SOMBRAS DE DIOS (72) La última advertencia

—¿Cómo podéis estar tan segura, si la ciudad de Sevilla fue devastada por la enfermedad y casi la mitad de su gente desapareció? —tronó el dominico.

—Mi señor, solo aplico el sentido común —replicó Concepción con calma trabajada—. Si la peste hubiera penetrado en este convento, ninguna de nosotras estaría aquí para contarlo. Ni vos estaríais interrogándome.

—Regresemos a lo esencial —dijo él, secamente—: ¿negáis cualquier intervención vuestra sobre esos dos enfermos?

—La niego.

—Eso implica que ni vos ni la abadesa participasteis en esas supuestas curaciones «milagrosas». En otras palabras: fuera cuales fuesen las dolencias, sanaron por sí mismas.

—Así es, mi señor fiscal. Probablemente se corrió el rumor de que el padre Damián y la novicia mostraban síntomas extraños; mas, como ya os expliqué, fue fruto de la vigilancia extrema y del estado de aprensión en que vivíamos para impedir que la plaga franquease los muros de la abadía.

—Conozco bien ese recurso argumental cuando alguien quiere descargarse de responsabilidad —replicó el dominico con gesto de superioridad—. Son muchos años haciendo preguntas.

—Ilustre señor —prosiguió Concepción, sin alterar el tono—, en tiempos recios los sentidos engañan. Vemos lo que no es y sospechamos lo que en días serenos jamás pensaríamos. Si me permitís el razonamiento, eso mismo ocurre con quien ha creído lasciva mi relación con la madre Verónica. Nada más lejos de la verdad. Con franqueza, pienso que hay alguien que, con su declaración, intenta hundir nuestra reputación y para ello recurre a la invención. Que Dios no se lo consienta.

—Os digo lo mismo que a la superiora —atajó el fraile—. El Santo Oficio, conforme a sus prerrogativas, dirimirá la responsabilidad de cada cual. Somos los más diestros en rastrear la verdad y señalar culpables. Y, mientras me llame Bernardo y vista este hábito, os aseguro que la descubriremos.

—Que así sea, señor fiscal.

—Tome nota el secretario —ordenó el dominico, dejando caer un peso de autoridad en la voz—: según testimonio de la acusada, ni el padre franciscano Damián ni la novicia llamada Consolación contrajeron la peste. Por tanto, al no existir curación de la plaga, no pudo darse prodigio alguno auspiciado por el maligno. ¿Conforme, hermana Concepción?

—Completamente, fray Bernardo.

—Y advertid una cosa —añadió, clavándole la mirada—: si este asunto prospera y llega a juicio, no esperéis un interrogatorio tan benigno. Las preguntas serán más directas y, rodeada del tribunal, las autoridades y los testigos, sentiréis la presión que arranca la verdad. Es difícil ocultar certezas cuando muchos ojos os escrutan.

—Si Dios no me abandona y me da fuerzas, no tendré nada que esconder ni de qué avergonzarme.

—Esa es vuestra opinión —sentenció él, con una sonrisa que helaba—. Y si hallo contradicción entre lo que hoy habéis declarado y lo que expongáis ante el tribunal, rogad a todos los santos. Desenmascarar tramposas es mi oficio, y alcanza por igual a vuestra superiora, denunciada por los mismos hechos. Dios os amparará de muchas cosas, pero no de la mentira, que es contraria a la esencia de la Santa Madre Iglesia.

El silencio se adueñó de la estancia. Solo se oía el rasgueo de la pluma del secretario.

—Aún estáis a tiempo de rectificar —retomó fray Bernardo—. Por mucha lealtad que profeséis a la abadesa, si mentís no habrá escapatoria. No hagáis sacrificios falsos que os conduzcan al castigo. La verdad está por encima de la fidelidad, y eso vengo a esclarecer. Os concedo un breve espacio para que lo meditéis antes de irme. Sed prudente: por encima de vuestra superiora está el servicio a la Iglesia, de la que formáis parte.

Concepción inclinó la cabeza; no por humillarse, ni para esconder nada, sino en señal de que había concluido y que nada deseaba enmendar de lo dicho.

—Don Agustín —alzó la voz el dominico—, ¿lo habéis anotado todo?

—Todo, señor fiscal —respondió el otro fraile, alineando las hojas y dejando la pluma a un lado—. Podéis continuar si lo deseáis.

—Y bien, hermana —insistió fray Bernardo—, ¿algo más que añadir?

—Por mi parte, todo ha quedado dicho.

—De acuerdo. Quedáis advertida. Partimos de inmediato a Sevilla, donde continuará el procedimiento. Llamad a la madre Verónica para que acuda a despedirse.

—Enseguida, fray Bernardo —dijo Concepción, poniéndose en pie y evitando cruzar la mirada con los dominicos.

…continuará…

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Jue Oct 16 , 2025
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