SOMBRAS DE DIOS (100) La historia que dobla la rodilla

Martina la miró de soslayo, como si aquella naturalidad la desarmara.

—Envidié vuestra seguridad —confesó—. Vuestra manera de andar por los corredores, de ordenar y de callar. Yo, mientras, rumiaba agravios. Me alimenté de sombras.

—La envidia es pan negro —dijo Verónica—. Sacia un instante y después enferma. Pero escucha: si has podido nombrarla, ya no manda sobre ti. Quien reconoce su herida, empieza a curarla.

—No siempre puedo —apretó las manos sobre el regazo—. Cuando os veía con la hermana Concepción… sentía que sobraba en el mundo. Y ese vacío me volvía maliciosa.

Verónica inclinó un poco el cuerpo, acortando la distancia. Le posó las manos sobre las suyas: cálidas, firmes.

—A Concepción la quise como a un espejo. No para excluiros, sino para sostenernos. En comunidad, la amistad no es coto cerrado; es mesa larga. Si te sentiste fuera, perdóname esa torpeza: debí acercarme más. —Inspiró—. Y ahora que ella no está, ¿cómo honrar su memoria sino dejando que el rencor se disuelva?

Martina parpadeó. Por la ventana corría ya una franja de trigo nuevo.

—Perdonadme, pero es tanta mi falta, que me cuesta creer que no vayáis a cobraros la deuda —musitó—. El tribunal me condenó; vos podríais doblar la pena con vuestra autoridad.

—Ya te lo he dicho, Martina: no habrá venganza —repitió Verónica—. El arzobispo me dio libertad para administrar tu castigo y he decidido no aislarte. Volverás a tus tareas, al coro y al refectorio. La pena, si ha de ser útil, será secreta: trabajarás contigo, no contra ti. Y yo a tu lado.

—¿Por compasión?

—Por obediencia a Dios. Y por justicia. Nadie sale indemne de su propia historia, Martina. Pero en este carruaje vamos hacia casa; no hacia la cárcel. Si aceptas, empezamos hoy.

La otra bajó la cabeza. El traqueteo se antojó entonces menos violento.

—No sé si podré —dijo, con un hilo de voz—. Cuando la noche aprieta, vuelven los recuerdos y yo… yo muerdo antes de que me muerdan.

—Entonces, cuando muerdan los recuerdos, ven a mí —contestó Verónica—. O a cualquier hermana que te escuche sin juzgar. Trabajaremos hábitos nuevos: callar a tiempo, hablar cuando sea oportuno, reparar cuando dañes. No te prometo dulzura constante, sí firmeza.

—¿Y si vuelvo a caer? —preguntó Martina nerviosa.

—Se vuelve a empezar. Tantas veces como haga falta. Mira, fíjate bien —señaló la ventanilla—: los caminos no son lisos; sin embargo, llevan a destino.

—Pero vos sois noble, la hija de un conde y habéis contado con las mejores oportunidades desde que nacisteis. Eso ofrece muchas ventajas. La comodidad y una esmerada educación en la infancia auguran buenas posibilidades de adulta.

—Claro, tienes razón, Martina. Sin embargo, la rueda de la vida gira con unos movimientos que a menudo no resultan agradables. Mira, te contaré algo que sin duda captará tu interés.

Martina se volvió hacia la abadesa poniendo toda su atención sobre sus palabras.

—¿Sabes? Yo entré en el convento forzada por las circunstancias. Con dieciséis años ni tenía vocación ni nunca había pensado en ello. Es curioso, en eso nos parecemos. Aquella experiencia de internamiento iba a ser solo una medida temporal. El todopoderoso conde de Valcárcel, padre de quien te habla, no tuvo piedad con su única hija. Él, un hombre de principios, se negó a que yo fuese una madre soltera. Me obligó a casarme con el padre de la criatura que llevaba en mi vientre. Yo no quise y él no consintió; por eso me ingresó en el monasterio para que allí llevase mi embarazo de forma discreta y alumbrase al crío. Mi voluntad no se tuvo en cuenta. Di mi consentimiento, aunque yo era una adolescente rebelde y que tenía sus propias ideas. En esa enfermería donde fueron curados el padre Damián y la novicia yo di a luz a una niña preciosa que me fue arrebatada de inmediato y entregada por mi progenitor a una familia cuya identidad desconozco. ¿Y qué ocurrió con los sentimientos que una madre como yo desarrolló hacia esa criatura que había llevado en su seno durante nueve meses? Lo puedes imaginar: se ignoraron por completo. Mi instinto maternal fue anulado y me tuve que olvidar de que había parido a una niña. No hubo rectificación alguna: al cabo de los años mi padre murió luchando contra los portugueses y el secreto de la familia que se había quedado con mi hija murió con él. Yo moriré con ese castigo brutal sobre mis espaldas y jamás podré abrazar a una niña que ahora será una muchachita muy feliz con sus padres de adopción pero que no llevan su sangre. Ya ves, otra vez ese destino caprichoso del que hablas actuando por libre. No obstante, medité mucho y llegué a una conclusión: mi alma se sublevó ante tal injusticia y fue entonces cuando decidí quedarme aquí. Perdí a mi querida Beatriz, mas gané a unas compañeras y otro tipo de vida. Y aquí estoy.

—Dios mío, no sabía nada de esa historia tan horrible, madre. Y vuestra hija extraviada… hasta tuvísteis el detalle de llamarla como nuestra fundadora…

—Claro. ¿Veis? Cada una tiene su pasado y siendo importante porque nos marca, no debemos permitir que interfiera en nuestra toma de decisiones. Me juré a mí misma que no iba a estar lamentando mi mala suerte el resto de mis días y que la única manera de compensar esa injusticia era servir a Dios, a la Virgen y a cada una de mis hermanas. Es en el amor al prójimo donde se halla sentido. Lo demás, resulta secundario.

Se hizo un profundo silencio, apenas roto por el sonido de las ruedas sobre la tierra del camino. La hermana Martina, presa de una emoción incontenible, arrancó a llorar como si sus penas no tuviesen remedio. La consecuencia fue que la monja se arrodilló allí mismo e inclinando su cuerpo descargó numerosas lágrimas sobre el hábito de la abadesa quien presa de la compasión le acarició los cabellos hasta consolarla.

…continuará…

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