiento, que el Padre siempre concede nuevas oportunidades a sus hijos abrumados, pues el amor y la misericordia moran eternamente en Él.

4 Replies to “El ángel y el suicida”

  1. Excelente mensaje para los que nos vemos en dificultades al momento de superar la prueba, es mejor luchar hasta el final aunque nos sintamos desfallecer y pedir la ayuda de Dios para seguir adelante y no caer en desgracia.

    Amigo Jose Manuel me encantan sus escritos, que Dios le bendiga siempre.

  2. Hola, José Manuel, me gustó mucho este artículo, me hizo pensar y reflexionar, tengo un amigo que se suicidó y no hay día que no piense en él, aun sabiendo, todo lo que sufría, los amigos estábamos ahí y lo intentamos ayudar, pero, algo falló que no lo superó, Hace más de 20 años que pasó y lo tengo en la mente como si fuera ayer, espero que ya su espíritu esté feliz y sus penas y pesares, ya no las sufra, que ya pagara su culpa y ahora pueda sentir y ser nuevamente feliz en otra vida.

  3. Por más que lo intenete, no puedo imaginar lo que siente alguien, el sufrimiento tan profundo que debe sentir, para desertar de la vida. Me produce un intenso sentimiento de compasión, que no sabría describir…es desgarrador tu relato, que creo que debe acercarse bastate a la realidad. Pero no debemos quedarmos con eso, si no agradecer a Dios las infinitas oportunidades que nos proporciona para resarcirnos del daño ocasionado. El mensaje es muy esperanzador, ya que nos muestras cómo reanudamos nuestro camino evolutivo, después de un acto como éste. A nosotros, los que nos quedamos, nos corresponde la labor de la oración, para llevarles alivio y consuelo, y, quién sabe, si también conducirlos al despertar que les lleve, voluntaria y sinceramente, al arrepentimiento, a la solicitud de ayuda, que recibirán por la Misericordia Divina, a penas sea pronunciada sinceramente. Nuestra oración sincera para todos ellos.

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