SOMBRAS DE DIOS (92) La muerte que acusa

La manta estaba vacía. Sobre la paja, un vendaje empapado de sangre; y, junto al muro —donde la luz de la amanecer apenas rozaba la piedra húmeda—, la silueta colgante de una mujer que no podía ser otra sino Concepción, la enfermera del convento concepcionista. El espectáculo era de los que hielan el aliento. La hermana, con la espalda apoyada en la pared, parecía casi de pie; había hecho de su propia túnica un lazo: un extremo anudado al cuello, el otro prendido en los barrotes de la estrecha ventanilla por donde entraba una claridad mezquina. Tenía los ojos entreabiertos, fijos hacia la puerta, como si aguardase explicaciones del primero que osara profanar aquel ámbito de sombra.

—¿Será posible, fray Agustín? —murmuró el fiscal con una mezcla de asombro y fastidio—. La desdichada se ha ahorcado con su hábito, como si fuese cuerda de verdugo.

—Triste noticia, hermano —repuso el secretario, encogiendo los hombros—. Nos quedamos sin el principal testimonio inculpatorio.

—Mala suerte, sí —gruñó Bernardo, acercando la antorcha al rostro macilento de la muerta—. Debía de sentirse muy culpable; ha preferido adelantarse al castigo. Las mañanas tienen ese aire de sorpresa: si hubiese contemplado esta posibilidad hubiese dado la orden de situar la guardia dentro, en la misma celda. Sin embargo, ya veis, solo Dios conoce lo más profundo de la mente humana.

—Desde luego, mi señor. Y al pecar de suicidio, arderá en el infierno —añadió Agustín, sombríamente.

—Cierto —concedió el fiscal, mientras deslizaba la luz por el cuerpo inerme, deteniéndose en el pie vendado y en el surco violáceo del cuello—. Colaboró con la «condesita» en ese «prodigio» de las curaciones y no soportó el remordimiento tras su confesión. Resumiendo: se castigó antes de que lo hiciera la Inquisición. ¡Estúpida!

—Ahora todo cambia —dijo el secretario con desaliento—. Tanto informe, tanto detalle, tanto trabajo… y esta idiota no podrá corroborar con su voz lo que mi pluma dejó escrito.

—No seáis tan pesimista, Agustín —replicó Bernardo, posándole la mano en el hombro—. Un papel firmado por un secretario del Santo Oficio sigue siendo una confesión. Se presentará y que el tribunal decida. No vamos a desperdiciar esta ocasión de contar lo que realmente sucede en ese convento regido por el Maligno.

—Será más arduo convencer —admitió Agustín—. Estos sucesos ablandan conciencias y merman el juicio. Si esta mujer no hubiese acabado con su vida, el éxito del caso estaría asegurado.

—Al menos constará su admisión de culpa… y la de la abadesa —escupió Bernardo—. Una ya ha muerto y la otra, con algo de justicia, saldrá manchada para siempre. Al menos, que su reputación se resienta y que no halle más ocasión de mandar sobre otras mujeres. Los pactos con el diablo han de salir caros o él se adueñará de la Iglesia.

A media mañana, el tribunal se hallaba reunido y la sala, cargada de murmullos, supo de inmediato que la hermana Concepción no comparecería jamás. Le tocó al fiscal narrar, con su flema acostumbrada, lo ocurrido la víspera y el hallazgo de aquella misma madrugada. No bien hubo terminado, Francisco de Nebrija, hasta entonces contenido, se irguió con la ira trepándole al rostro.

—Señores del tribunal —dijo con voz clara—: como letrado de las dos acusadas, aún no alcanzo a comprender cómo se permitió ayer torturar a una de mis defendidas. Con el debido respeto, exijo saber bajo qué criterio se procedió sin aviso ni conocimiento de esta defensa.

—Muy fácil de explicar, señor letrado —atajó fray Bernardo de Quirós, hinchando la voz—: lo juzgué oportuno. Y no me equivoqué: la acusada confesó lo que había de confesarse. Su muerte es lamentable, pero no la exime de sus culpas. No mezclemos asuntos.

—Bajo tormento confiesa cualquiera —replicó Nebrija—. ¿Es que acaso no ve este tribunal la presión física y moral ejercida sobre una humilde monja de clausura?

Intervino entonces el presidente, con gravedad paternal:

—El Santo Oficio dispone de medios para esclarecer la verdad. A lo sumo, podrá decirse que el fiscal, movido por su celo, quiso deshacer la oscuridad del caso. Ello no constituye irregularidad. No pretendáis, señor letrado, endosar a fray Bernardo la responsabilidad de la muerte de la hermana. Llegó viva a su celda y fue hallada muerta al alba. La intención de quitarse la vida fue suya; lástima grande, pero ajena a este tribunal. Oídas vuestras objeciones, ordeno que se dé lectura a la declaración obtenida ayer por la fiscalía.

Fray Agustín Gilarte, con la compostura de quien conoce el peso de cada palabra, leyó el papel donde la voz de Concepción —ya para siempre prestada— quedaba clavada en tinta. Al terminar, reinó un silencio denso que comparecía en el castillo para interrogar a cada cual sobre su conciencia.

—Ruego a sus señorías —reanudó Nebrija, tensando las sílabas— que no se tenga por prueba ni el tormento ejercido ni la confesión arrancada por el dolor. Manchar a una difunta es fácil; justificar la violencia, también. Si me hubieran colgado de un pie, confesaría que mi difunto padre —el conde de Valcárcel, a quien Dios guarde— era el propio diablo. ¿Es esa la justicia que se busca?

Un murmullo corrió por los bancos. Bernardo apretó la mandíbula. El secretario, sin levantar la vista del pliego, aguardó órdenes. La sala olía a cera gastada y a respiración contenida. Afuera, el Guadalquivir avanzaba turbio; adentro, la causa oscilaba entre dos fuegos: la letra del protocolo y la rebelión de una conciencia.

…continuará…

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