Diario de un «obsesor» (12)

       

—Vale, admito que me equivoqué. Debería haber hablado con ella desde mucho antes, haber intentado aclarar las cosas, llegar a un acuerdo… no sé cómo explicarme.

—Cómo no, ya veo que te explicas muy bien cuando te interesa.

—Pero viejo, dime una cosa, que observo que hablas con mucha ligereza de este grave asunto. En tu caso ¿tú habrías perdonado a Roberto por cortejar a Carolina?

—Que yo sepa, él no tenía ningún compromiso y desde siempre había tenido una grata relación de amistad con ella, aspecto que se transformó en amor cuando tu mujer consintió en que él se le acercara al comprobar lo que tú estabas haciendo y vuestro distanciamiento.

—No intentes arreglarlo “sereno”. Eso es una infamia se mire por donde se mire. No te inventes otros términos ni ninguna palabrería inútil para justificar su horrible acto. Y más viniendo de un antiguo colega que se aprovechó de nuestra antigua amistad para aproximarse por la espalda a mi gran amor.

—¿Por la espalda? Ni siquiera llevaban tres semanas cuando tú tuviste la primera noticia. No habían tenido tiempo ni siquiera de dormir juntos. Se trataba de un acercamiento entre dos personas que se atraían y que por circunstancias de la vida, decidieron libremente arrimarse la una a la otra. ¿Crees acaso que el afecto se halla vallado por cercas de espinos?

—Vale, entonces tú lo que pretendes es convencerme de que él no cometió ningún delito de traición.

—Te noto un tanto obcecado, querido amigo. ¿Acaso no estaba vuestro matrimonio roto de hecho? ¿No sería que perdiste el control de la situación y de tus nervios cuando supiste del trance? ¿No sería que tu carácter acaparador y celoso no podía tolerar ni admitir lo que estaba empezando a hacer Carolina tras sentirse ella como una vulgar comparsa en vuestra relación? Quieres tratar de justificar que tú sí que podías disfrutar de tus “aventuras” fuera de tu hogar y ella en cambio, no. ¿No te parece tremendamente injusto?

—Pero fue él quien urdió todo ese plan de engaños.

—Sí, es cierto, pero yo lo denominaría de otra forma. Diría que fue él el que decidió unirse a Carolina cuando confirmó que tú la ignorabas por completo con tu silencio y tu desdén. En otras palabras y conociéndola, si tú no hubieras roto el lazo previamente, ella jamás habría accedido a vincularse con Roberto.

—Ya, deduzco de tu argumentación que me quieres poner a mí como el inductor de todo esto en vez de como la víctima.

—Solo pretendo describir los hechos tal y como sucedieron, lo sabes muy bien en tus adentros.

—Vale, sí, pero ¿qué me dices de mi muerte? Si yo no hubiera descubierto lo que para mí se presentaba como una puñalada por la espalda, ahora estaría vivo.

—Estás vivo, hermano, solo que en otro estado.

—Sí, sí, lo sé, pero me refiero a que en estos instantes no me puedo mover como yo querría entre la gente de carne y hueso. Pero no te desvíes del tema… responde, anciano… ¿no fue ese renegado el organizador de mi
accidente?

—Pero veamos, Eusebio. Vuelve atrás, retorna a la escena de los acontecimientos. No te dejes arrastrar por la ofuscación. ¿Alguien te obligó a emborracharte? ¿Hubo alguien que te apuntara a la cabeza con una pistola para forzarte a beber tanta cantidad de alcohol?

—No, no lo hubo, pero me sentí empujado a hacerlo porque me sentía fatal.

—Ya, pero no todo el mundo que se halla mal ingiere tanto whisky y mucho menos se pone al volante de un vehículo de la forma más irresponsable. Una cosa es la explicación de unos hechos y otra bien distinta tratar de acomodar lo sucedido para que encaje en nuestras premisas. Te habrás dado cuenta de que la diferencia es abismal.

—Claro, “sereno”, manejas muy bien el lenguaje y las frases que a primera vista suenan como muy convincentes, pero no me vas a hacer cambiar de idea con respecto a lo ocurrido.

—La verdad, no deseo persuadirte de nada, simplemente prefiero que descubras la veracidad de todo este asunto por ti mismo, que es el mejor modo de asumirlo y no porque yo te lo imponga. Eso sería no ya imposible sino incluso absurdo. Por cierto, fuiste tan tozudo que ni siquiera escuchaste la voz de la mujer que te envié.

—¿Mujer? ¿Qué mujer?

—Caramba, Eusebio, qué selectivo te manifiestas cuando los datos no encajan con tus argumentos. Venga ya, no me digas que olvidaste la presencia de ese bello rostro de tan distinguido aspecto, aquel que se te apareció a tan solo unos metros de ti para intentar disuadirte de la estúpida locura que ibas a cometer.

—Ah, esa estilizada dama tan hermosa, ahora caigo, pero yo no la conocía de nada, jamás la había visto antes. Y además ¿por qué iba a tomarla en serio?

¿Acaso no se dirigió a ti de manera directa y con claridad? ¿Es que no te ofreció su compañía para consolarte? ¿No intentó decirte que te estabas dejando arrastrar por la desesperación?

—Pero un momento, si tú la enviaste ¿se trataba de otro espíritu como nosotros?

—Desde luego que sí y no sabes el esfuerzo que tuvo que realizar para materializarse ante tus ojos, a fin de que la vieras como si fuera una persona normal con la que te cruzabas.

…continuará…

 

 

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