SOMBRAS DE DIOS (48) La misión de nuestra vida

—Efectivamente —afirmó Concepción —. Además, ¿qué otra cosa hubiésemos podido hacer? Estábamos sometidas a una presión extrema. Nuestro propio confesor se retorcía de dolor en el suelo y medio inconsciente, se veía abocado al más trágico fin, con esos bubones pestilentes que solo anticipaban una muerte segura entre terribles dolores y convulsiones. Verónica, habíamos estado en contacto con él, por lo que lo más seguro es que también nos hubiéramos contagiado. Lo único prudente en esas circunstancias, aunque brutal, habría sido confesar la existencia de esa terrible posibilidad ante el resto de hermanas, aislarnos y a la espera del desarrollo de los síntomas, enfrentarnos a una agonía inequívoca. Y todo ello, para salvar a la comunidad de un desenlace angustioso.

—No quiero ni pensar en ello. Se me retuercen las tripas con tan solo imaginarlo. Qué poca fe mostramos, hermana. Ahora que ya han pasado unas horas de aquello, me avergüenzo.

—No, Verónica. De ningún modo. Somos monjas, no santas. ¿Sabes? Enfrentarnos a este duro momento nos vendrá bien en el futuro. Sabemos que, por encima de todo, por muy desesperadas y aterrorizadas que estemos, la disposición divina es soberana, pues nada de este milagro habría sucedido sin el consentimiento del Señor. Esto no es más que reconocer el poder del pensamiento de Dios. No digo nada extraño a tus oídos, amiga, que tú ingresaste aquí por mandato de tu padre para evitar la vergüenza de una muchacha cuyo pecado de juventud consistió en el ánimo de experimentar, pero luego, fueron tu voluntad y tus convicciones los que te mantuvieron aquí, cuando podrías haber tenido una vida de riqueza y honores, habitando en un bello palacio con criados a tu servicio, con un marido de noble condición y unos hijos a los que habrías educado con esmero.

—Ya, pues después de lo acontecido hoy, más ganas tengo de seguir aquí, al frente de todas estas hermanas cuya presencia me despierta tanta compasión. Ese debate ya cesó en mi interior, amiga y ha sido sustituido por una terrible lucha en mi alma donde, a cada momento, me planteo si soy digna de esta misión tan delicada.

—Si me permites…

—Adelante sin miedo, Concepción.

—Para mí, que la fundadora nos ha dado un pequeño aviso desde el cielo para que, cuando en el futuro surjan problemas como este o incluso peores, sepamos cómo reaccionar y no alberguemos ninguna duda sobre cuál será su apoyo, el de nuestra amada madre Beatriz de Silva y Meneses.

—Que Dios te oiga, amiga. No puedo estar más de acuerdo con tu reflexión. Si esta es nuestra misión y para lo que hemos venido al mundo, tendremos que aceptarlo con humildad y de todo corazón. Ser el instrumento de la fundadora constituye una dignidad que no puede rechazarse. ¿Estás de acuerdo?

—Claro que sí y si me lo consientes, yo estaré a tu lado para apoyarte en todo aquello que Beatriz quiera realizar. Esta tarea es una bendición y como tal, deberemos asumirla.

—Gracias desde el alma. Por más que te lo repita, aunque caiga en la pesadez, la verdad es que no sé lo que haría sin ti.

Tras un breve intervalo de silencio…

—Mira —añadió Verónica—, no sé lo que me ocurre, pero no puedo parar, la cabeza me bulle cual fuego que se alimenta con madera. Estaba pensando en lo que podría suceder si este fenómeno se volviese a repetir, lo que no es descartable. ¿Crees que podríamos seguir manteniendo el anonimato de cuanto ocurriese?

—No tengo la menor idea; te lo digo con sinceridad. Ignoro cuándo se producirá la próxima ocasión en la que haya que curar a alguien. Puede que se trate de una tarea diferente. En cualquier caso, deberemos atenernos a lo que la fundadora disponga. Creo que es mejor no darle más vueltas a este asunto y permitirnos la posibilidad de adecuarnos a las circunstancias que surjan.

—Es cierto. Ella nos guiará. Ahora nos sentimos abrumadas por la novedad de la ocasión y por la responsabilidad que entraña todo lo que ha sucedido. Habrá que abandonarse a su voluntad. Es ella quien maneja el timón de la nave, tal y como hizo hace casi dos siglos al fundar esta orden. Su ejemplo de vida será nuestro modelo de actuación. Allí donde ella se encuentra seguro que no tiene dudas acerca de cuál debe ser nuestra respuesta.

—Me parece la actitud más adecuada por tu parte. Lo secundo.

—Uf, hermana, estoy agotada —añadió resoplando la superiora—. Creo que ha sido uno de los días más largos e intensos en nuestras vidas. De pronto, he sentido como si me abandonasen las fuerzas. Me parece que necesitamos descansar las horas precisas. Recuperemos nuestro ánimo, que mañana dispondremos de nuevas exigencias.

—¡Cuánta razón en tus palabras, madre! Por cierto, estate atenta a tus sueños. Se ve que a Beatriz le gusta avisarte de lo que tiene planeado visitándote por las noches.

—Es verdad; lo había olvidado. Permaneceré atenta, descuida. Gracias por el consejo.

—Que descanses, Verónica. Le pediré a la Virgen Inmaculada que vele por ti, para que nos conduzcas a buen puerto en este período de tempestad.

A la mañana siguiente, aprovechando la reunión de todas las monjas a la hora del desayuno…

—Mis queridas hermanas —dijo la superiora mientras que se levantaba de su silla—. Ahora que estáis aquí reunidas, quisiera transmitiros un mensaje de la máxima importancia. Como ya habréis oído, todas nos hallamos en peligro. La plaga se ha apoderado de Sevilla y otras comarcas y está causando estragos. Es necesario, por tanto, que nos mantengamos unidas y firmes, orar mucho y tomar las debidas precauciones. Le he pedido a la Virgen de la Inmaculada y a nuestra fundadora la máxima protección para la comunidad. Quedamos pues bajo su amparo. Ahora, la hermana Concepción, como enfermera, os dará las instrucciones oportunas que deberéis seguir al pie de la letra. Pensad en una única cosa: basta con que solo una de nosotras se contagie para que la peste se extienda al resto. Por todo ello, resulta esencial cumplir con los consejos que nos dé nuestra enfermera. Por favor, hermana, cuando queráis…

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SOMBRAS DE DIOS (49) Mujeres en guardia

Mié Jul 23 , 2025
—Como bien ha dicho la madre, toda nuestra comarca está siendo azotada por una pavorosa plaga de peste. No será la primera ni la última vez que nos enfrentemos a ella. Tomaremos esta calamidad como una prueba de Dios Todopoderoso para ejercitar y mantener nuestra fe en Él. Pensad en […]

Puede que te guste