LA PRINCESA MENDIGA (IV)

Y aquella trascendente conversación para nuestra princesa y para su reino se mantuvo hasta la llegada de la madrugada. Afortunadamente, aquella jornada Wilfred tuvo la intuición de que la velada podía alargarse, por lo que los criados de la casa almacenaron en el salón el triple de leña de lo acostumbrado para aquel tipo de celebración. Poco antes de finalizar el aniversario del nacimiento de Jesús, la princesa realizó una petición del modo más cordial:

—Mis buenos señores, antes de retirarme al aposento que gentilmente me habéis cedido para descansar, quisiera haceros un ruego…

—Estáis en vuestro derecho, joven dama. Será un placer ayudaros con todo nuestro corazón…

—Gracias, Wilfred, Isolda. Tan solo quería solicitar de vuestra benevolencia que me dejaseis aquí en vuestra casa unas jornadas más… no serán muchas… para pensar, para compartir con los señores unas meditaciones que sin duda habrán de ser fructíferas… para todos.

—Hablo en nombre de mi esposa y en el mío propio. Estaremos encantados de contar con vuestra presencia por unos días más… Sin duda y como decís, constituirá una experiencia más que gratificante. Será la primera ocasión en la que uno de nuestros invitados de la calle alargue aquí su estancia, pero bien es cierto que nos hallamos encantados con vuestra visita. ¿No es así, Isolda?

—Sin duda, Wilfred. Para mí, será un gran placer.

Y fue así como en las siguientes fechas a la celebración de la Navidad, Wilfred delegó su trabajo de responsabilidad en uno de sus más fieles colaboradores, todo ello con la intención de departir y pasar más horas con la joven princesa en compañía de la buena de Isolda. Fueron días de intensas conversaciones, de diálogos al calor de la chimenea, de miradas intensas entre seres humanos que se entendían desde el corazón y desde el juicio de sus mentes, de intensos debates sobre la existencia y su sentido…

Una tarde, en el castillo, el rey se sintió indispuesto. A pesar de que los médicos le habían preparado una serie de remedios para su dolencia, el monarca sintió una llamada interior muy intensa y rápidamente, llegó a la conclusión de que sus días en el plano terrenal habían alcanzado su fin. Por eso y sintiendo próxima su partida, a cada noche y antes de sumirse en el sueño, le pidió a las alturas que antes de despedirse del mundo la Providencia le permitiera ver y abrazar de nuevo a su hija, esa princesa tan especial que un año antes había desaparecido misteriosamente de la impresionante construcción. Nadie había tenido más noticias de ella, incluso el monarca ya había preparado su sucesión, aunque él nunca había perdido la esperanza de volver a ver a su única hija.

Y fueron tan profundas sus súplicas, tan plenas de fe sus oraciones, que Dios se apiadó de él y atendiendo también a su justo gobierno, envió a dos de sus ángeles a recoger de madrugada a la princesa que en aquel instante dormía en una de las estancias del rico mercader, allí abajo en el centro de la ciudad.

La joven que descansaba plácidamente ni siquiera se despertó durante el trayecto por el aire. Así de bien hicieron su trabajo los enviados espirituales. Cuando el tibio sol comenzó a asomar por el horizonte, la princesa se extrañó porque el techo y las paredes que contemplaba no coincidiesen ni con los del albergue para mendigos ni con los de la casa de Wilfred y su esposa. En unos segundos, reconoció su antiguo lecho, sus antiguos muebles, hasta el olor de su infancia y de su adolescencia. Incluso se pellizcó para comprobar si en verdad había salido de un extenso letargo del que no había sido consciente. Mas todo era real; al contemplarse largamente en el gran espejo de su alcoba, pudo descubrir que sus facciones habían cambiado. Ya no era la muchacha joven que pidió en sus súplicas la sabiduría para gobernar su reino sino que una serena muestra de precoz madurez apuntaba formas a través de sus dilatadas pupilas.

Cuando se asomó a la ventana de la alta torre desde la que se observaba una amplia perspectiva de los montes y bosques que rodeaban al castillo, cayó en la cuenta de que había regresado a su hogar. Con un gran misterio se produjo su desaparición y ahora, enigmáticamente, también había vuelto al mismo lugar del que se había ausentado hacía un año. Sin embargo, poco le importaba en ese momento la explicación de esos secretos. Sin tiempo para la reflexión, se movió con agilidad por entre los largos y fríos pasillos de la construcción hasta desembocar en la estancia real. Al observar la escena, la inquietud se apoderó de su ser. Su padre estaba siendo asistido por dos médicos que hablaban entre ellos y por dos sirvientes que le aseaban.

—¡Ah, hija mía! ¡Has vuelto, por fin! Mis oraciones han sido atendidas. Ven junto a mí, te lo ruego.

Un sincero abrazo entre padre e hija, entre rey y princesa, se produjo en las dependencias del monarca. Los asistentes tampoco podían contener la emoción. Nadie de los presentes podía entender lo sucedido, pero lo cierto es que al igual que inexplicable había resultado la ausencia de la muchacha, también resultaba incomprensible su regreso, pero lo fundamental en esa escena tan conmovedora del amanecer es que ella estaba allí y que tras un año sin saber nada de su destino, había regresado tal vez en el momento más delicado del reino, justo cuando la salud del rey se tambaleaba y los más negros presagios sobre el futuro se ceñían sobre el castillo.

…continuará…

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