LAS TRES VIDAS DE MARÍA (28) El abrazo imposible

—No, no lo hagas —gritó Antonio con todas sus fuerzas—. No lo intentes, María. No te va a gustar.

Pero la advertencia llegó demasiado tarde. María ya se había inclinado hacia delante, con los brazos extendidos y el cuerpo entero sometido a una voluntad desesperada.

—¿Qué dices? Quiero… llegar… hasta ti —consiguió articular mientras luchaba por soltarse de aquella atadura invisible.

No había cuerda alguna alrededor de su cintura ni manos que la sujetasen por los hombros. Y, sin embargo, algo más firme que una pared se oponía a su avance. Dio un paso, o creyó darlo, pero sus pies permanecieron clavados en el mismo punto. Volvió a intentarlo. Todos sus músculos se tensaron; los brazos le temblaron y la respiración se le quebró en pequeños jadeos. Antonio estaba allí, a unos pasos, tan cercano que podía distinguir la angustia de su rostro, y a la vez tan lejos como durante los cinco años de ausencia.

—María, basta. Por favor…

Ella no quiso escucharlo. Empujó una vez más contra aquella resistencia sin forma, poseída por la impotencia y la rabia. No logró acercarse ni un centímetro. El esfuerzo terminó por vaciarla y cayó de espaldas, vencida, como si una fuerza repentina le hubiese retirado el suelo bajo los pies.

Durante unos instantes permaneció inmóvil. Después, apoyándose con dificultad, consiguió incorporarse. Ya no le quedaban fuerzas para desafiar la barrera. Solo pudo alzar los brazos hacia su esposo y mantenerlos extendidos en un abrazo imposible.

Antonio hizo ademán de avanzar, pero se detuvo. También él parecía sujeto a un límite que no se atrevía a traspasar.

—Te lo advertí, cariño. No vuelvas a intentarlo. Se me cae el alma al verte así. Ya me habían avisado de que esto podía suceder.

—¿Te habían avisado? —María lo miró con desconcierto—. Entonces, ¿son ellos quienes no me lo permiten? Quiero abrazarte, pero no me dejan.

—Eso trataba de decirte, mi amor. No malgastes las fuerzas. No dispongo de mucho tiempo y son tantas las cosas que quisiera contarte…

María dejó caer los brazos. Aquel gesto de rendición le dolió más que la caída.

—Está bien —aceptó tras exhalar un largo suspiro—. Te escucho.

Antonio pareció serenarse, aunque la emoción continuaba aflorando en cada palabra.

—Si supieras cuántas veces pedí comunicarme contigo… Insistí tanto que, al final, me concedieron esta oportunidad. Pero impusieron una condición: solo podría haber palabras entre nosotros, ningún contacto. Tuve que elegir entre eso o quedarme sin nada.

—No lo entiendo. ¿Por qué una condición tan dolorosa?

—No estoy seguro de los motivos. Solo me dijeron que aún no estaba preparado. Es duro, lo sé. También para mí. Pero, al menos, podemos mirarnos y hablar.

María bajó la cabeza. La explicación no mitigaba el dolor, pero le recordó que aquel encuentro, por incompleto que fuera, era mucho más de lo que había tenido durante años.

—Sí, supongo que tienes razón. Ellos tienen la llave de todo esto. —Hizo una pausa antes de continuar—. Han sido cinco años sin ti, Antonio. Cinco años… No puedes imaginar lo que me ha pesado tu ausencia. Quizá te esté hablando como si quisiera reprochártelo, y no es justo. Perdóname. Es que la soledad se me ha hecho tan grande que he acabado perdiéndome dentro de ella. Hay días en los que ni siquiera me siento con fuerzas para cuidar de nuestro Tony.

El nombre del muchacho transformó el semblante de Antonio.

—¿Cómo está? ¿Todavía se acuerda de mí? —preguntó, incapaz de ocultar la emoción.

—¿Cómo iba a olvidarse de su padre? Claro que te recuerda. Aunque… me temo que también te culpa por haberlo dejado huérfano. Sé que resulta duro oírlo, pero creo que esa rabia es su forma de echarte de menos. Ahora está en plena adolescencia y te necesita de otra manera. Piensa que solo tenía diez años cuando te marchaste.

Antonio cerró los ojos, como si tratara de recuperar en la oscuridad la última imagen de su hijo niño.

—Cuánto lo lamento, mi amor. Habría dado cualquier cosa por permanecer a su lado, verlo crecer, educarlo, acompañarlo en esos años. —Abrió los ojos y buscó la mirada de María—. Dime, ¿mi pequeño está bien?

Ella tardó unos segundos en responder. Las lágrimas le habían empañado los ojos, pero una sonrisa débil suavizó su expresión.

—Tu pequeño está hecho casi un hombre. Necesita encontrar su lugar y decidir qué quiere hacer con su vida. Tiene la cabeza llena de dudas, como cualquier chico de su edad, y por ahora no se ha metido en ningún problema serio. Eso sí, se ha vuelto un poco rebelde. ¿A quién habrá salido?

Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Antonio.

—Me temo que a mí. Recuerdo bien cómo era yo a su edad. —La sonrisa desapareció enseguida—. Pero no me lo has contado todo, María. Hay algo en tu mirada que no concuerda con tus palabras. Te noto preocupada. ¿Qué le pasa a Tony?

—No lo sé con certeza. Son esas malditas compañías del barrio. Ya sabes que no vivimos en la mejor zona de la ciudad. Hay muchos chavales que han renunciado a todo antes incluso de saber qué querían, y pasan los días tirados en la calle, como si el futuro fuese un asunto ajeno.

—Nada nuevo, por desgracia —murmuró Antonio.

—Tony nunca ha sido un chico abierto. Le cuesta acercarse a los demás y aún más sentirse aceptado. Me preocupa que, para hacerse un hueco entre ellos, acabe haciendo cosas que no haría por sí mismo. Esa necesidad de pertenecer, de que los otros lo reconozcan… Esa es su debilidad. Y ellos pueden aprovecharse.

El silencio se extendió entre los dos. En aquel vacío quedó suspendido Tony: el niño al que Antonio recordaba y el adolescente que María apenas sabía cómo proteger. Por un instante, ambos parecieron entregados al mismo temor, aunque los separaran cinco años, dos planos distintos y aquella frontera que ni siquiera el amor les permitía cruzar.

—Dime, María —pidió él al fin—. ¿Qué más ha ocurrido durante todo este tiempo?

—Bueno, al menos no todo han sido desgracias. Gracias a Dios, el seguro pagó lo que quedaba de la hipoteca del piso. Fue un alivio enorme, aunque no suficiente para mudarnos a otra zona. Mi sueldo cuidando a personas mayores no da para milagros, y la pensión de viudedad tampoco alcanza para mucho más.

Antonio asintió, pero apenas pareció escuchar el final. Había otra pregunta en su pensamiento. María la vio formarse en su rostro antes de que se decidiera a pronunciarla.

—Cariño, tengo que preguntarte algo importante. No me resulta fácil, pero necesito saberlo…

—Sí —dijo ella con una serenidad que no sentía—. Imagino qué quieres preguntarme.

Antonio apartó la mirada un instante.

—¿Has vuelto a enamorarte? ¿Vives con algún hombre? Han pasado cinco años, María. Demasiado tiempo de soledad…

Ella lo contempló sin sentirse ofendida. En la vacilación de Antonio no descubrió celos, sino miedo: el temor de quien regresa tarde y no sabe qué lugar conserva en la vida de los que dejó atrás.

—No tengo nada que ocultarte. Aunque todavía soy joven, no he estado con ningún hombre. Ni siquiera he sentido deseos de acercarme a alguien. Tal vez haya sido por Tony, por el trabajo o, simplemente, porque aún te echo demasiado de menos. Tu ausencia ha ocupado un espacio tan grande en mi vida que no ha dejado sitio para nadie más.

Antonio guardó silencio antes de responder. Cuando lo hizo, su voz había adquirido una dulzura nueva, despojada de cualquier sombra de posesión.

—Si he aprendido algo desde que estoy aquí es que tú y yo vivimos ahora en planos distintos, cada cual con sus asuntos, sus deberes y su propio camino. Comprendería que te enamoraras de otro hombre. De verdad. Mereces sentirte acompañada y tener a tu lado a alguien con quien afrontar los problemas. Te lo digo con el corazón en la mano: no quiero que conviertas mi recuerdo en una condena. La vida continúa para ti, María. Tiene que continuar. ¿Me entiendes?

Ella asintió despacio. Hubiera querido cruzar la distancia que los separaba, acariciarle el rostro y agradecerle sin palabras aquella generosidad. Pero la barrera seguía allí, tan silenciosa e implacable como antes.

—Sí, cariño. Te entiendo y te lo agradezco. Después de tantos años juntos, después de todo lo que hemos compartido, no esperaba menos de ti. Quién sabe qué nos deparará la existencia.

María levantó la mirada. Algo había cambiado en ella. La emoción del reencuentro dejó paso a una gravedad que Antonio advirtió de inmediato.

—Hay otra cosa, mi amor. Esta gente que ha propiciado nuestro encuentro posee un poder inmenso. Creo que ellos pueden acelerar o retrasar el paso del tiempo, abrirnos las puertas de recuerdos que creíamos perdidos y planear cosas que jamás habríamos imaginado. Por eso, aunque ha sido brutal para mí, he podido estar allí. He visto el momento exacto en que te arrebataron la vida.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

AS TRÊS VIDAS DE MARIA (28) O abraço impossível

Sáb Jul 18 , 2026
— Não, não faça isso — gritou Antonio com todas as forças. — Não tente, Maria. Não vai gostar. Mas o aviso chegou tarde demais. Maria já havia se inclinado para a frente, com os braços estendidos e o corpo inteiro submetido a uma vontade desesperada. — O que está […]

Puede que te guste