LAS TRES VIDAS DE MARÍA (2) La antesala de la verdad

Más tarde, a la hora convenida, María volvió a mirar de reojo el reloj colgado en la pared de la salita. En cuanto comprobó que había llegado el momento, se puso en pie de inmediato, inquieta, como si aún conservara dentro de sí la ansiedad de quien ha contado uno a uno los minutos que faltaban para entrar en consulta. Poco después apareció el psicólogo y, con un gesto sobrio pero elocuente, la invitó a pasar.

—Perdone —dijo él, con un tono que no ocultaba cierta curiosidad—. Antes de entrar, me gustaría hacerle una pregunta.

—Sí, claro. Pregunte lo que quiera.

—Tengo interés en saber en qué ha pensado durante todo este tiempo de espera. ¿Ha habido alguna idea dominante en su cabeza?

María esbozó una leve sonrisa, cansada y contenida.

—Desde luego. Han sido varias, aunque una por encima de todas. Y no he podido evitar mirar el reloj de vez en cuando. Era como si las agujas se hubieran vuelto perezosas, como si el tiempo avanzara hoy con más desgana de la normal. Pero, en el fondo, solo pensaba en una cosa: en que usted pueda ofrecerme la ayuda que necesito para seguir adelante. Confío en que así sea. Ahora mismo, esa es mi única obsesión.

—Me alegra que confíe en un profesional a quien no conoce. Dígame la verdad, María: ¿de veras tiene tanta confianza en mí?

—Bueno, siendo sincera, debo decirle algo. Nunca habría venido hasta aquí sin una referencia de peso. No están las cosas hoy en día como para correr riesgos innecesarios.

—Es comprensible —admitió el psicólogo, inclinando ligeramente la cabeza.

—Verá… Tengo una amiga que vino a este despacho hará aproximadamente un año. Estuvo varias sesiones con usted y, un día, cuando me la encontré después de todo aquello, me dijo: “Gracias a las sesiones con ese psicólogo, he podido recomponer mi vida”.

José dejó escapar una sonrisa discreta.

—Vaya, esa sí es una buena recomendación. No le ocultaré que me satisface escuchar algo así, no tanto por orgullo profesional como por la tranquilidad de saber que uno ha podido ser útil.

—No sea modesto, don José. Mi impresión es que la ayudó mucho, y eso siempre importa. Si mi amiga, que ya de por sí es una persona complicada, se sintió mejor después de verle… ¿por qué no iba a ocurrirme a mí?

—Se lo agradezco, pero tengo claro que, en el fondo, todos somos bastante ignorantes, criaturas que llegan a este mundo para aprender, equivocarse y, con esfuerzo, evolucionar.

María lo miró con atención, como si en aquella frase hubiese reconocido algo familiar.

—¿Ve? Justamente eso era lo que ella más admiraba de usted: esa manera de entender la vida y de centrarse en el crecimiento personal, más allá de limitarse a ayudar a alguien con un problema concreto.

—Estoy de acuerdo —respondió él—, aunque ese planteamiento no es exclusivamente mío. Está muy presente en la mayoría de corrientes psicológicas, de un modo u otro. No es un asunto menor: al final, siempre acaba rozando cuestiones filosóficas esenciales en nuestra cultura. Por cierto… —añadió, tratando de hacer memoria—. ¿Recuerda el nombre de esa paciente tan agradecida?

María negó con suavidad.

—Claro que lo recuerdo, pero, si me lo permite, prefiero no decírselo. No quiero comparar mi caso con el suyo ni que usted busque parecidos entre nuestras historias.

El psicólogo la observó con una mezcla de sorpresa y respeto.

—Me parece una decisión muy sensata. En ese caso, ha llegado el momento de sentarse y de empezar a desvelar esa historia que lleva dentro. Adelante, María, por favor.

Una vez en la consulta, el aire pareció cambiar. Afuera quedaba la pequeña sala de espera; allí dentro empezaba otra clase de tiempo.

—Creo que ya sabe qué es ese asiento —dijo él, señalando el sofá—. Efectivamente: un diván. Y bastante cómodo, aunque no tanto como para que se me duerma. Está pensado para algo más útil: para que pueda desahogarse y soltar todo lo que lleva dentro.

Mientras María tomaba asiento, estirando las piernas y moviendo despacio los brazos hasta encontrar una postura más cómoda, él aguardó sin prisa, dándole el tiempo necesario para acomodarse.

—¿Así está bien? —preguntó al cabo de unos segundos—. Es importante sentirse cómoda, María. Siempre se lo digo a quien se sienta ahí. Este es un espacio seguro. Aquí se protege la intimidad necesaria para abrir la mente y dejar hablar lo que normalmente callamos. Sé que lo que ha venido a contarme es importante; de lo contrario, no habría tomado la decisión de irrumpir como lo hizo esta tarde. Quiero que se sienta a salvo, lo bastante tranquila como para dar rienda suelta a lo que siente, a sus recuerdos, incluso a aquello que más le cuesta pronunciar.

Ella asintió despacio.

—Gracias. Creo que ahora me siento mejor que hace una hora. No ha sido fácil invadir su espacio ni alterar su rutina de trabajo. Le pido disculpas. No sabía cómo iba a reaccionar usted. Pero ahora, después de que me haya recibido y de que me haya permitido quedarme, noto que puedo hablar con más confianza… sin esconder nada.

—Su ligera sonrisa ayuda bastante.

María volvió a sonreír, esta vez con algo más de naturalidad.

—Perdone. He sonreído porque no he podido evitar acordarme de la típica escena de cine, ya sabe: el paciente tumbado en la habitación, el doctor a su lado, tomando notas con gesto profundo.

El psicólogo soltó una risa breve.

—Sí, no es usted la primera ni será la última a la que le pase. El cine ha hecho mucho daño a ciertas profesiones. Ya sabe cómo funciona: en las películas casi nada se parece a la realidad. Los héroes siguen luchando, aunque les hayan disparado tres veces, otros pierden el conocimiento con un simple golpe y, por supuesto, los psicólogos siempre parecemos personajes de laboratorio —comentó, intentando aliviar la tensión.

—Seguro que sí. Pero, en mi caso, la historia que voy a contarle es muy particular… y no precisamente amable. Me temo que no ha sido escrita por ningún guionista de comedia. ¿Cómo se lo diría? Es demasiado triste como para interesar a un público que solo quiere entretenerse.

—Puede ser —respondió él con calma—, pero yo todavía no conozco ese guion. Y, además, no todo lo valioso tiene que ser agradable. Bien… me da la impresión de que, después de tanto acomodarse, ya ha encontrado la postura adecuada. No se preocupe: dentro de unos minutos le cogerá cariño al sofá. Su mente terminará asociándolo con un lugar donde puede dejar descansar sus recuerdos más duros, sabiendo que hay alguien cerca que la escucha con atención. ¿Empezamos?

María tragó saliva antes de responder.

—Estoy preparada… aunque un poco nerviosa. Es la primera vez que hago algo así, y eso pesa.

—Tranquila. Vamos a hacer algo sencillo. Respire hondo unas cuantas veces. Despacio. Deje que el aire entre y salga con calma. A veces, basta con eso para que los recuerdos empiecen a encontrar su cauce.

…continuará…

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