SOMBRAS DE DIOS (88) La verdad en la caverna

—Bien, seamos sensatos —dijo el dominico, haciendo un leve ademán para que el verdugo se retirase a un rincón—. Fray Agustín, ¿estáis prevenido con la pluma?

El secretario inclinó la cabeza, pluma en ristre sobre el papel. Bernardo, henchido de una seguridad casi gozosa, añadió:

—Quiero saberlo todo.

—¿Todo? —articuló Concepción con voz fatigada—. Me temo que mi mente no está para largos discursos. Os ruego que seáis más concreto.

—Bien, os ayudaré. Ejemplo: cuando realizasteis las curaciones del confesor y de la novicia, ¿sentisteis el tacto del diablo en vuestras manos? ¿Cómo obró?

—Dios mío, fray Bernardo… ¿aún seguís con esa historia absurda?

—¿Absurda? Decid, ¿qué ocurrió?

—Quitad, os lo ruego, esa obsesión de la cabeza. No fue obra del demonio. Precisamente… fue lo contrario.

—¿Lo contrario? —el fraile alzó una ceja, entre suspicaz e ignorante—. ¿A qué os referís?

Hubo un silencio tenso. Hasta el propio Agustín parecía ansioso por dejar constancia en sus páginas de cuanto se revelase sobre los sucesos acaecidos en el convento durante la peor etapa de la peste.

—Las curaciones fueron de Dios —dijo al fin Concepción, juntando las manos—, y en concreto por mediación de quien la Santísima Virgen envió a uno de sus conventos más fieles.

Impaciente, el dominico la tomó del cabello y tiró hacia atrás, como para humillarla un grado más.

—¿Me tomáis por necio, estúpida enfermera? —bramó—. O me habláis ahora mismo la verdad, o llamo al verdugo, y no habrá piedad: confesaréis por la fuerza antes de asistir a vuestra propia ruina.

—No, por favor… basta. Soltadme el pelo. Revelaré la verdad.

—¿Solo la verdad?

—Solo la verdad.

—Sea. Tenéis esta oportunidad.

Concepción cerró los ojos un instante y habló con pausa, como si templara la respiración para que las palabras no se deshicieran en el dolor.

—Mirad bien: nuestra fundadora, la madre Beatriz de Silva, es protectora de Verónica de Nebrija, nuestra abadesa. Ella no toma resolución grave sin antes buscar su beneplácito. Inspira sus actos, guía sus pensamientos. Es bendición para ella… y para nosotras.

Bernardo entornó los ojos, repasando cada sílaba con desconfianza; mas la ruina física de la monja, su exhausto temblor, le ofrecían un aire de sinceridad difícil de fingir.

—¿Y qué más? —preguntó, soltando por fin los cabellos y poniéndose frente a ella, manos a la espalda.

—La fundadora le reveló hace tiempo a Verónica que ampararía el monasterio y no permitiría que la enfermedad penetrase ni tocara a ninguna hermana.

—Entonces, ¿cómo se explica que el padre Damián y la novicia mostrasen contagio?

—Porque lo mostraron: soy enfermera y presentaban los signos. Mas confiamos en la promesa.

—Eso significa… confirmadlo —apretó el fraile—: que, según vuestra versión, Verónica de Nebrija curó a ambos por intercesión de la madre Beatriz de Silva.

—Sí, eso es. Por fin lo habéis entendido.

—Y ahora, decid: ¿bajo qué procedimiento diabólico, diría yo, obró la abadesa tales «prodigios»?

—No hay prodigios —replicó Concepción con una serenidad inesperada—. La madre impone las manos sobre el enfermo y, con el amparo de la fundadora, el confesor y la novicia recobraron la salud. Solo fueron ellos dos; después no hubo más casos. Aquello nos reconfortó a todas.

—Hum… —murmuró Bernardo, dubitativo—. Me cuesta dar crédito. Es demasiado simple y, a la par… tan endemoniado. Admitir eso sería reconocer que vuestra superiora actúa bajo inspiración divina; cuando menos, de una santa.

—Así es, mi señor. La misma Madre de Cristo sostiene a la fundadora; la fundadora, a nuestra abadesa. No hay otra explicación. Es la verdad que pretendíais oír. Os lo juro por lo más sagrado, por la memoria de mi padre, al que tanto recuerdo en estos momentos.

El fiscal quedó pensativo; buscó con la mirada a fray Agustín. El secretario, sin alzar la vista, seguía escribiendo con gesto grave, como asintiendo a la sustancia del relato.

—Señor fiscal… —la voz de Concepción sonó ahora más tenue, como si se apagara por instantes.

—¿Eh? ¿Queréis añadir otra invención a vuestra historia?

—No… os suplico… unas cebollas cortadas.

—¿Cebollas? ¿En este estado? ¿Habéis enloquecido?

—Al aplicarlas sobre el pie, bajará la hinchazón; me aliviará el dolor… Si pudierais poneros en mi lugar un instante…

Bernardo chasqueó la lengua.

—Apelaré a vuestra buena voluntad de declarar. Bien podríais haber hablado antes y nos ahorrábamos este espectáculo. Y, aun así, todavía desconfío de vuestra versión.

Concepción no tuvo fuerzas para responder. Apenas inclinó la cabeza, empapada en sudor, en una señal pobre pero firme.

—Anotadlo, Agustín —concluyó el fiscal—: «La acusada sostiene que las curaciones se debieron a intercesión de la madre Beatriz de Silva y a la imposición de manos de la abadesa». Que conste.

La pluma rasgó el papel. En la cámara, solo se oyeron la gota que caía desde la bóveda y el jadeo desigual de la mujer.

…continuará…

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Mié Dic 10 , 2025
—Guardia, id a cocina y que corten unas cebollas; traédmelas enseguida —ordenó con nitidez fray Bernardo. —Sí, mi señor El dominico, sombrío, siguió rumiando sus pensamientos. En su terquedad no cabía dar por buena la versión que acababa de oír de labios de la monja. Se dejó caer en una […]

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