SOMBRAS DE DIOS (70) El peso de la calumnia

—Pero… ¡por la Virgen Inmaculada y todos los santos! —exclamó Concepción, casi tartamudeando—. ¿Qué denuncia es esa? Es completamente falsa, os lo juro, mi señor fiscal.

—Os noto muy nerviosa, hermana —respondió el inquisidor, midiendo cada palabra con fría severidad—. No me obliguéis a pensar que ese temblor es reflejo de vuestra culpabilidad. Venga, bebed un poco de agua, tomad aliento… y después explicadme, con todo detalle, qué relación mantenéis con vuestra superiora.

—Veréis… —balbuceó Concepción, esforzándose por mantener la compostura—. Además de ser hermanas de la Concepción, somos solo dos buenas amigas. Desde que ingresamos aquí congeniamos; nuestros caracteres resultaron compatibles y, por ello, siempre hemos estado cerca. Pero nada más. —Sus ojos se humedecieron y varias lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas—. Jamás puse una mano indecorosa sobre ella, ni ella sobre mí. No lo permitiría nunca. Sería una afrenta a Dios y a nuestro voto de castidad.

El silencio que siguió fue tan denso que parecía morder el aire. Concepción bajó la mirada, incapaz de soportar el peso del inquisidor.

—¿Y eso es todo? —replicó él al fin, con un tono cargado de desprecio—. ¿No tenéis otra cosa que añadir en vuestra defensa?

—Mi señor… —murmuró ella, tragando saliva—, ¿cómo se defiende una de lo que es falso? ¿Qué mente retorcida puede inventar semejante calumnia? Esto no es posible…

—Callad, hermana —cortó fray Bernardo, con voz grave—. La verdad o la falsedad la decidirá el tribunal del Santo Oficio. Por ahora, lo que importa es la recogida de datos. Es nuestra obligación investigar cualquier actitud que se aparte de la regla.

Concepción levantó el rostro, crispada por la indignación.

—Pero aquí no entra nadie ajeno al convento —replicó—, salvo nuestro confesor, el padre franciscano don Damián, hombre de virtud y bondad. Él jamás… jamás podría hacer algo así. Por lo tanto…

Se detuvo. Sus labios se entreabrieron, como si temiera dar forma a un pensamiento demasiado peligroso.

—¿Por lo tanto…? —insistió fray Bernardo, alzándose de su asiento y aproximándose a ella, hasta que su aliento rozó el rostro de la monja—. ¿Qué conclusión queréis insinuar?

—¿Cómo decís? —preguntó Concepción, retrocediendo instintivamente, presa del desconcierto.

—Digo —prosiguió el dominico, con mirada acerada— que la denuncia proviene de alguien muy cercano a vosotras, alguien que conoce de sobra el vínculo entre Verónica de Nebrija y vos. Por eso hallo verosimilitud en el testimonio que acusa a ambas de conducta escandalosa. ¿Acaso no lo veis?

Concepción apartó la vista para resistir aquella presión insoportable. Inspiró profundamente, recobrando un poco de ánimo, y habló con serenidad forzada:

—Mi señor, a pesar de la provocación, no quiero dejarme arrastrar por la ira. Solo hay dos posibilidades: o la persona que nos acusa está trastornada, o bien actúa con la peor de las intenciones. En ese caso, pretende desacreditarnos ante el tribunal y ante el mundo. Tal vileza solo nace de una envidia corrosiva, del mal que anida en un alma enferma.

—Una defensa hábil —replicó con ironía el inquisidor—. Muy conveniente para quitaros el peso de los cargos.

—Mi señor fiscal —dijo Concepción, clavando la mirada en las pequeñas llamas del candelabro—, si conociera el nombre de quien nos acusa, podría ofreceros datos valiosos para desmontar esa patraña.

—Por ahora no. No os daré ventaja alguna. Centraos en los hechos, no en la identidad del acusador. El testimonio indica que la abadesa y vos mantenéis una relación excesivamente estrecha. No dais un paso sin estar juntas. Se afirma incluso que visitáis con frecuencia su celda y permanecéis allí más tiempo del prudencial.

El corazón de la monja se encogió. Aquellas palabras eran como piedras arrojadas contra su conciencia, aunque ella sabía que todo era falso.

—Para cualquiera, incluyéndome a mí —prosiguió fray Bernardo—, esas visitas resultan sospechosas. ¿No comprendéis que tanta intimidad puede provocar comentarios entre las hermanas? Los rumores se propagan como humo en estas paredes.

—Nunca reparé en ello —respondió Concepción, temblando—. Pero puedo explicarlo.

—Seguro que sí. Pero antes decidme: ¿aceptáis que la lujuria es el verdadero motor de vuestra relación con la madre? Hablad sin rodeos.

—Mi señor, podréis repetirlo mil veces, pero jamás será verdad. Es más simple de lo que queréis ver. La madre me reclama con frecuencia porque precisa de mi criterio en los asuntos de gobierno del convento. Por eso estoy a menudo a su lado, nada más. —Se irguió, recobrando fuerzas—. Si alguien quiere ver pecado donde solo hay confianza y servicio, tal vez el problema resida en la mente de quien acusa… o de quien da crédito a su difamación.

Respiró hondo, como quien se libra de una losa.

—Decís mucho —repuso el inquisidor, con voz gélida—, pero bien sabéis que la concupiscencia se oculta en la intimidad. No se practica a la vista de todas. ¿Negáis que sea así?

—¡Por supuesto que lo niego! —exclamó Concepción, rompiendo en llanto.

El dominico la observó con aire satisfecho, como quien ya ha obtenido lo que buscaba.

—Bien. Veo que este interrogatorio os desgarra. Aun así, no puedo dejar de notar que la relación que mantenéis con la abadesa… es, cuanto menos, particular.

…continuará…

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