SOMBRAS DE DIOS (111) La promesa del cielo

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—¿De veras pensáis eso, amantísima madre?

—Sin duda. La priora Juana me lo pidió aquí mismo, y yo, aunque tuve dudas, cumplí su encargo. Ahora, muchos años después, te hago el mismo ofrecimiento. Debe de ser que la vida posee sus propios ciclos. Ha llegado tu sublime momento, hija mía. Tras mi entierro se celebrará la votación definitiva, tal y como manda nuestra tradición. Y si las hermanas lo tienen a bien y siguen mi recomendación, te elegirán como mi sucesora. Entonces serás, ante todas, la más humilde de sus servidoras, tal como anunció nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos. Sin modestia no hay buen mando, sino orgullo y abuso. Tenlo siempre presente, mi niña.

—Dios mío, madre Verónica… es que no hallo palabras…

—Me sonrío, porque, si no recuerdo mal, fue eso mismo lo que yo pensé cuando la madre Juana me habló. Querida: sé siempre sencilla en tu proceder. Aquí no venimos a acumular títulos ni prebendas, pues nada de eso sirve en el cielo. Lo único que cuenta es la ingenuidad del alma, señal de pureza en el corazón. Mira solo por el bien del grupo, no por el tuyo propio. Ama a todas con la misma medida. Y ora mucho por tu buen gobierno. Ahora, tal y como me sucedió a mí, solo quiero que me respondas con esa inocencia que Dios te ha dado.

Se hizo entonces un silencio expectante en el claustro. Hasta el canto de los pájaros pareció apagarse, y el viento, por un instante, calló entre los naranjos.

—Fátima de Nebrija —pronunció Verónica, tomándola por las muñecas con delicadeza—, ¿estás dispuesta a aceptar la responsabilidad de ser abadesa de este convento concepcionista?

—Madre… —respondió Fátima, tragando saliva—. Para mí, vos sois el ejemplo a seguir. Todo cuanto he aprendido a lo largo de estos años ha sido por vuestra dedicación hacia mí. Desde que era una cría, me fijaba en vuestras palabras y, sobre todo, en vuestros actos. Si hubieseis nacido hombre, habríais sido el mejor obispo y pastor, apacentando a vuestras ovejas con firmeza y ternura. Me habéis relatado con detalle los pormenores de vuestra agitada biografía y os aseguro que de toda ella he extraído innumerables lecciones. Habéis sido mi mejor educadora… y yo, como buena alumna, un alma que ha procurado aprender, esforzándose en absorber cuanto podía de la mejor maestra.

Después, como si necesitase oír una confirmación en lo alto, alzó la mirada al cielo y permaneció unos instantes en silencio.

—Madre… llegan ahora tiempos de mudanza. Y si me ofrecéis esa compleja tarea, no puedo negarme, pues sé que queréis lo mejor tanto para mí como para el resto de hermanas. Conociendo vuestra sabiduría, si habéis concebido esta idea es porque me veis preparada. ¿Quién soy yo para dudar de vuestros propósitos? Sois una santa en vida y no debo desmerecer la confianza que habéis depositado en mí.

Un brillo extraño —mezcla de cansancio, amor y satisfacción— apareció en los ojos de la anciana: el reflejo de toda una existencia entregada, que ahora buscaba continuidad en el ser que más amaba de este mundo.

—Si queréis escuchar mi respuesta —prosiguió Fátima con voz contenida—, solo puedo deciros que acepto. Todo cuanto siempre me habéis ofrecido obedecía a un buen propósito. Es vuestra sabia alma la que habla por vuestra boca. Que sea lo que Dios quiera.

Juntó entonces las palmas e inclinó ligeramente la cabeza.

—Me encomiendo a la Virgen de la Inmaculada Concepción y a la voluntad de nuestra fundadora, Beatriz de Silva. Si ese es mi destino, que así sea.

Hubo unos instantes de quietud. Ambas mujeres parecían sostener en el pecho el peso de lo que acababa de suceder, como si el claustro entero hubiera quedado consagrado por aquella escena.

—Ven, mi niña… dame un abrazo inmortal —pidió Verónica, con un suspiro que parecía nacer de lo más hondo—. Si la Virgen me lo permite, esta que te habla procurará asistirte desde el cielo, tal como Beatriz ha hecho conmigo todo este tiempo.

—Sí… por favor —respondió Fátima, con emoción—. Os lo pido desde el corazón, pensando en ella y en nuestra orden. No me dejéis nunca sola. Y si me veo en dificultades, que tenga a quién acudir. Os llamaré desde el interior de mi alma y solicitaré vuestro favor e inspiración.

—Desde luego. Si, como yo creo, me encuentro con Beatriz una vez resucitada, hablaré con ella para que me permita velar por ti y por la buena marcha de esta bendita comunidad. Espero no defraudarte, mi niña. Que mis inspiraciones te guíen en caso de tribulación, y que la serenidad de estas religiosas —y de las que vengan— se mantenga. Y no olvides esto: permanece alerta con tus sueños, porque a menudo son el resquicio por donde entran los consejos del cielo. Dios así lo quiera y podamos permanecer en contacto. Ora mucho por mí cuando ya no esté. Y pídele con devoción a la Virgen que envíe a Beatriz a recogerme.

Y transcurrió algo más de un mes desde aquella conversación.

Una vez superado su cumpleaños, las previsiones de la superiora sobre su permanencia en este plano se cumplieron con exactitud, como un reloj que no se equivoca al marcar las horas. Verónica de Nebrija enfermó. Pero ni siquiera la hermana Consuelo —tan instruida en la enfermería y tan prudente en sus dictámenes— pudo establecer un diagnóstico claro. Solo percibía una certeza: la impresión de que la madre había vivido lo suficiente y de que su alma buscaba, con naturalidad, su retiro.

La comunidad comenzó a inquietarse. La abadesa había gobernado durante más de treinta años y su despedida, lenta pero imparable, llenó de incertidumbre los corazones.

Por ello, una tarde, durante el refectorio, la enfermera se puso en pie y quiso hablar ante sus hermanas:

—Me preguntáis con frecuencia por los males que afligen a nuestra querida madre, y yo, con sinceridad, no sabría deciros cuáles son. La muerte visita con puntualidad a todos los seres humanos, incluso a ella. No hay temor, pues no es más que el anticipo de la verdadera vida. Ella así me lo ha transmitido en innumerables ocasiones. Y cuando la examino, no me refiere queja alguna. Es una gran mujer y acepta con humildad la voluntad del Todopoderoso. Sabe que ha llegado su hora: no lucha contra la naturaleza, no se resiste… simplemente acata sus designios.

Hizo una pausa, como si le doliese pronunciar lo inevitable.

—Creedme: no hay remedio para esta penosa coyuntura. No existe hierba ni brebaje que pueda retrasar lo que ya está escrito. Y eso que estuve más de un año aprendiendo con nuestra añorada hermana Concepción. Sabed también —porque la propia madre así lo ha dicho— que solo anhela permanecer junto a su querida Beatriz de Silva y fundirse con ella en un abrazo inmortal.

…continuará…

Un comentario en «SOMBRAS DE DIOS (111) La promesa del cielo»

  1. Que grandeza de alma!
    Permita el cielo que pueda yo imitar aunque sea un poquito su entrega, su humildad.
    Gracias

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