SOMBRAS DE DIOS (69) Entre la fe y el miedo

—Bien, fray Bernardo… ¿se os ofrece algo más en lo que yo pueda serviros? De no ser así, os ruego permiso para retirarme y dedicarme a la oración.

—¿Orar, decís? —respondió el inquisidor con un deje de burla, arqueando las cejas—. ¿Será que vuestra conciencia os pesa tanto que ya buscáis perdón en lo alto?

—En absoluto, su merced. —La voz de Verónica sonó firme, aunque templada—. Lo que ocurre es que no pongo mi confianza en los seres humanos, que somos imperfectos por naturaleza. Prefiero implorar la gracia divina, esa que jamás yerra, para que los verdaderos culpables de este dislate respondan por su responsabilidad.

El gesto del dominico se endureció. No estaba acostumbrado a que alguien, y menos una mujer, le sostuviera la mirada ni contradijese su argumento.

—No olvidéis, madre —dijo con tono adusto—, que el Santo Oficio cuenta con el respaldo del Altísimo. De no ser así, no habríamos permanecido sobre esta tierra durante más de siglo y medio. Nuestro proceder inspira temor, sí, pero también asegura orden y pureza. Aún seguimos activos, lo que habla muy bien de nuestra misión.

—Supongo… mi señor fiscal —contestó Verónica, con una sonrisa tan forzada como cortante.

El silencio que siguió resultó más áspero que cualquier palabra. Apenas un instante antes de que la abadesa se retirase, el inquisidor volvió a tomar la iniciativa:

—Un momento. Antes de que os vayáis, deseo hablar a solas con vuestra más cercana colaboradora, vuestra mano derecha en este convento. Me refiero a la hermana Concepción. Como bien sabéis, aparece citada en la carta como cómplice de ciertos abusos cometidos en este lugar. Haced el favor de llamarla.

—Entiendo —respondió Verónica, con una mueca de desagrado que no logró disimular—. Daré las órdenes para que comparezca. Iba a decir que es una excelente religiosa, dedicada al cuidado de todas gracias a sus conocimientos de medicina… pero callo. No deseo que mis palabras se interpreten como una defensa interesada.

El inquisidor se levantó con aire solemne, y con una sonrisa que no ocultaba la ironía replicó:

—No os preocupéis, su merced. Sabemos muy bien cómo discernir entre el testimonio honesto y la manipulación. Ahora, id y llamadla.

La abadesa salió de la sala con el rostro sombrío y la cabeza inclinada. Buscó a Concepción y, al hallarla, le tomó las manos con afecto.

—Hermana, has de acudir de inmediato.

—¡Madre! —susurró la religiosa, temblando—. Esto es nuevo para mí. Los nervios me consumen. No sé qué decir ni qué callar… temo no estar a la altura.

—Si este trance no te causara zozobra, serías de piedra, mi buena amiga. Solo te ruego que hables con libertad y que jamás faltes a la verdad. Que tus palabras nazcan del corazón. Confío en ti. Date prisa, que no sospechen que rehúsas, ni crean que yo te dicto lo que has de declarar. Que la Virgen te ilumine.

Concepción respiró hondo y, poco después, llamó a la puerta.

—Pasad —se oyó desde dentro.

La monja cruzó el umbral, inclinó la cabeza y dijo con voz temblorosa:

—Con el permiso de los señores, ¿me habéis llamado?

—Sí, hermana Concepción —confirmó fray Bernardo, señalando una silla—. Sentaos y no temáis. Solo pretendo formularos algunas preguntas relacionadas con este proceso. Responded con sinceridad. Si colaboráis con la causa de la verdad, nadie saldrá dañado. ¿Lo haréis?

—Así será, mi señor fiscal —respondió ella, sin poder disimular el temblor en sus manos.

—Muy bien. Según la denuncia que obra en nuestro poder, en este monasterio se han cometido hechos contrarios a la ley y a la moral. Vuestra superiora lo niega todo, como hacen todos los acusados. Pero yo confío en que vuestra declaración nos permita arrojar luz sobre esta maraña de sombras.

Concepción se removió en su asiento, echando el cuerpo hacia atrás, desconcertada.

—Sí, lo presiento —continuó el dominico, modulando la voz con falsa suavidad—. Sé que colaboraréis plenamente con el Santo Oficio. No me obliguéis a emplear métodos… incómodos.

—Claro, mi señor —balbuceó la monja, pálida—. Contad conmigo para descubrir la verdad.

—Excelente —asintió el inquisidor, complacido—. Vuestra actitud me resulta alentadora. Bien distinta a la resistencia que ha mostrado la madre Verónica.

Bernardo bebió un sorbo de agua de la jarra que descansaba en la mesa, y prosiguió:

—Son dos las cuestiones que debemos dilucidar. Comenzaremos por la más grave y que os atañe directamente. En la denuncia se afirma que mantenéis relaciones lascivas y contrarias a la naturaleza con vuestra superiora, la madre Verónica de Nebrija. —Pausó, observando el rostro aterrado de la monja—. Tomad aire y responded cuanto debáis declarar. La acusación es severa. Y, os lo advierto, no nos hagáis perder el tiempo con rodeos ni evasivas.

…continuará…

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SOMBRAS DE DIOS (70) El peso de la calumnia

Sáb Oct 4 , 2025
—Pero… ¡por la Virgen Inmaculada y todos los santos! —exclamó Concepción, casi tartamudeando—. ¿Qué denuncia es esa? Es completamente falsa, os lo juro, mi señor fiscal. —Os noto muy nerviosa, hermana —respondió el inquisidor, midiendo cada palabra con fría severidad—. No me obliguéis a pensar que ese temblor es reflejo […]

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