Martina alzó despacio la vista. No había reto en sus ojos, sino una perplejidad humilde, casi infantil.
—¿Y… si no merezco ese perdón?
—Todas somos imperfectas y cometemos errores —respondió Verónica con una media sonrisa—. Por eso es don. Y el don se acoge, no se discute.
El silencio regresó, pero ya no era el mutismo tenso del comienzo. Tenía otra temperatura. La rueda chirrió, los caballos resoplaron. Al fondo, la línea oscura de los olivos marcaba la ruta. Martina, tras dudar, se atrevió a preguntar lo que le dolía de veras:
—Madre… cuando lleguemos, ¿me miraréis igual que antes?
Verónica tardó en contestar. Miró los nudos de la madera, luego el paisaje que se abría como una página limpia.
—No puedo prometerte el olvido perfecto —dijo por fin—. El corazón recuerda, para bien y para mal. Pero puedo prometerte trato justo y afecto sincero. Y puedo pedirte, a cambio, que trabajes en silencio, que guardes la lengua, que mires por las hermanas. Si haces eso, lo demás lo pondrá el tiempo.
Martina asintió, y en el gesto hubo un pequeño derrumbamiento, como si bajara un arma.
—Lo intentaré.
—No: hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes —corrigió Verónica con suavidad.
Pasaron junto a una venta; un zagal agitó el sombrero y el mayoral respondió con un chasquido de riendas. La tarde empezaba a tender cirros sobre el cielo.
—Hay otra cosa —se atrevió Martina—. ¿Por qué me habéis traído tan cerca de vos, en el mismo carro? Podíais haberme dejado atrás en el otro coche, con vuestro hermano, con una guardia áspera… y sin embargo…
—Porque el veneno se cura al aire y a la luz —dijo Verónica—. Y porque prefiero hablarte durante el camino que escuchar cuchicheos durante meses. Si tienes algo que decirme, dímelo aquí.
Martina tragó saliva. Se mordió el labio.
—Temí… os confieso… temí perderlo todo: mi sitio, mi honra, mi voz. Y cuando una teme, se vuelve mezquina. Lo sé ahora.
—El miedo es maestro cruel —concedió Verónica—. No lo alimentes. En el convento nadie te quitará el sitio si cumples el tuyo.
El carruaje tomó una curva; al fondo, ya visibles, las primeras encinas del término que antecedía al monasterio. El mayoral avisó con un «¡arre!» breve.
—Volvamos a casa —dijo Verónica, y por primera vez la palabra sonó entera, sin grietas.
Martina cerró los ojos un instante, como quien reza sin formular palabras. Cuando los abrió, el azul del manto de la abadesa —ese azul que ella había aprendido a detestar por pura envidia— ya no le pareció una afrenta, sino un color familiar. Se dio cuenta de que le dolía menos el orgullo que el cansancio. Y el cansancio, a veces, también se cura en casa.
—Volvamos —repitió, casi en un susurro.
El carro siguió su marcha. Sobre la caja donde yacía el cuerpo de Concepción, el sol encendía motas de polvo que, por un instante, parecieron estrellas. Y el camino, aunque largo, comenzó a parecerles más corto.
El traqueteo del carruaje, monótono como un salmo, fue limando aristas. El cuero de los asientos olía a resina, y por la ventanilla se deslizaban campos pardos, alguna encina solitaria y, de cuando en cuando, la silueta distante de una torre. A retaguardia, otro carro avanzaba con zumbido grave sobre las piedras: el que llevaba el cuerpo de la hermana Concepción y a Francisco de Nebrija, quien decidió viajar allí para no interferir en la conversación entre las dos religiosas.
En el interior del primer carro, el silencio se había vuelto denso, casi respetuoso, hasta que Martina, como quien abre de improviso una compuerta, habló de nuevo:
—Madre Verónica… —la voz le salió ronca—. Creedme: yo no soy mala. Han sido las circunstancias las que me han hecho así.
—¿Así cómo? —preguntó la abadesa, sin brusquedad, mirándola de frente.
—Desconfiada. Rencorosa. Envidiosa. Con recelos… y aún peor: mal pensada —enumeró, contándose los dedos—. Nada de esto me acercará a la dignidad del hábito, lo sé.
—No te lo negaré —repuso Verónica—, no son prendas que honren a quien viste este velo.
Martina apretó los labios. El carruaje dio un salto; ella lo aprovechó para respirar hondo.
—Mi vida ha sido como este armatoste: sacudidas, polvo y piedras. ¿Qué otra cosecha iba a salir de tal siembra? —bajó la voz—. Mi padre abusó de mí en la cama cuando era una moza. Toledo me fue un infierno cotidiano. Me hice monja huyendo, no por vocación. Y lo que se siembra en fuga, se cosecha en miedo.
Verónica no se apresuró a responder; dejó que el silencio recogiera la confesión.
—Si me preguntas —dijo al cabo—, no es buen cimiento entrar en religión para escapar. Sin fe viva y sin convicciones, el corazón busca grietas por donde volver a sangrar. Pero también creo en la redención: con disciplina, con constancia, hasta el barro se vuelve ladrillo.
—Entonces aún no he llegado a ese estado—admitió Martina, con un gesto seco—. No me he puesto a trabajar en serio conmigo. Vos nacisteis con estrella; yo, estrellada.
La abadesa sonrió apenas, sin ironía.
—No creo en destinos ciegos ni en fatalidades escritas en el cielo. El hombre se hace y se rehace. A veces me levanto de un humor agrio —añadió, con llaneza—. ¿Y qué? ¿Voy a permitir que mi mal temple gobierne a veinte hermanas? Me lo prohíbe la vergüenza… y el ejemplo. También yo tengo pasiones; el deber es atarlas en corto.
…continuará…

