SOMBRAS DE DIOS (10) Primas en el convento

—Pero… ¡si aquí todas vestimos igual! —expresó Verónica mientras se tentaba las ropas—. Bueno, no pasa nada, ya veo que ninguna de vosotras tenéis remedio. Y tú, Ana la menor, ¿cómo te encuentras? Llegaste un poco antes que yo a este lugar. ¿Te has acostumbrado a la vida monástica?

—Poco a poco, doña Verónica. La verdad es que ya venía habituada a trabajar duro. Tened en cuenta que ambas procedemos del campo y os aseguro que allí no se vive de la contemplación ni de los privilegios sino del sudor en la frente y las manos encallecidas.

—Sí, por supuesto —admitió con su cabeza la hija del conde—. Nadie lo niega. Y te pregunto: ¿cómo llevas la instrucción? Supongo que os hallaréis más cómodas sin tener que bregar solo con patatas, hortalizas o animales.

—Pues yo no sé qué decir —comentó la mayor mientras que movía entre dudas su cara de un lado a otro—. Por una parte, no hay que doblar tanto el espinazo, eso es cierto. Recuerdo que en mi casa no tenía tiempo ni para pensar. Llegaba la noche y estaba tan rendida que nada más tumbarme sobre la cama cerraba los ojos y me despertaba temprano al día siguiente.

—Sí, en ese aspecto creo que hemos mejorado —añadió la menor—. Pero claro, en nuestra condición de novicias, han surgido otros problemas. Es que la existencia no da tregua, mi señora: cuando una piensa que ha escapado de la rudeza de un destino, aparece otra página de la vida que te complica el día a día.

—Caramba, Ana, desconocía esa inquietud que, por tu forma de decirlo, parece que te pesa bastante. ¿Puedes explicarte con un poco más de detalle?

—Será un placer desahogarnos con vuestra merced —afirmó segura la mayor de las novicias—. Veréis, el campo agota, consume tus energías. Cualquiera, incluso vos que habéis crecido entre las paredes de un palacio, podéis imaginar la situación. No todo el mundo vale para bregar y bregar hasta la extenuación.

—Creo que empiezo a entender a dónde quieres llegar, Ana.

—Sí, mi señora. Nosotras estamos curtidas de la labor física desde la pubertad, pero… a cambio de ignorar las letras o los números, porque los días tienen un límite de horas y no hay tiempo para cultivar el espíritu cuando el cuerpo no se mantiene en pie de tanto agacharse. Mi prima y yo jamás escribimos en un papel una palabra o una cifra y mucho menos sabemos leer o interpretar un texto. Con solo ver un libro de esos gordos que hay en la biblioteca ya nos pesa hasta el pensamiento. Lo entendéis, ¿verdad?

—Si a eso —interrumpió Ana la menor— le añade su merced el latín, pues ya es como para desmayarse.

—No es que mi prima quiera exagerar, su merced —dijo la otra novicia—. Lo que ella pretende expresar es que, si desde niñas no nos han educado, luego, cuando ya creces, esa tarea de aprender a leer se torna mucho más complicada. Es que cada edad tiene sus responsabilidades.

—Estoy de acuerdo —estableció Verónica—. En ese sentido, ha debido ser una adaptación penosa para las dos, todo un desafío. Sin embargo, aquí es tan necesario cultivar la sabiduría como hacer la comida, limpiar o rezar a Dios y a la Virgen. No desesperéis. Cada tarea posee su importancia y pobre de aquella que se crea superior por tener un libro entre sus manos. Al menos estáis juntas para apoyaros y daros ánimos. De todas formas, sois listas y espabiladas, por lo que, tarde o temprano, dominaréis todo eso. Y, ¿cómo se porta con vosotras la hermana instructora de novicias?

—Ja, ja, a veces la hermana Consuelo se desespera, pero se la ve paciente y habituada a esas labores —comentó la menor con gracia—. Nos respeta y, sobre todo, nos comprende, que para mí que eso es lo importante. Menos mal que tenemos un tío que posee algunas tierras y que vende sus mercancías en ferias y otros lugares. Es el mayor de todos los hermanos de mi padre y con un gran esfuerzo ha acumulado rentas y le da para ahorrar. Él lo habló con nuestras familias y mirad por dónde, aquí estamos. Gracias a su ayuda y apoyo, las dos pudimos ingresar en el convento.

—Así es, prima —manifestó la mayor—. Nadie dijo que este camino que quisimos hacer juntas fuera fácil. Si el año que viene, la hermana Consuelo nos ve ya preparadas, igual podremos prometer nuestros votos. Espero que no nos devuelvan a casa, tratamos de hacerlo lo mejor posible y si no avanzamos con el estudio, siempre nos podríamos quedar aquí como hermanas legas. Ya se sabe que el trabajo físico es fundamental para que la comunidad progrese.

—Pues yo no sé tú —dijo con seguridad la menor—, pero yo me voy a esforzar al máximo. Mi padre ya me advirtió que no pensara en volver, que había muchas bocas que alimentar y que no había dinero ni dote para casarme. Y, para quedarme soltera en casa, trabajando como una mula, yo, la verdad, para eso prefiero permanecer aquí entre iguales y más aliviada de la espalda.

—Y tú, Ana la mayor, ¿también opinas lo mismo? ¿En qué situación familiar te hallas?

—Pues yo tengo cuatro hermanos y otras dos hermanas de más edad que ya se han llevado lo que quedaba de maravedís para casarse. Como soy la más jovencita, solo han dejado telarañas en la caja de casa. Esto es lo que pasa siempre, mi señora. Al ser la pequeña, las otras se gastan lo que pueden y no piensan en que una crecerá y tendrá también sus necesidades. Se vive al día y nadie piensa en un futuro para la benjamina del hogar. Ah, si hubiera sido hija única, ese problema no se habría planteado.

—Nosotros somos cuatro hermanos —respondió con prontitud Verónica—, con la curiosa particularidad de que los otros tres son varones, tienen sus vidas organizadas y encima, yo soy la más jovencita.

—Pero, mi señora —intervino la mayor—, está claro que vos no estáis aquí por penurias económicas. Solo hay que observar el aspecto de vuestras manos o la expresión de vuestro rostro. Pero… miraos, si parecéis un ángel creado por la mano de Dios. Por cierto, no hablemos tanto de nosotras, que os aburriremos con nuestra vulgar palabrería. Decidnos: ¿cómo va vuestro embarazo entre muros?

…continuará…

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