—Mira, Verónica, esta primavera ha resultado muy húmeda a causa de las abundantes lluvias. Incluso hemos tenido menos calor de lo normal para la época. Hasta en Sevilla se produjeron inundaciones. Seguro que toda esta combinación siniestra de circunstancias ha contribuido a la expansión de esta maldita plaga.
—Dios mío, estoy deshecha por dentro —admitió la madre con seria preocupación—. Concepción, dime, ¿qué se supone que deberíamos hacer desde este momento? Veo las cosas tan negras que hasta me ha invadido la sensación de que podíamos morir todas aquí dentro, incluso en un monasterio de clausura donde estamos apartadas del contacto con la población.
—¡Ay, mi buena Verónica! ¿Estaremos condenadas al fin? —se preguntó la enfermera mientras que se abrazaba con todas sus fuerzas a su amiga.
Paralizadas por el miedo y la inquietud, con el desasosiego apoderándose de sus almas, las dos monjas permanecían abrazadas y de rodillas en el suelo junto al cuerpo ya inconsciente del franciscano Damián. Mientras tanto, un extraño fenómeno se produjo. Por un lateral de la dependencia, se observó cómo un potente rayo de luz penetraba por una de las ventanas hasta que esa luminosidad se fijó justamente en la espalda de la superiora del monasterio. Al instante, una voz femenina con apariencia de no ser la suya surgió de la garganta de Verónica y rompió aquel silencio al escucharse:
—«Y no te sobrevendrá ningún mal, ni plaga alguna tocará tu casa. El Señor mandará a sus ángeles a ti, para que te cuiden en todos tus caminos».
—Verónica, ¿qué te pasa? ¿Has sido tú la que has hablado en mi oído, la que ha pronunciado esas palabras? —preguntó sorprendida la hermana Concepción—. Pero, Virgen santa, si esa ni siquiera es tu voz… ¿qué está ocurriendo aquí?
La enfermera separó de su cuerpo a la madre y agarrándola firmemente por los hombros la miró a los ojos, como tratando de hallar alguna explicación al suceso que había presenciado. Justo en ese momento…
—Tengo que… tengo que… tengo que curar al padre… he de tocarle…
—Pero, ¿eres tú, Verónica? Por favor, responde —insistió Concepción mientras que la observaba con toda su atención.
—Es… es… Beatriz… está aquí… ha venido…
A continuación, siguiendo de rodillas, Verónica se aproximó hasta la figura desvanecida del fraile y luego puso sus dos manos sobre los dos bubones inflamados que el franciscano tenía en su cuello. De repente, la luz se volvió más intensa rodeando la figura de la monja hasta que la inflamación de aquellos bultos fue bajando y desapareciendo por completo. Al poco, en un estado semiconsciente, la madre repitió la operación en la zona de las axilas, así como en las ingles del religioso. Aquel extraordinario fenómeno de cómo los bubones desaparecían a través de la imposición de manos se repitió.
Concepción, viendo lo ocurrido, se debatía entre el miedo y el asombro; se dejó guiar por el instinto y fue así como juntó sus dos manos a la altura de su pecho para dar en su interior gracias a Dios ante lo que había contemplado.
Tras unos instantes de incertidumbre, Verónica se quedó como mareada y perdiendo el conocimiento, cayó desmayada sobre el suelo y permaneció tumbada. Al poco, la claridad fue desapareciendo hasta difuminarse por completo.
Cuando menos se esperaba, aconteció otro fenómeno no menos impresionante que el anterior. Concepción, sin saber muy bien el porqué, dirigió su vista hacia la ventana por la que había penetrado en la estancia aquel rayo luminoso y fue entonces cuando percibió la figura allí de Beatriz de Silva, tal y como ella la recordaba de aquella visión que había tenido hacía unos años cuando se encontraba en la entrada del convento, justo enfrente del gran cuadro que existía en esa zona de la madre fundadora de la orden concepcionista. Se regocijó al notar con claridad cómo aquella silueta le sonreía antes de desaparecer del ambiente.
Extasiada, continuó arrodillada en posición de rezo. Así, se dedicó durante un rato a orar en actitud de arrebato.
Pasado un tiempo que ella nunca pudo calcular, se «despertó» súbitamente al oír una voz que le resultaba familiar…
—¿Qué ha pasado aquí? —comentó el franciscano tras recobrar la conciencia—. Dios mío, hermana Concepción, ¿a quién estáis orando que parece que tenéis la vista perdida en el espacio? ¿Y qué hace la madre Verónica tirada en el suelo? ¿Y cómo es posible que yo haya recuperado el conocimiento tendido en el suelo y medio desnudo? Contadme, os lo ruego, que no entiendo nada.
—¡Ay, padre Damián! —dijo exultante la monja mientras que besaba las manos del fraile en señal de alegría—. Que ha sucedido un milagro de Dios todopoderoso, que la madre de Jesús ha entrado en nuestro convento y con su espada de fuego no permitirá que la plaga penetre en estos muros.
—¿Cómo decís? No recuerdo nada de lo sucedido, disculpad —afirmó el sacerdote mientras que se ajustaba correctamente sus ropas—. Lo único que recuerdo es que no me encontraba bien durante la confesión que le hice a la madre y que tenía una tos persistente que resultaba muy molesta. Luego, me quedé en blanco y perdí la noción de las cosas.
—De acuerdo, pero, por favor, decidme: ¿cómo os encontráis ahora?
—¿Yo? Perfectamente, gracias a Dios. Y, por favor, contadme quién me ha quitado el hábito y me ha dejado en posición tan indecorosa. ¿Qué locura es esta? ¿Qué fenómeno extraño se ha producido en esta abadía, hermana? Estoy desorientado, os lo juro.
—Ahora os lo explicaré con detalle, su reverencia. Antes, voy a tratar de reanimar a la madre.
—Cierto; os ayudaré a incorporarla.
…continuará…

