Diario de un «obsesor» (10)

   

—Pero ¿te has vuelto loco o simplemente estás delirando? ¿No tienes cosas más importantes que hacer? Óyeme, viejo chiflado, parece que te hubieras obsesionado conmigo.

—A decir verdad, creo que el obsesionado eres tú.

—¿Cómo? ¿Vienes a mi casa, a mi templo más sagrado, te cuelas por aquí sin avisar y encima te permites insultarme? ¡En mi propia habitación!

—No creo haberte ofendido con mis palabras. Me limité a describir la realidad de una situación como la actual con la máxima objetividad posible.

—Caramba con el vejestorio, pero ¿habrase visto mayor ultraje que invadir mi hogar y tratar de sermonearme? ¿Es que acaso vas a limitar mi libertad? ¿Qué son esas confianzas conmigo, carcamal? Deberías estar en un asilo y vigilado, para que no te autorizaran a salir por donde quisieras. Te vas a enterar imbécil, te voy a echar ahora mismo a la calle a patadas. Así aprenderás. Además, no puedo perder más tiempo contigo, he de ocuparme personalmente de Roberto… Pero, pero… aaaghhhh… suéltame, maldito… ¿qué me estás haciendo? No puedo mover mis brazos. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué me has puesto encima? Pero… si me has colocado una camisa de fuerza… ¿Me tomas por un perturbado? Quítamela ya, me molesta horrores, no puedo respirar… me asfixio…

—Tranquilo, Eusebio, no pretendía ser tan combativo contigo, pero como veo que no quieres escuchar, no me has dejado otra opción.

—Vale, vale, de acuerdo. Por favor ¿qué tengo que hacer para que me liberes? Prometo cumplir con lo que me mandes pero quítame este chaleco de una vez. Me estoy agobiando…

—Es muy sencillo, amigo. Solo tienes que estar tranquilo y conversar amistosamente conmigo. Tampoco te estoy pidiendo un gran sacrificio, que yo sepa. Si hablamos como personas educadas, te quito de inmediato ese traje y ya verás cómo cesan tus angustias.

—Sí, sí, lo que tú digas. ¡Mensaje recibido, señor “sereno”!. Acepto las condiciones.

—Correcto, ya está. ¡Fuera la camisa de fuerza!

—Uf, qué alivio, Dios mío. Pero no entiendo nada. ¿Cómo has realizado ese truco? No me he dado cuenta de nada y tú, en cambio, has permanecido ahí tan tranquilo. De repente, sin saber cómo, me he visto ataviado con esa prenda tan incómoda que me hacía parecer un loco peligroso. ¿Eres acaso un mago o quizá un ilusionista?

—No, no existe nada de magia en todo esto. Solo se trata de una técnica de apoyo en nuestra labor que solemos utilizar los “serenos” para cumplir con nuestros cometidos.

—Pero, un momento ¿entonces hay más “serenos” por ahí sueltos como tú?

—Ah, sí, desde luego. Verás, Eusebio, aunque te sorprenda, nuestra tarea es necesaria, pero estamos sometidos a disciplina como todo en esta vida. Si bien puedo actuar de forma autónoma, he de ejecutar las instrucciones que me son encomendadas. Después lo comprenderás mejor.

—Bien, cumpliré mi palabra. Soy un caballero. Disculpa mis modales de hace un instante. Cuando estaba con mis pies sobre la tierra me solía comportar de forma civilizada. ¿Qué deseas de mí? ¿De qué quieres que hablemos?

—Perfecto, me alegro mucho porque te sientas más calmado. No tengo dudas sobre tu actitud de cortesía. Escúchame con atención, por favor. ¿Sabes por qué he tenido que vestirte con esa especie de chaleco del que no podías desprenderte?

—Pues no tengo ni la menor idea, lo único que sé es que se lo suelen poner a los que han perdido el juicio, a los más perturbados…

—Muy bien, amigo. Tú mismo te has respondido. Llevas ya un período considerable perdiendo el control sobre tus actos. Desde tu lamentable accidente, te has construido un “mundo” muy particular en el que has permanecido atrapado y en el que solo había lugar para contemplar de modo enfermizo a este hombre que se dispone ahora a desayunar. Vamos a dejarle que reponga fuerzas porque las necesita, permitámosle que se recupere del intento de suicidio al que tú le indujiste. Por fortuna para él, tuve tiempo de avisar a tu vecino ya jubilado, el buen Eutimio, para que viniera a atenderle y de este modo pudiera llamar a los servicios de emergencia. Mientras tanto, nosotros saldremos al bello jardín de tu antigua casa y charlaremos apaciblemente…

—De acuerdo, pero ¿por qué has dicho “mi antigua casa”? ¿He perdido entonces el control sobre mis propiedades?

—Mira, Eusebio, tal vez las cosas empiecen a mejorar para ti si te olvidas de tus viejas pertenencias…

—¿A mejorar? ¿Estás seguro, “sereno”?

—Desde luego. Es como si hubieras viajado a un país absolutamente diferente al tuyo en el que se hablara otra lengua y se utilizaran otros modos y costumbres. Imagina entonces que tú insistieras en hablar tu idioma original en vez de tratar de aprender el nuevo lenguaje. ¿Puedes decirme qué ocurriría?

—Pues es evidente. No podría comunicarme con los demás.

—¿Y qué más?

—Caramba anciano, no seas tan iluso conmigo, está clarísimo. Me resultaría imposible adaptarme a las nuevas circunstancias, a las diferentes situaciones, a sus habitantes… Hasta un niño se daría cuenta de eso.

—Sin embargo, tú no pareces haberlo tenido tan claro.

—¿Qué me intentas decir?

—Lo que has oído, Eusebio. Hasta ahora, te has aferrado como una lapa a la roca de tu pasado, a tu ayer más reciente. ¿No piensas que ya es hora de desprenderte de esos viejos recuerdos que tanto te están torturando?

…continuará… 

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