Tras permanecer pensativa un rato, Verónica dio su opinión a la hermana Concepción:
—Por más vueltas que le doy, solo hallo una explicación a este desagradable incidente. Algún malvado, inspirado por el mismísimo diablo, ha penetrado en nuestro convento por una parte vulnerable y ha aprovechado la ocasión para abusar de la niña. ¡Maldito! —exclamó con rabia la madre—. ¿Cómo ha podido suceder? Nunca me había enfrentado a una situación semejante.
—Mirad, su merced —añadió la enfermera, inclinándose hacia la camilla—. Junto a la sangre también hay restos de un líquido blanquecino.
—Es verdad… —murmuró Verónica, sintiendo cómo se le encogía el alma—. Esto confirma mis sospechas. No hay que insistir más: se trata de la señal inequívoca de un hombre, del rastro de ese desgraciado que ha violentado a Fátima. ¡Pobre de mi niña!
La abadesa se inclinó hacia la joven, procurando que su voz sonase dulce, pese al temblor que le nacía por dentro.
—Cariño, trata de recordar… ¿en algún momento pudiste verle el rostro a ese individuo?
—No, madre —respondió la muchacha, con el gesto aún extraviado—. Además de que la estancia estaba oscura, la vela cayó al suelo… y ese hombre me cogió por sorpresa, por la espalda.
Verónica cerró los ojos un instante, como si necesitara sostenerse en la fe para no derrumbarse.
—Al menos te desmayaste… y no tuviste conciencia durante ese acto de violencia.
La enfermera intervino con prudencia, midiendo las palabras.
—Madre, pese a vuestra indignación, pienso que lo mejor ahora es que la chiquilla se relaje. Si la abrumamos con preguntas, creo que será peor. Voy a limpiarla con cuidado y después le aplicaré un emplasto con corteza de sauce en sus partes, para reducir la inflamación y aliviar el dolor.
—Me parece muy bien, hermana Consuelo. Y, por cierto, tenéis razón: no debemos agobiar más a Fátima. No sería recomendable para su ánimo.
Verónica alzó la vista hacia el resto.
—Salgamos todas al claustro. Debo hablaros.
Tras salir las monjas y alcanzar el patio del claustro, la superiora se detuvo en el centro, mirándolas una a una con gravedad.
—Lo que os voy a decir es muy importante para nosotras —afirmó con tono serio—. Ahora es fácil dejarse arrastrar por el temor a que estos hechos se repitan; sin embargo, esta es la ocasión de mantener la calma y la serenidad. Esa será nuestra mejor protección.
Las hermanas permanecieron en silencio.
—Nos organizaremos por parejas. Que cada una coja un palo o cualquier instrumento que pueda servir para defenderse. Lo más probable es que ese malhechor, una vez consumado su repugnante delito, haya escapado de aquí. Pero es preciso registrar todo el edificio. Para estar tranquilas, debemos tener la certeza de que ese hombre ya no se halla entre estas paredes.
La madre tomó aire.
—Distribuyamos las zonas. Y al cabo de un rato, volvemos a reunirnos aquí para dar las novedades. Si se produjese alguna incidencia, debéis gritar alto o tocar la campana más próxima. Vamos…
Transcurrió una hora de búsqueda, en la que la tensión se palpaba entre las monjas como un humo invisible. Y cuando el nerviosismo empezaba a hacerse insoportable…
—¡Madre, madre! —exclamó de pronto, corriendo hacia el grupo, la hermana Martina—. Creo que ya no hace falta que investiguemos más. Me parece que ya sabemos por dónde ha entrado… y por dónde ha huido ese desgraciado.
Verónica se giró con rapidez.
—¿De veras? Es una buena noticia. Informad, os lo ruego.
—Estaba con la hermana Carmen cumpliendo la labor que nos encargasteis. Subimos a una de las torres que hay junto al muro del norte. Y al asomarnos para ver si había algo extraño por allí… hicimos un descubrimiento. Pero creo que será mejor que vuestra merced lo vea con sus propios ojos.
Las mujeres se dirigieron al punto señalado. La superiora subió primero, con el corazón acelerado, y al alcanzar lo alto de la torre se quedó inmóvil.
—Claro… ahora lo entiendo todo —dijo con voz dura—. Y ese maldito ni siquiera tuvo la precaución de llevarse la escalera. Así serían sus prisas, para que no le atrapásemos, que la dejó tirada en el suelo.
Una a una, las hermanas subieron y bajaron para comprobar la escena. Después regresaron al claustro.
—Gracias a Dios, hemos resuelto la incertidumbre en torno a este lamentable hecho —comentó Verónica, con un gesto visible de disgusto, como si la sola idea de que algo semejante pudiera repetirse le quemase por dentro—. Ese hombre tal vez solo tuviese intención de robar y huir. Sin embargo, para desgracia de nuestra niña, tuvo la ocasión de hacer lo que hizo, amparándose en la penumbra y en la candidez de Fátima.
Apretó los labios.
—Escapó por la misma vía por la que ascendió el muro: valiéndose de esa escalera.
—Madre —preguntó Martina, inquieta—, ¿habéis pensado en algo para poner remedio a esa brecha? No podremos estar tranquilas mientras exista la posibilidad de entrar aquí con impunidad.
—Decís bien, hermana. Por lo pronto haremos lo que dicta el sentido común. Esa escalera es enorme, lo bastante larga como para alcanzar el tope del muro. Saldrán cuatro de vosotras y la traerán al interior del monasterio.
Las monjas se miraron entre sí.
—Si su dueño viene a reclamarla, se la daremos… y de camino le haremos algunas preguntas.
Luego, Verónica añadió con firmeza:
—En cuanto a nuestra seguridad, mañana mismo escribiré a mi hermano mayor, el conde de Valcárcel. En cuanto se entere de lo sucedido, es probable que envíe a algún hombre experto para evaluar la situación y tomar las medidas necesarias. Y estoy segura de que hará lo posible por apresar a ese desgraciado y llevarlo ante la justicia.
La madre bajó la voz, pero no perdió intensidad.
—Ese tipo de sujeto no puede ni debe escapar al castigo. Nos podría haber pasado a cualquiera de nosotras.
Las monjas asintieron, comprendiendo la gravedad de lo ocurrido y confiando en que, a partir de aquel día, se tomarían decisiones para evitar que semejante amenaza volviese a repetirse.
—Ah… y antes de retirarnos a nuestras tareas, quiero haceros una petición —añadió la superiora—. Los próximos días serán muy delicados para nuestra muchacha. Por ello, os pido que la arropéis y le deis el cariño necesario. Dadle apoyo. Dadle sustento emocional.
Verónica respiró hondo.
—Recordad que solo tiene catorce años.
Todas las hermanas asintieron con solemnidad, aceptando aquella petición que no era una orden, sino un deber del corazón. Y así, sin necesidad de más palabras, quedó sellado el propósito de proteger a la chiquilla y ayudarla a olvidar cuanto antes aquella dramática experiencia, un hecho que marcaría profundamente el porvenir de la futura madre Fátima.
…continuará…

