—Apuntad bien, hermana, porque ya habíamos alcanzado el año de nuestro Señor de 1681. Nuestra superiora estaba cerca de cumplir los sesenta; apenas restaban unas fechas para su aniversario. Sintiendo cada vez más livianas las ataduras terrenales y más próxima la levedad del cielo, una tarde se sentó conmigo en uno de los bancos de piedra junto al pozo del claustro.
—Hija mía, debo hablarte antes de que sea demasiado tarde. Espero que sea para tu bien… y para el de este monasterio. Es curioso cómo algunos hechos en la vida se repiten. He de atar ciertos cabos antes de marcharme de aquí.
—¿Por qué decís eso, madre? —añadió muy afectada la hermana Fátima—. Me preocupáis, más con vuestro gesto que con vuestras palabras. No solo habéis sido mi abadesa y mi guía durante todos estos años, sino algo más… algo que siempre eché en falta y que vos me habéis regalado.
—Tú sí que has sido el verdadero regalo que Dios me concedió para verter su amor sobre ti. Te miro y la serenidad me envuelve. Eso significa que, juntas, hemos realizado un buen trabajo.
—Su merced… al ignorar yo la procedencia de mis padres, vos me acogisteis en esta casa y me educasteis como lo habríais hecho con vuestra propia hija. Sé que el destino os debía mucho, y que estaba en deuda con vos cuando, por orden de vuestro padre, el conde, la pequeña Beatriz os fue arrancada de los brazos. La verdad es que, cuando lo pienso, nunca sé cómo podría devolvéroslo. Nunca me pedisteis nada a cambio y yo… yo os lo debo todo. No sé qué habría sido de mí si no me hubiesen dejado en la puerta de este convento y si vos no me hubieseis recogido y adoptado, pese a que no teníais obligación alguna. Gracias por vuestra entrega. Me miro en el espejo y esta mujer que veis está aquí gracias a vuestra generosidad, y gracias también a la Virgen de la Inmaculada y a nuestra fundadora, Beatriz de Silva.
—Hija —expresó Verónica, tomando la mano de su pupila—, atribuye esa gratitud tan solo al cielo, que sabe bien lo que a cada una corresponde y cuáles son nuestros merecimientos. Tú y yo hemos formado la mejor comunidad: tú me has hecho sentir madre al cuidar de ti y educarte en los principios cristianos y en las reglas de nuestra orden. Hemos compartido sufrimientos y alegrías, y tú, al menos, has podido crecer sin que te faltaran ni mi cariño ni la atención del resto de hermanas. Lo que el mundo te quitó al principio, te lo devolvimos nosotras con nuestro esfuerzo.
—Noto que queréis decirme algo en especial —comentó la monja, clavando su mirada en la anciana.
—Sí. Esa intuición tuya te hará anticiparte a muchos problemas y te volverá sabia y prudente. Es cierto, Fátima: mi alma ya divisa cerca la puerta de salida de esta dimensión. Lo sé porque mi cuerpo se debilita cada día más, y eso es una señal clara de que la transición está próxima.
—¿Transición, su merced?
—Sí. Hace muchos años, una monja anciana —como yo lo soy ahora— tuvo una conversación muy importante conmigo en este mismo lugar.
—¿Acaso os referís a la madre Juana, vuestra antecesora? He oído hablar muy bien de ella.
—Sin duda. Fue una mujer excepcional. Me educó en la templanza y guio mi camino entre estos muros. Mucho de lo que sé, y gran parte de mi trayectoria, se lo debo a ella. Y mira que en ocasiones estuvimos cerca de la catástrofe… pero Dios y la Virgen han cuidado siempre de esta comunidad, y la madre Beatriz ha estado muy pendiente de mí y de sus hijas. Juana, en su dulzura y buen hacer, me recomendó para ser la futura responsable del convento. Y pese a mis errores —que los he tenido—, cuando Dios me llame y Beatriz de Silva se halle presente, yo le ofreceré mis actos y el resultado de mis obras para que el Señor me juzgue como solo Él sabe: con justicia… y con amor.
—Qué bien habláis, mi señora. Ojalá sea de ese modo tan luminoso como reflejáis.
—Tal y como sucedió aquel día —comentó Verónica con una sonrisa dulce—, hoy te ofrezco lo mismo. Te propongo, desde la fe y desde mi corazón, como próxima madre y superiora de este bendito monasterio. Esta decisión no puede demorarse más, y así lo expondré en la próxima reunión de la comunidad.
—Pero… su merced… —balbuceó Fátima—. ¿Habéis meditado bien una decisión tan trascendente? De pronto, me siento abrumada por la responsabilidad.
—Eso es muy normal, hija mía. Fue la misma reacción que tuve yo cuando la madre Juana me lo comunicó. Y eso que yo era aún más joven que tú. Y, sin embargo… contempla el paso del tiempo. Sabes bien el motivo por el que quien te habla cruzó la puerta de este edificio. Ni siquiera sabía si la vida religiosa era mi destino. Te he contado muchas veces los detalles de mi historia. Tú, en cambio, fuiste abandonada en la puerta, y una vez dentro, haciendo uso de tu razón, optaste por permanecer aquí. Esa decisión siempre se la agradecí al cielo.
—Es cierto —reconoció, entre lágrimas, la hermana Fátima—. Nadie me obligó. Incluso me ofrecisteis la oportunidad de marcharme con vuestro hermano para ser presentada en sociedad y formar una familia. Ya veis que eso no sucedió. Por eso estamos conversando ahora.
—Querida mía, las transiciones no se hacen de un día para otro. Han de ser ordenadas y debidamente preparadas. No conviene alterar el buen ritmo de la comunidad, para evitar distracciones y otros efectos negativos que pueden acompañar a este proceso. Cuando yo no esté, tú asumirás el liderazgo de este grupo de mujeres y el gobierno de la comunidad concepcionista. Y en cuanto a las dudas que asoman por tus pupilas… ya te respondo yo: tienes treinta y un años. Por edad y condiciones, arranca de ti cualquier incertidumbre: estás perfectamente capacitada para asumir esa función y ese trabajo, en el que deberás encomendarte, cómo no, a la inspiración de la Virgen y a la tutela de nuestra fundadora.
…continuará…

