De repente, María escuchó una voz que le heló la sangre.
—Bueno… Servando, amigo, ya nos veremos. Ha sido una noche estupenda. ¡Cuánto tiempo sin coincidir! Venga, compañero, hasta la próxima.
El hombre hablaba con un tono pastoso mientras colgaba la llamada en su teléfono móvil. No hacía falta observarlo demasiado para comprender que había bebido más de la cuenta.
María sintió un estremecimiento.
—Dios mío… No puede ser.
Se llevó ambas manos a la boca.
—¡Es Antonio!
Empujada por la emoción, aceleró el paso hasta acercarse a su antiguo marido. Sin embargo, cuando apenas la separaban unos metros de él, notó una fuerza invisible sujetándola por la espalda. Era una presión firme, imposible de vencer, que le impedía avanzar.
—¡Maldita sea! ¿Qué me ocurre? ¿Por qué no puedo llegar hasta él?
Luchó con desesperación.
—¡Antonio, espera! ¡Espera un momento! ¡No te metas en el taxi! Por favor, no arranques. Necesito hablar contigo.
María forcejeaba contra aquella energía desconocida como si tratara de soltarse de unos brazos invisibles que la atenazaban. Pero todo esfuerzo resultó inútil.
Al final, agotada por aquella resistencia imposible, dejó de luchar.
Se quedó inmóvil, a escasa distancia del taxi y de Antonio, atrapada en una impotencia insoportable. Gritaba su nombre una y otra vez, pero él no parecía escucharla. Era como si sus palabras no pudieran atravesar la distancia que los separaba.
Entonces oyó el motor del vehículo.
Antonio lo había puesto en marcha.
María contuvo la respiración. Sin embargo, el coche no se movió. El tiempo parecía avanzar de un modo extraño, como si la escena obedeciera a unas reglas distintas.
Unos segundos después, Antonio apagó el motor y abrió la puerta del vehículo.
Lo que sucedió a continuación dejó a María sin aliento.
Desde la carretera, un coche apareció a gran velocidad. Llegó por detrás sin reducir la marcha, sin el menor intento de frenar. El impacto fue brutal. Antonio salió despedido y cayó sobre el asfalto unos metros más adelante, inmóvil.
María quedó paralizada.
Durante unos instantes no pudo reaccionar. Luego, como si la realidad le hubiese caído encima de golpe, rompió a llorar con una angustia que parecía nacer de lo más profundo de su alma.
—Dios mío… Ahora lo comprendo todo.
La voz le temblaba.
—Esta es mi segunda prueba. Me han traído hasta aquí, a este lugar horrible, al punto exacto donde murió mi Antonio.
Miró alrededor, aún conmocionada.
—La policía me dijo que lo habían arrollado en esta carretera, entre las sombras de la madrugada. Un final absurdo, cruel… provocado por alguien que seguramente conducía fuera de sí, un borracho o que estaba de cocaína hasta las cejas.
Apretó los dientes.
—Nunca supieron decirme si fue un accidente o si aquel conductor actuó con intención. Nunca encontraron al responsable. Esta zona quedaba fuera del alcance de las cámaras.
Atenazada por el sufrimiento, continuó pensando en voz alta.
—También me dijeron que pasó bastante tiempo hasta que alguien encontró su cuerpo. Ya estaba amaneciendo. Fue un cliente que salía del hotel quien llamó a emergencias.
Se le quebró la voz.
—Ese tiempo lo decidió todo. Cuando llegaron la ambulancia y los sanitarios, ya no pudieron hacer nada, solo certificar su muerte.
María se quedó pensativa un instante.
—Qué distinto es que te lo cuenten… a verlo con tus propios ojos.
Asqueada por lo que acababa de presenciar, cayó en un profundo desconcierto. Buscando algún sentido a aquella escena, se alejó unos pasos y terminó sentándose sobre el césped del jardín que rodeaba el Hotel Ícaro.
Recogió las piernas, las cruzó y agachó la cabeza hasta acercarla a las rodillas.
Se preguntó una y otra vez por qué la habían expuesto a una secuencia tan cruel. No encontraba respuesta. Ni siquiera lograba razonar con claridad. Estaba bloqueada.
Desde lo más hondo de sí misma comenzó a crecer una rabia intensa, dirigida sobre todo contra Ángel, aquel espíritu que la había llevado hasta el momento más doloroso de su existencia, aquel instante en que, con treinta y tres años, quedó viuda y su vida, partida en dos.
Perdió la noción del tiempo.
La noche, el jardín, el hotel y la carretera parecieron disolverse en un silencio pesado. María permaneció allí, como adormecida, incapaz de pensar y de sentir otra cosa que no fuera una mezcla de dolor, cansancio y resentimiento.
Pero las sorpresas no habían terminado.
De pronto, una voz familiar surgió en medio de la oscuridad.
—María… María, por favor, despierta.
La mujer no se movió.
—Despierta, te lo ruego.
Aún afectada por la visión del accidente, María empezó a reaccionar poco a poco. Levantó la cabeza con dificultad, como si regresara de un sueño demasiado cruel.
Cuando giró el cuerpo y vio quién estaba allí, el estupor la dejó sin habla.
—Pero… ¿cómo es posible?
Se incorporó apenas, temblorosa.
—Antonio… ¿qué haces aquí? Si acabo de verte morir.
La confusión la desbordó.
—Esto tiene que ser una alucinación. Una invención de mi mente para que no me derrumbe. Hace un momento te he visto tendido en la carretera…
—No, María —respondió él con una ternura que ella reconoció al instante—. No es una alucinación. Soy yo. Tu Antonio.
Ella negó con la cabeza, incapaz de aceptar lo que veía.
—No me tortures más, por favor. No sé qué hago aquí ni por qué me obligan a sufrir de este modo. Ya tuve bastante aquella mañana cuando me despertaron con la noticia. ¿Por qué tengo que revivir esta pesadilla?
Antonio la miró con una serenidad extraña, distinta de la que ella recordaba.
—Ojalá pudiera explicártelo con todo detalle, mi amor. Pero tiene que haber una causa. Y también un propósito.
María respiraba con dificultad.
—¿Un propósito? ¿En esto?
—Sí. He aprendido durante todo este tiempo que nada sucede por azar. Ni siquiera aquello que nos resulta más incomprensible. Todo tiene un sentido, aunque al principio no podamos verlo.
Al escuchar aquellas palabras, María sintió que algo dentro de ella se rompía y se recomponía al mismo tiempo.
Se levantó del suelo con todas sus fuerzas y, movida por un impulso incontenible, se lanzó hacia su esposo con la intención de abrazarlo, de tocarlo, de cubrirlo de besos y recuperar en un instante los cinco años de ausencia que la habían devastado.
De pronto…
…continuará…

