LAS TRES VIDAS DE MARÍA (1) La paciente sin hora

Era un viernes de primavera. Eran exactamente las 18.55. A aquella hora, como de costumbre, salí de mi despacho, me despedí del cliente al que acababa de atender y me dispuse a llamar al último paciente de la jornada. En unos instantes abriría la puerta de la sala de espera para indicarle que ya podía pasar. Sin embargo, al asomarme, comprendí enseguida que algo no encajaba.

Para mi sorpresa, había otra persona en la habitación.

Me pregunté cómo había llegado hasta allí si yo no la había citado. ¿Sería un familiar del paciente que estaba esperando? La idea, sin embargo, me resultó extraña. Aquel hombre siempre acudía solo a consulta. Movido por la necesidad de aclarar el malentendido, me acerqué.

—Perdón, señora. Buenas tardes.

—Saludos, doctor —respondió la desconocida, mirándome con una aguda compasión.

—Quizá se haya producido un error, pero creo que usted no tiene cita para hoy. El señor al que acabo de llamar es mi último paciente de esta tarde. Verá, las consultas terminan a las ocho.

—Sí, lo he visto en el cartel de la entrada, tanto su nombre como su horario.

—Entiendo. Si desea concertar una cita para otro día, puedo apuntarla yo mismo en la agenda y así hablaremos con tranquilidad.

—No, claro, si lleva usted toda la razón. Verá, deberá disculparme. Precisamente al comprobar su horario he decidido entrar. No pretendo molestarle, se lo aseguro.

—Pues si todo está tan claro, hay algo que se me escapa, señora. No acabo de entender.

La mujer bajó un instante la mirada antes de responder. Cuando volvió a alzarla, advertí en ella una inquietud serena, como si cargara con algo demasiado urgente para dejarlo en suspenso.

—Es que… —murmuró, en voz baja— necesito contarle algo que me ha ocurrido. Y, desde mi punto de vista, es una cuestión que no admite demora.

—¿De veras? —pregunté, ya con gesto serio—. ¿Tan importante es como para no poder esperar a la semana que viene? Mañana es sábado. Déjeme revisar mi libreta y haré lo posible por incluirla cuanto antes, se lo prometo.

Empecé a sentirme incómodo. Mi paciente aguardaba sentado a escasos metros y no era justo retrasar más la consulta.

—No quiero hacerle perder el tiempo, señor. Si le parece, esto lo resolveremos ahora mismo y de mutuo acuerdo.

—¿Cómo dice? ¿A qué se refiere? —pregunté, intrigado por la firmeza de aquella mujer.

—Es muy sencillo. Me llamo María. Cierre usted los ojos durante unos segundos y hable con su conciencia. Enseguida tendrá la respuesta.

La miré, desconcertado.

—Pero, por Dios, ¿adónde quiere llegar? ¿Es esto una broma? ¿No ve que tengo prisa?

—No lo dudo, don José —dijo María, rozándome apenas el brazo izquierdo con la yema de los dedos—. Se lo suplico. Será solo un instante. Por favor, déjese llevar…

No sé exactamente qué sucedió en los segundos que siguieron. Aún hoy soy incapaz de explicarlo con lógica. Estaba dispuesto a decirle que debía hacer las cosas como correspondía, que si deseaba verme tendría que pedir cita como todo el mundo. Y, sin embargo, no sé cómo terminé entrando en su juego. Lo cierto es que, de pronto, me sentí empujado a aceptar su propuesta. Sin comprender por qué, como si aquellas palabras hubieran encontrado una grieta secreta en mi voluntad, cerré los ojos.

El misterio empezó entonces.

Después de tantos años ejerciendo como psicólogo, creía haber aprendido casi todo lo que podía aprender sobre los mecanismos de la mente humana: sus trampas, sus defensas, sus abismos, sus repentinas iluminaciones. Había escuchado cientos de historias, acompañado a personas en su dolor y tratado de poner nombre al desconcierto que a veces las devora por dentro. Pero aquello era distinto. Aquello no se parecía a nada.

Con los ojos cerrados, pensé de pronto que quizá María no había llegado hasta mí por casualidad; que tal vez traía consigo algo de valor, una enseñanza, un anuncio, una verdad que yo aún ignoraba. Fue apenas un pálpito, una intuición tenue, pero cargada de sentido. Y entonces, en mitad de aquella oscuridad voluntaria, percibí una extraña claridad. Una luz blanca, silenciosa y envolvente, pareció aproximarse desde mi espalda hasta rodearme por completo.

Mi reacción fue inmediata, casi inevitable.

—Creo que tenía usted razón —oí que decía mi propia voz, como si me llegara desde lejos—. De acuerdo; aunque solo sea por hoy, haremos una excepción. Cuando salga mi último paciente, dentro de una hora, la atenderé. Si quiere, puede dar una vuelta, tomar un café y regresar sobre las ocho. ¿Qué le parece, María?

Ella sonrió con una serenidad que no supe interpretar.

—Gracias por su comprensión, doctor. Aunque, pensándolo bien, no me moveré de aquí ni por todo el oro del mundo —respondió con un gracejo inesperado—. Después de haber conseguido convencerle, no voy a perder mi oportunidad. Me quedaré aquí, en silencio, si a usted no le importa.

—Está bien, como prefiera. En la mesa tiene algunas revistas y enfrente hay un dispensador de agua, por si le entra sed. Será un placer mantener esa conversación que se anuncia tan interesante y por la que usted ha insistido tanto. Desde luego, sabe jugar con sus habilidades y con su capacidad de convicción. La felicito.

—Gracias, doctor. No le defraudaré —concluyó María, tendiéndome la mano con una amabilidad impecable.

Admito que me costó concentrarme en la consulta de las siete. No sé qué fue exactamente lo que percibí en aquella mujer, pero no dejaba de darle vueltas a su forma de hablarme, a aquella manera suya de imponerse sin violencia, de deslizarse por mi resistencia hasta doblegarla.

Quién lo habría dicho. Una perfecta desconocida había alterado mi agenda, trastocado mi rutina y quebrado ese horario casi sagrado de los viernes, cuando lo único que solía apetecerme era regresar a casa, aflojarme la corbata y dedicar el resto del día a mi mujer y a mi hijo.

Y, sin embargo, no me sentía molesto.

Mi profesión me había enseñado a convivir con lo imprevisto, a comprender que ni siquiera los fines de semana empiezan siempre del mismo modo. Aun así, había algo en todo aquello que se resistía a encajar en una explicación razonable. ¿Por qué esa luz a mis espaldas? ¿Por qué aquel susurro íntimo, casi imperceptible, que me había empujado a aceptar la intempestiva proposición de María? ¿Qué había en ella para provocar semejante impresión en mí?

Tuve que hacer un esfuerzo para romper el diálogo interno que amenazaba con apartarme de mi verdadera tarea: atender al hombre que tenía sentado enfrente. Pero ni siquiera mientras lo escuchaba logré desprenderme del todo de aquella sensación. En el fondo, muy en el fondo, solo deseaba una cosa: que el reloj de mi consulta acercara por fin sus agujas a las 19.55.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

AS TRÊS VIDAS DE MARIA (1) A paciente sem horário

Lun Mar 30 , 2026
Era uma sexta-feira de primavera. Eram exatamente 18h55. Àquela hora, como de costume, saí do meu consultório, despedi-me do cliente que eu acabara de atender e me preparei para chamar o último paciente do dia. Em instantes, eu abriria a porta da sala de espera para lhe indicar que já […]

Puede que te guste