—No sé cuántas veces intenté llamarlo por teléfono —continuó doña Ana con la emoción asomando a su voz—. Una y otra vez escuchaba el mismo mensaje: «no se halla disponible».
Bajó la mirada.
—Y justo cuando mi preocupación estaba alcanzando el límite, sonó el teléfono.
María permanecía inmóvil, pendiente de cada palabra.
—Fue entonces cuando comprendí que mi marido no se había reunido con ninguno de sus antiguos compañeros. Me comunicaron que se había alojado en una habitación de un hotel a las afueras de la ciudad y que, aislándose del ruido del mundo, había decidido pegarse un tiro.
María quedó petrificada.
La impresión fue tan grande que se llevó una mano a la boca y durante unos segundos no encontró palabras.
—Dios mío, Ana… cuánto lo siento —murmuró finalmente antes de abrazarla con ternura.
La anciana aceptó aquel gesto sin apartar la mirada del suelo.
—De eso hace ya más de veinticinco años.
—Es increíble… Una familia marcada por semejante tragedia, y pensar que llegaron a ser tan felices.
—Sí. Le di miles de vueltas a todo aquello. Miles. Nunca conseguía encontrar una explicación. ¿Quién puede saber lo que el futuro le tiene preparado?
—Por fortuna, nadie —respondió María—. Creo que sería una auténtica desgracia conocer nuestro destino. Yo acabaría volviéndome loca.
María sintió una profunda compasión por aquella mujer.
¿Quién habría imaginado que bajo aquel aspecto dulce y venerable se escondía una existencia tejida por el dolor? ¿Quién habría sospechado que dos pérdidas podían desgarrar de aquel modo la vida de una persona?
Entre ambas se instaló un silencio cálido, un instante de comprensión que no necesitaba palabras.
Al cabo de unos segundos…
—Espera, María. Aún no te he contado lo más importante.
María abrió los ojos con sorpresa.
—¿Cómo es posible? ¿Todavía hay más?
—Sí —respondió Ana mirándola con serenidad—. Y ahora entenderás por qué precisamente tú y yo estamos hablando.
—He de reconocerlo: me abruma escucharla. Usted es un auténtico pozo de sabiduría.
La anciana sonrió con melancolía.
—Lo pasé muy mal. Tras la muerte de mi esposo llegó mi jubilación. Después de treinta y cinco años trabajando como profesora, había llegado el momento del descanso.
María negó suavemente con la cabeza.
—A veces me pregunto para qué sirve el descanso cuando una ha perdido lo que más amaba.
—Con tanto tiempo libre empecé a mirar hacia dentro. Siempre fui una mujer creyente; rezaba mucho, especialmente cuando la vida me golpeaba. Le pedía tantas cosas a Dios que hasta Él mismo habría terminado cansándose de escucharme.
Sonrió levemente.
—Pero después de todo aquello dejé de pedir tantas cosas. Me concentré en una sola.
—¿Qué era lo que deseaba tanto?
La anciana levantó los ojos.
—Quería saber algo de mi hijo. A cualquier precio.
Su voz adquirió una profundidad distinta.
—Verás, un marido es alguien que la vida coloca en tu camino para compartir años, experiencias y recuerdos. Pero un hijo… un hijo es algo diferente. Lo llevas dentro de ti durante nueve meses; crece bajo tu corazón antes siquiera de conocer su rostro. Sale de tus entrañas y queda unido a ti para siempre. Es un vínculo que trasciende cualquier explicación.
María asintió en silencio.
—¿Por qué mi marido me dejó sola? Nunca lo sabré con certeza. Pero no es difícil pensar que vivía consumido por una culpa que no lo dejaba respirar. Nadie se dispara sin que algo se haya roto mucho antes en su interior.
Guardó unos segundos de silencio.
—La vida puede ser hermosa, María, pero a veces todo se vuelve tan oscuro… Hay cargas que van desgastándote poco a poco hasta romper ese hilo que te mantiene unido a la existencia. Y él llevaba demasiados años sufriendo en silencio.
Bajó lentamente la cabeza.
—Creo que estaba muerto mucho antes de apretar el gatillo.
María sintió un nudo en la garganta.
—La comprendo, señora. Qué me va a decir. Yo también perdí a mi esposo hace unos cinco años y sé el vacío que deja una ausencia así. Gracias a Dios, mi hijo sigue conmigo.
Doña Ana la observó con dulzura.
—Entonces sé agradecida y cuida de quien todavía necesita de ti.
María permaneció callada.
Aquellas palabras parecieron quedarse suspendidas dentro de ella.
La anciana retomó el relato:
—Un día ocurrió algo imposible de explicar. Después de miles de oraciones me encontraba en casa. La noche anterior apenas había dormido y, después de almorzar, decidí distraerme un poco. Me senté en una vieja mecedora que tenía en la salita y empecé a tricotar.
Sus ojos parecieron iluminarse.
—No me preguntes cómo ni por qué sucedió. Al cabo de un rato entré en ese estado extraño donde no sabes si estás despierta o dormida. De repente sentí un soplo fresco en el rostro.
María escuchaba inmóvil.
—Aquello me hizo reaccionar. Abrí los ojos y entonces ocurrió lo más extraordinario que me había sucedido desde el nacimiento de mi hijo.
—¿Qué pasó? —preguntó María con ansiedad.
Una sonrisa llena de ternura apareció lentamente en los labios de Ana.
—Alberto estaba allí.
Su voz apenas fue un susurro.
—Justo delante de mí. Tan joven, tan apuesto como siempre. Me miraba con un cariño imposible de describir y yo me sentí tan desbordada que las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Respiró profundamente.
—Empecé a jadear como una niña pequeña.
—Pero… —la interrumpió María mientras apretaba suavemente la muñeca de la anciana—. ¿Le dijo algo? Cuente, por favor.
Ana soltó una leve risa cansada.
—Espera un poco, mujer. Déjame respirar.
Y durante unos segundos permaneció en silencio, intentando ordenar los recuerdos que se agolpaban en su mente.
…continuará…

