LAS TRES VIDAS DE MARÍA (23) El espejo de los demás

—Venga, cállate ya —añadió la trabajadora con cierto desdén—. Además, si estos viejos se murieran todos, ¿de qué íbamos a vivir nosotros? Y si las cosas fueran como antes, cuando los abuelos envejecían en casa de sus hijos, ni siquiera existirían estas residencias. Tendríamos que buscarnos otro oficio.

—Eso también es verdad —respondió el hombre torciendo el gesto—. Anda, ve a ver qué quiere aquella señora. Creo que está pidiendo agua.

—Vaya con la pesada. Siempre necesita algo. Aunque, si te digo la verdad, para mí no pide agua; lo que pide es atención. Se comporta como una niña.

—Pues deja de protestar, que te va a dar una úlcera.

Aquella conversación terminó tan bruscamente como había comenzado.

—¡Serán desgraciados! —exclamó María, indignada—. Cuando trabajaba aquí nunca soporté ese tipo de comentarios. No son profesionales y tampoco humanos. ¿No le parece, doña Ana?

La anciana sonrió con calma.

—Déjalos, querida. La ignorancia suele ser atrevida. En realidad, sin darse cuenta, acaban de mostrarnos lo que llevan dentro.

—Sí, por desgracia. Nunca me gustaron demasiado esos dos. Son de los que vienen a cumplir el expediente y nada más. No sienten ningún compromiso con lo que hacen.

María negó con la cabeza.

—Quien los escuchara pensaría que están rodeados de muebles y no de personas. ¿Ha notado el desprecio que escondían sus palabras?

—No me sorprende. Cuando alguien no comprende un fenómeno, la explicación más cómoda suele ser pensar que se trata de una locura.

Ana observó brevemente a los trabajadores.

—Ninguno de ellos se acercará a preguntarme qué hago o con quién hablo. Les resulta mucho más sencillo concluir que la señora Ana está senil y asunto resuelto.

—Así se ahorran el esfuerzo de profundizar.

—Exactamente. Y si yo hubiera actuado igual durante mi vida profesional, jamás habría podido enseñar nada a mis alumnos. Para comprender a una persona hay que interesarse por ella.

—Parece que algunos tienen la conciencia dormida.

La anciana soltó una pequeña carcajada.

—¿Dormida? Para mí que llevan siglos durmiendo.

—Y si despertaran, quizá se llevarían un buen susto.

—Probablemente. A veces resulta más cómodo permanecer en la ignorancia que enfrentarse a determinadas preguntas.

María asintió.

—Claro. Si se plantearan ciertas cuestiones tendrían que revisar muchas de sus ideas.

Ana permaneció unos segundos pensativa.

—Bueno, María, quizá todo esto tenga algo que ver contigo.

La mujer frunció el ceño.

—¿Conmigo? No la sigo.

—Sí. Dime una cosa. ¿Has comprendido ya por qué querías quitarte la vida?

La pregunta la tomó por sorpresa.

Guardó silencio unos instantes antes de responder.

—No estoy segura. Supongo que me repetía constantemente que mi vida no podía continuar así. Que mi trabajo era agotador. Que la soledad me estaba consumiendo. Que criar sola a un adolescente era demasiado para mí. Cosas de ese estilo.

—Es una respuesta sincera.

Ana la observó con atención.

—Pero ¿no te das cuenta de que, en cierto modo, tus razonamientos se parecen bastante a los que acabamos de escuchar?

María abrió ligeramente los ojos.

—No creo que sea lo mismo. Cada persona vive sus propios problemas.

—Naturalmente. Pero tal vez ahí se encuentre una de las claves de tu sufrimiento.

—No entiendo.

—Quiero decir que has pasado mucho tiempo contemplando tu dolor desde dentro, analizándolo sin descanso. Y cuando uno mira únicamente hacia sí mismo, corre el riesgo de perder la perspectiva.

María permaneció callada.

—¿No crees que ayudar a otros, interesarse por sus dificultades o simplemente escucharles puede sacarnos de ese encierro?

—Puede ser…

—Piensa en ello. Estar todo el día examinando tus pensamientos, tus emociones y tus preocupaciones debe de ser agotador.

Ana sonrió.

—Mírame a mí. Hoy sigo viviendo en esta residencia, sigo en una silla de ruedas y continúo rodeada de limitaciones. Sin embargo, aquí estoy.

—La diferencia es que ahora se está desahogando conmigo. Se siente acompañada.

—Exactamente.

La anciana señaló a María con un dedo.

—Acabas de dar con algo importante.

—¿Sí?

—Llevamos bastante tiempo hablando. Tú me escuchas y yo te escucho a ti. Compartimos nuestras inquietudes, nuestros errores y nuestras heridas. ¿Y qué ocurre cuando hacemos eso?

María reflexionó unos segundos.

—Que nos sentimos mejor.

—Así es.

Ana sonrió satisfecha.

—Cuando compartimos lo que llevamos dentro, dejamos de cargarlo completamente solos. Además, aprendemos de la experiencia de los demás.

La mujer hizo una pausa.

—Por eso es tan importante salir de ese círculo en el que uno solo piensa en sí mismo. A veces terminamos atrapados en una especie de bucle donde todo gira alrededor de nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestro sufrimiento.

María bajó la mirada.

—Sí… creo que empiezo a comprenderlo.

Respiró profundamente.

—Qué curioso. Usted fue profesora de Historia, pero ahora mismo parece una terapeuta.

Ana soltó una sonora carcajada.

—No exageres.

—No, lo digo en serio. Me está obligando a observar cómo funcionaba mi cabeza y a reconocer que llevaba demasiado tiempo utilizando esquemas que no me ayudaban en absoluto.

La anciana sonrió.

—Entonces quizá esta conversación esté cumpliendo su propósito.

…continuará…

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Mié Jun 17 , 2026
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