El carruaje tomó un bache profundo que les hizo saltar. Ambas se agarraron ante el susto y rieron, brevemente. La risa, aunque pequeña, dejó un regusto de alivio.
—Gracias, madre —dijo al fin Martina fijando sus ojos en los de la otra mujer—. No garantizo santidad, pero… intentaré no ser esclava de lo que fui.
—Con eso basta para comenzar —respondió Verónica—. Al llegar, irás a la capilla. Si lo deseas, pon una vela por tu padre. No para absolverle, sino para soltarle. El rencor ata más fuerte que las cadenas del carcelero.
Martina asintió despacio. Se frotó los ojos con el dorso de la manga.
—Lo procuraré.
—Y yo contigo —concluyó la abadesa.
El sol, ya bajo, encendía de cobre los perfiles de la campiña. Adelante, en la calzada, el guardia de escolta alzó la lanza a modo de saludo. Dentro, en la penumbra del coche, dos manos —la de la priora y la de la penitente— quedaron un instante enlazadas, como si aquel gesto fuese, por sí solo, la primera regla de una vida nueva. Tras un rato de meditación, a pocas leguas ya del monasterio, Martina notó la necesidad de un mayor desahogo, como si quisiera reparar todo el daño causado:
—Madre Verónica
—Dime, hija mía.
—Nunca me he sentido tan conmovida ni tan querida como por vos.
—Lo he notado. Los desahogos limpian el alma. No temas: abre el corazón y deja salir lo que te pesa.
—Os lo ruego… ¿seréis capaz de perdonarme algún día?
—Martina, yo no soy quien perdona ni quien condena. Solo Dios juzga; Él, que nos deja libres para volver a su voluntad.
—Entonces, mi señora, pido a Dios y a la Santísima Virgen que me perdonen de veras.
—Esta misma conversación es ya una puerta entreabierta al perdón. Todo en la vida se obra por grados; nada cuaja de la noche a la mañana. Créeme: la misericordia del Creador es tan inmensa que no consiente que sus hijos queden fuera de su clemencia.
—Madre, en mi pensamiento ha brotado una idea intensa…
—Habla, hija.
—Me he visto a mí misma volviéndome vuestra sierva más fiel. Tenéis sobre los hombros un aliento de santidad que se hace carne en vuestras manos y palabras. Sois ejemplo y consuelo.
—Gracias, hermana; pero ahora mismo, a los ojos de Dios, la más agradable eres tú, por la sinceridad de tu arrepentimiento. Me alegra el alma haber rogado al arzobispo que nos permitiera viajar juntas. Haz lo posible para que, cuando te toque dejar este mundo de pruebas, la madre Beatriz te acoja entre sus hijas queridas.
—Sí, su merced.
—Mientras guardábamos silencio, también yo pensaba. ¿Sabes qué me aflige?
—Decidme, madre.
—El cuerpo que rueda tras nosotras. No me espanta la corrupción de la carne; me duele el estado del alma de Concepción. No midió su acto; las circunstancias la oprimieron y se entregó a la soga.
—Calmaos, madre: estoy persuadida de que lo hizo por vos, para libraros de sospechas tras la confesión arrancada bajo tormento.
—Así lo creo. Tan grande era su amor. Mi querida Martina, empieza ya tu desagravio: acompáñame con el corazón. Oremos por ella. Pidamos a la Inmaculada que la saque de la sombra del suicidio y la lleve a la luz de su Hijo.
—Sí, madre. Recemos por ella con toda la fuerza del alma.
Se inclinaron y, al compás del traqueteo del carruaje, alzaron sus ruegos en voz baja. Cuando la última invocación se extinguió, el cansancio venció a Verónica: apoyó la sien en la tabla junto a la ventanilla y cerró los ojos. No tardó en oír su nombre, pronunciado con dulzura, como un soplo. Volvió el rostro hacia el murmullo y vio, nítida, la figura luminosa de Beatriz de Silva, que la contemplaba con entrañable benevolencia.
—Mi señora —susurró la abadesa con una sonrisa rendida—, gracias por todo: por guiarme en la tormenta de la denuncia y por tocar el corazón de esta hija tuya, Martina, para que entienda que solo el amor recompone lo roto. Traigo, sin embargo, una pena clavada. Perdonad que os pida siempre algo cuando os veo; mas no pido por mí, sino por Concepción, que también es vuestra hija. Sé que obró mal al desdeñar el don de la vida, pero os suplico que tengáis compasión, que la estrechéis y la conduzcáis a vuestro lado. Solo eso me inquieta: su destino.
Se miraron unos instantes, y un calor manso le ocupó a Verónica el pecho. Entonces oyó, clara como campana, la respuesta de la fundadora:
—Descansa, hija mía. Dios y el cielo tienen su tiempo. Ahora ella medita, pesa su camino, aprende lo que no alcanzó a entender; nadie ha de morir fuera de su hora. Llegado el momento, la asistiré y sembraré en su ánimo lo mejor, hasta que ella misma se abra a la luz y se deje abrazar. Entonces, nuestros corazones se encontrarán. ¿Piensas acaso que nuestro Maestro no se ocupó de Judas, su herido y amado discípulo? Tras la cruz, fue su mayor desvelo: así es el amor de Dios. Y así procedemos con todos. Los más golpeados son los más urgidos de caricia celestial. No te angusties: hay reglas que guardamos, pero el amor —que sostiene el universo— siempre allana el paso.
—Gracias, madre Beatriz —alcanzó a decir Verónica, aliviada—. Sostén mi ánimo; vela por mí. Y que la Virgen Santísima y el Padre os bendigan por siempre.
Volvió a cerrar los ojos. Afuera, las ruedas siguieron su música de polvo; dentro, la paz, por fin, le pesó dulcemente sobre el corazón.
…continuará…

