SOMBRAS DE DIOS (54) Conspiración en el silencio

—Mira, te demostraré mi amor ahora mismo.

—No, déjalo, Martina. Esto se está convirtiendo en una obsesión para tu cabeza. ¿A quién se le ocurre penetrar en la celda de una compañera con la epidemia de peste que tenemos? A ti, solo a ti. Además, no me apetecen tus tocamientos en esta situación. En breve, tendremos que bajar para hacer la oración. ¿Quieres levantar sospechas o has perdido el juicio?

—Vale, tranquila, Carmen. No pretendía forzarte. Sin embargo, te demostraré mi cariño de otra manera no menos concluyente.

—¿Cómo? ¿A qué te refieres? ¿Aún restan sorpresas antes del amanecer?

—Por supuesto. Ahora verás cómo. Para ello, compartiré algo íntimo contigo.

—¿Algo íntimo? Vaya, ahora has despertado mi curiosidad. Venga, suelta lo que tengas que decir.

—Cómo me alegro de estimular el fisgoneo en ti. ¿Estás al corriente de lo que sucedió esta madrugada?

—¿Te refieres a las voces que se oyeron por el pasillo? Mira, yo, para evitar problemas, cerré la puerta y ni siquiera me atreví a abrirla. Permanecí dentro todo el tiempo y luego, se hizo el silencio. Hay que evitar las complicaciones y más cuando la peste asola a la población. La orden era muy clara.

—Ya. Lo que ignoras es lo que sucedió al rato.

—Pero… deja de hacerte la interesante. ¿Quieres soltar ya la noticia que sea? Me tienes intrigada.

—Por ahora, no estoy completamente segura, pero algo se traen entre manos esas tres.

—¿Esas tres? ¿De quién hablas?

—Pero… ¿no te das cuenta? Hablo de la madre, de la lista de la enfermera que, al parecer, todo lo sabe y de la novicia jovencita. Están tramando algo que acabará por afectarnos.

—Por Dios, Martina, el diablo se te ha metido en el pensamiento. No inventes chismes, porque nadie los creerá. No hay nada peor para la convivencia en un grupo de mujeres que dar pábulo a las mentiras y a las medias verdades. Siempre se ha dicho: los rumores, se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo acaban. Cuidadito con soltar tu lengua tan alegremente. Te prevengo.

—A mí me da la impresión de que estas tres andan metidas en líos de amoríos o en algún otro turbio asunto. Yo me pregunto qué otra cosa podían hacer esas tres abrazadas a mitad de la noche.

—Explícate. Estoy confundida.

—No te lo creerás, pero pillé a la superiora y a su mano derecha, su favorita, introduciendo a la novicia en su celda. ¡Y a esas horas!

—Vale. ¿Y qué?

—¿Tú crees que eso es normal?

—Supongo que no, pero eso no significa nada.

—Un momento, Carmen. Yo escuché con mis propios oídos a la madre diciendo que tenían que llevarse a Consolación a la enfermería. Pero ¿para qué?

—Y yo qué sé. A lo mejor la novicia se encontraba mal. Concepción es enfermera. Seguro que la examinaron y luego, al comprobar que estaba bien, la llevaron de vuelta a la habitación.

—No me lo creo. Esa explicación resulta demasiado fácil. Las cosas, en la vida, suelen ser más complejas de lo que parecen.

—Venga, Martina, sé clara. ¿Qué estás insinuando?

—No insinúo nada, solo describo hechos, pero te juro que descubriré lo que haya de raro en esa coyuntura. No me fío ni un pelo de esas tres. Siento decírtelo, pero así lo percibo en mi corazón. Mira, la superiora es una niñata consentida, sin experiencia, procedente de una familia donde todo le ha sido dado desde que nació y que llegó a ese cargo recomendada por la antigua abadesa, que seguro que quiso agradecer así las suculentas ayudas de la familia de los Nebrija a este monasterio. ¿Te puedes imaginar la relación que tuvo esa anciana con Verónica? Esta, como todos los nobles, lleva la inclinación al mando y al abuso en la sangre. Sin embargo, tiempo al tiempo.

—¿Cómo que tiempo al tiempo? ¿Qué extraña confabulación habita en esa mente perturbada que posees?

—Por ahora no dispongo de ningún plan, simplemente porque me faltan datos. Me valgo de mi buena intuición, que me hace guardar sospechas de esa mujer, te lo aseguro. Esa madre o falsa condesa o lo que sea, me da mala espina. No confío en su gestión para nada; creo que todo es pura falsedad detrás de una fachada de persona bien adecentada. A mí no me engaña con sus buenos modales y su aspecto de puritana medio santa. Ah, y de mí, no va a abusar.

—¿Abusar? Pero, ¿por qué iría a abusar de ti esa mujer que es más joven que yo? No pensarás que te tiene manía, ¿verdad? Pero si llevas muy poco tiempo aquí, Martina.

—¿Crees que soy una ilusa? A mí me trasladaron a este lugar por el problema que tuve en Toledo. La abadesa es joven, pero no es tonta. Ella sabe que vine aquí obligada. No sé si las cartas que se suelen enviar entre las superioras de los conventos llegaron a este sitio. Desconozco si se mandó esa misiva para advertir de que yo llegaría y en su caso, si fue leída.

—Que yo sepa, Verónica no ha realizado ningún comentario sobre ti. Me parece que se trata de una mujer sensata y muy prudente en sus decisiones.

—No sé lo que pensar. Puede que se trate de una estrategia muy sutil, es decir, que esté aguardando el momento preciso para desestabilizarme.

—¿Y por qué motivo iba a hacer eso?

—Pues, por ejemplo, por si se entera de nuestra relación «especial».

…continuará…

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