SOMBRAS DE DIOS (47) El poder de los salmos

—Así es, querida —respondió la superiora—. La próxima vez tendrás menos problemas para reconocer su presencia, así como su modo de proceder.

—Entonces, Verónica, eso quiere decir que habrá una segunda vez. ¿Tan convencida estás de que nuestra venerada madre Beatriz reaparecerá?

—Lo estoy. ¿Quieres saber el motivo?

—Por supuesto. Te escucho.

—Porque una sola vez no será suficiente. Vivimos una época turbulenta, de grandes desastres, como estamos comprobando en la actualidad. ¿Crees que la plaga no volverá a atacar? En mi adolescencia más temprana leí muchos libros de historia y de cómo las enfermedades asolaban a las naciones. Y yo te digo que esta maldita peste que lleva con nosotras más de tres siglos y que embiste por rachas no nos abandonará. ¿Por qué se iba a ir ahora sin que pagásemos un precio? No creo que la sociedad haya mejorado tanto como para alejar esa maldición de la raza humana. Para mí, esta epidemia es como una señal divina. El Señor permite que esta calamidad se abata sobre nosotras para que la humanidad espabile. Si fuéramos más cariñosos y menos egoístas, si de verdad tuviésemos en cuenta las enseñanzas del maestro de Nazaret y las cumpliéramos… pues igual estas enfermedades desaparecerían de la faz de la tierra. Yo, al menos, lo contemplo así.

—Me gusta tu planteamiento sobre esta auténtica desgracia. Es como una dura prueba enviada desde los cielos para que mejoremos como personas destinadas al amor y no al orgullo o la ingratitud. No puedo dejar de admirar tu elocuencia, madre. ¿Ves cómo estabas destinada a ejercer tareas de responsabilidad? Escucharte y mirarte es seguirte. Y esta comunidad de mujeres precisa de tu sabia guía, ahora más que nunca. Convéncete de ello.

—Gracias por tu colaboración y tu compañía. Yo también te necesito en estos tiempos de crisis, Concepción.

—Habrá más oportunidades para que la fundadora se manifieste a través de ti. Ella te eligió y ahora no va a dejarte. Es tu destino y por eso te lo advirtió en vuestro primer encuentro. Tú darás testimonio de ella y de su grandeza moral, para que sus servidoras de la Inmaculada sepan quién fue y su valía como espíritu inmortal.

—Sí, me costó tiempo entender su mensaje. Y mira que el otro día soñé con ella, tal y como le revelé al franciscano.

—Efectivamente, madre. Esa imagen que tuviste mostrando cómo trabajaba con sus manos fue toda una declaración de intenciones y un anticipo de cómo iba a obrar a través de ti. Resultó una inequívoca señal de cuál iba a ser su actuación y también de lo que tú debías hacer.

—Una vez que ha sucedido lo de esta mañana todo resulta más fácil de comprender. Es curioso, pero me acaba de venir una idea al pensamiento.

—Cuenta, que estamos en horas de revelaciones.

—Creo que hemos hecho bien en ocultar al resto de hermanas lo sucedido hoy. Al principio me sabía mal, porque tenía la impresión de que las dos estábamos escondiendo algo importante, pero es cierto: no conviene fiarse. No sabemos cuál habría sido la reacción de la gente de la villa ante un hecho «milagroso» de esas características ni tampoco la respuesta de las autoridades que siempre se alarman cuando los rumores corren de boca en boca. De atribuir el prodigio a Beatriz de Silva a achacarlo a las manos del diablo hay un paso muy corto. Ya sabemos de los efectos de esa acusación y de las consecuencias que tendría sobre nuestra comunidad.

—Todo aquel habitante de esta ciudad que se contagiase querría venir al convento para que tú le impusieras tus manos y así, poder curarse. Su testimonio, del que hablábamos antes, por ahora se quedará entre estos muros. Ella ya nos dará las instrucciones oportunas. Recuerda, Verónica, somos meros instrumentos de su dignidad.

—Totalmente de acuerdo —aseguró la superiora—. Las noticias no se habrían quedado aquí, sino que, con rapidez, se habrían extendido más allá, incluso llegando a Sevilla, donde la población ha de andar desesperada ante los estragos que estará provocando la peste.

—Hasta personas con otras afecciones en su salud aporrearían la puerta principal del monasterio y querrían verte a toda costa. Hubiera sido una locura. Hemos actuado con inteligencia y tengo la intuición de que hemos obrado tal y como le hubiese gustado a la madre Beatriz de Silva. Esta tarde, antes de bajar a cenar, estuve consultando un libro…

—¿Por qué, Concepción?

—Por esas palabras tan hermosas que salieron de tu boca hace unas horas y que me alertaron de que algo maravilloso estaba a punto de suceder. Se trata de uno de los salmos más bellos que se pueden leer en los textos sagrados. Resultó el más indicado para anticipar la curación del padre Damián.

—Te aseguro que mientras hablaba no pensé en nada de eso. Hasta yo misma me quedé sorprendida al escuchar cómo esas palabras tan arrebatadoras salían de mi garganta. Tengo claro que provenían de la fundadora, la cual se valió de mis labios para que tú las pudieras oír.

—Sin duda. La aparición de la madre fue rotunda. ¿Quién no quedaría extasiado al escuchar un mensaje tan sublime?

—En efecto. Para mí, que la sentí tan adentro, resultó una expresión que despejaba cualquier duda. Al vernos tan aterradas por las circunstancias, su intención fue tranquilizarnos al recitar ese salmo donde se habla del poder curativo de Dios… ¿Lo recuerdas, Concepción? Por favor, recita, tu memoria ha sido siempre excepcional.

—Claro que sí. Lo leí hace un rato: «Y no te sobrevendrá ningún mal, ni plaga alguna tocará tu casa. El Señor mandará a sus ángeles a ti, para que te cuiden en todos tus caminos».

—Dios mío, la piel se me ha puesto de gallina. Cuánta fe y cuánto poder contiene ese texto. Y al ser pronunciado a través de la presencia de Beatriz, todo adquiere un nuevo sentido, una percepción de purificación y de redención.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SOMBRAS DE DIOS (48) La misión de nuestra vida

Sáb Jul 19 , 2025
—Efectivamente —afirmó Concepción —. Además, ¿qué otra cosa hubiésemos podido hacer? Estábamos sometidas a una presión extrema. Nuestro propio confesor se retorcía de dolor en el suelo y medio inconsciente, se veía abocado al más trágico fin, con esos bubones pestilentes que solo anticipaban una muerte segura entre terribles dolores […]

Puede que te guste