—Martina, por Dios, te lo voy a dejar muy claro. De esta que te habla no saldrá ni una sola palabra. Y espero que de ti tampoco, por tu bien. Te expones a una segunda denuncia y en ese caso, me temo que en tu cara estaría escrita tu perdición, sobre todo por ser reincidente. Tú me sacas casi diez años de edad. Razona, por favor. Piensa que un tribunal eclesiástico, al ser yo la más joven, siempre creerá en que has sido tú la que me has «conducido» hacia el pecado. Tus antecedentes harían más fácil tu condena. Lo mío sería más benigno. En otras palabras y para que te enteres, tú serías la verdadera culpable de esta corrupción contra la pureza que existe entre nosotras, contra esa castidad que como monjas prometimos mantener en su día, cuando realizamos nuestros votos.
—Bah, la castidad se cumple no deseando a ningún hombre, pero… entre mujeres, ¿qué falta puede haber? Vivimos en clausura, nadie se tiene que enterar de nada y menos de lo que ocurra entre estos gruesos muros. Ya bastante tenemos con ser pobres y obedientes, para que además no podamos darnos un poco de placer. ¿Es que no me apoyas, hermana?
—Ándate con cuidado. Aquí, hasta las paredes oyen. Por lo poco que te conozco eres muy lanzada y eso, a menudo, provoca disgustos.
—Ya. ¿Y qué me dices de la «lista» que todo lo sabe? Es que no la soporto.
—¿Te refieres a la hermana Concepción?
—¿A quién si no? Se conduce como humilde, pero es la sombra de la «condesita». A veces me pregunto quién de las dos manda más. La una por la otra y la otra por la una es que son clavadas e insufribles.
—Por favor, esa mujer a la que te refieres con ligereza es un ejemplo de rectitud y renunció por propia voluntad a todos sus privilegios ingresando en la orden concepcionista. Podría haber vivido en su enorme palacio heredado de su padre y, sin embargo, aquí la tienes apartada del mundo, más pobre que San Francisco y alejada de supuestos pretendientes que hubieran dado cualquier cosa por desposarla. Me parece que tienes demasiada imaginación y que el diablo se ríe de ti cuando te inspira esos pensamientos.
—No entiendo por qué te empeñas tanto en defenderla. Tiempo al tiempo, ya te lo he dicho antes. Me ocuparé de sacar a la luz el lío que tienen esas dos a las que lo único que les gusta es destacar y ser admiradas. Cuanto más se esfuerzan en demostrar lo buenas que son, más les puede el orgullo que anida en sus corazones. ¿Crees que no me he informado? Las muy malditas son como uña y carne.
—Bien. ¿Hasta dónde pretendes llegar con esa manía que se ha metido en la cabeza?
—Es obvio. Me juego lo que sea a que esas dos están liadas. La concupiscencia habita en sus almas.
—No me hagas reír y, sobre todo, no seas tan estúpida. Se ve a la legua que no es así. Son simplemente buenas amigas que se apoyan entre ambas. Yo te diré lo que te ocurre porque bien que lo enuncia el refrán: «cree el ladrón que todos son de su condición». ¡Virgen Santa, qué fantasía la tuya! Si eso fuera así, yo también me habría dado cuenta, aunque no paso todo el tiempo como tú, es decir, observando para buscar las faltas ajenas.
—¿Fantasía? —dijo Martina con gesto de indignación—. Pues ya hablaremos de este tema en unas fechas. La carne es débil, Carmen y ya te digo yo que nosotras no somos las únicas de este convento que se dejan llevar por la lascivia. Y te lo demostraré.
—Ya he terminado de asearme. Bajemos con precaución, por separado. Saldré yo primero y si no veo a nadie, tú me seguirás, pero a distancia. Te lo vuelvo a decir: no quiero problemas.
—Vale, cariño. Tú mandas. No te enfades conmigo —expresó Martina mientras que le daba un beso en la cara con suavidad a la otra monja.
Más tarde, durante el desayuno…
—Madre, con todo el respeto. Siento quebrar el silencio de la mañana, pero es que las circunstancias…
—Hablad con libertad, hermana Martina —respondió con rapidez Verónica.
—Anoche nos dijisteis que tendríamos información nueva sobre lo que le ocurría a la novicia. Dado el nerviosismo con el que todas estamos, ¿podría aclararnos su merced si la novicia se encuentra bien?
—Entiendo el sentido de vuestra duda, pero fijaos en Consolación. ¿Acaso no veis que ella está comiendo y bebiendo con normalidad?
—Es cierto. ¿Me permitiríais preguntarle directamente a la afectada?
—Que así sea. Que hable la interpelada.
Verónica y Concepción, que estaban sentadas cerca la una de la otra, aunque a una distancia prudencial, se miraron entre ellas como interpretando que la pregunta de la hermana buscaba meterlas en dificultades.
—Hermana Consolación, disculpad —intervino Martina—. ¿Os halláis bien de salud? ¿Qué respondéis? Vuestras palabras pueden tranquilizarnos a todas.
—Yo me siento muy bien, hermana; ya lo veis —contestó la joven mientras que se levantaba de su silla y abría sus brazos—. Anoche, la madre y la hermana enfermera me hicieron preguntas sobre lo que me sucedía, pero después de examinarme me repuse. Es verdad que al principio sentí vómitos y mareos, mas al poco recuperé la compostura. Ellas tuvieron a bien acompañarme hasta mi celda y al final, pude acostarme y descansar el resto de las horas.
—Solo una cosa más, novicia. ¿Aconteció algo especial que motivase esa repentina mejoría tras vuestra extraña indisposición? —insistió la monja elevando ligeramente su tono de voz.
—Creo que ya es suficiente —comentó la superiora mientras que miraba con seriedad a Martina—. No os aprovechéis de la juventud y de la candidez de nuestra novicia para agobiarla con un interrogatorio. ¿No veis que ha contado todo lo que sabe?
…continuará…

