—Disculpad mi turbación, mi señor —dijo Concepción, con la voz hecha un hilo—, mas no estoy habituada a reproches de esta laya. Jamás oí nada semejante. Me produce tal sorpresa y rechazo, que mi reacción no puede ser otra que una pena profundísima ante lo que juzgo un fraude a mi trayectoria y a mi trato con la madre.
—Vayamos a lo concreto —cortó fray Bernardo, inclinándose hacia ella como quien acorrala—. En todas esas horas que permanecíais en la celda de vuestra superiora, ¿qué hacíais? ¿Os mirabais con deseo? ¿Os tocabais con lascivia? ¿Eran besos… o caricias más hondas? —preguntó con malicia abierta.
—Ninguna de esas vilezas tiene asomo de verdad —respondió Concepción, rehaciéndose—. Nos limitábamos a hablar de los asuntos comunes y del gobierno del convento. Nada más.
—¿Y para eso necesitabais tantas horas encerradas en una celda tan reducida? —replicó él—. Cuando menos resulta sospechoso, hermana.
—Sospechoso a los ojos de quien tiene perturbadas sus facultades o alberga un corazón rebosante de perversidad —dijo ella, clavándole la mirada—. Solo una mente así puede ver pecado donde solo hay palabras.
El dominico se tocó la barba, adoptando gesto de falsa duda.
—En suma, Concepción, y por pasar a la siguiente cuestión: negáis cualquier elemento de concupiscencia en vuestra relación con Verónica de Nebrija.
—Así es, ilustre señor.
Fray Bernardo hojeó unos papeles: eran las notas del secretario, cargadas de glosas y márgenes apretados. Tras un breve suspiro, prosiguió:
—Bien. Es hora de pasar al segundo asunto. He de comunicaros que se os acusa de realizar «prodigios» dentro de este convento, en compañía de la abadesa.
—¿«Prodigios»? —repitió Concepción, boquiabierta—. Perdonad, fray Bernardo, no os he entendido bien.
—¡Vaya! —ironizó él—. Una monja ilustrada, con conocimientos de medicina, y que desconoce el término. Me refiero a actuaciones que, por milagrosas o extrañas, se hallan bajo la inspiración del mismísimo diablo —añadió persignándose con prisa.
—¿Del diablo? Dios y la Santísima Virgen me libren siempre de su acechanza.
—En la documentación recogida se afirma que el pasado año, cuando la maldita plaga estaba en su apogeo, vos y la madre curasteis de la peste a vuestro confesor, el padre Damián, y a una novicia del convento. La carta sostiene que tales sanaciones eran imposibles salvo por sugestión del propio Satanás.
—¿Cómo decís? Eso es una aberración. Jamás el demonio ha tenido asiento en mi corazón ni yo le cedería lugar. Mis actos se han guiado por nuestro Señor Jesucristo y por el ejemplo de nuestra madre fundadora, Beatriz de Silva.
—Entonces, según os escucho, ¿admitís que esos prodigios tuvieron lugar?
—Es que no hubo tales prodigios —repuso con firmeza Concepción, al tiempo que regresaban a su memoria los días aciagos de la peste, aquella primavera de 1649.
—Por tanto —insistió el inquisidor—, ¿qué ocurrió para que se hablara de curaciones milagrosas?
—Veréis, señor —dijo ella con calma trabajada—: cuanto más os oigo, más entiendo que en esta casa hay quien mira los hechos con ojos entenebrecidos, impropios de una concepcionista.
—¿Qué queréis decir, hermana? Ateneos al punto —gruñó fray Bernardo, impaciente—. Ahora pareciera que os interesa más la identidad del acusador que la naturaleza de los hechos.
—Quiero decir que, para que haya curación, antes ha de existir enfermedad.
—¿Y bien? —escupió él con incredulidad.
—Recuerdo nítidos esos dos casos —prosiguió—. No ha transcurrido tanto. Fueron días de zozobra; la madre estableció vigilancia para prevenir contagios, y ese celo —que fue prudente— exacerbó la aprensión de alguna hermana. A mi juicio, se trató de dos falsas alarmas.
—De modo que insinuáis que ni el franciscano ni la novicia contrajeron la peste. ¿Es posible?
—En efecto, mi señor. Ambos se hallaban indispuestos, mas no aquejados de la plaga. Hubo otra causa. Si hubiera sido peste no habrían sobrevivido; eso lo sabe cualquiera que haya visto sus estragos. Además, de haber sido verdadera infección, todas habríamos corrido peligro y, gracias a Dios y a su Madre, no se dio ningún otro caso.
—¿Qué síntomas presentaron, entonces? ¿No eran propios de la plaga?
—Creo que no.
—¿“Creéis”? —alzó él la voz—. ¿No estáis segura, hermana? Me consta que ejercéis como enfermera y que vuestro padre fue médico en la villa durante años.
—Así es, fray Bernardo.
—¿Pretendéis confundirme? Guardad cuidado, que tal juego trae consecuencias indeseables —advirtió, acusándola con el dedo.
—No pretendo otra cosa que decir verdad —respondió Concepción, sin pestañear—. En aquella ocasión, la madre Verónica y yo examinamos al padre Damián y a la novicia. No observamos en ninguno los signos propios de la peste.
…continuará…

