EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (97) Despedida

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Tras explicarle Alonso a Sandra cómo se había despedido de su amigo psicólogo…

—Mi niña, antes que dejes de verme, tu papi ahora se tiene que marchar. Recuerda lo que te comenté antes. Mucha gente me necesita y tú no querrás que yo les haga esperar ¿verdad, cariño? Como aún es de día, debo volver al trabajo.

—Pero, papá, hoy es sábado. Yo no tengo escuela porque es fin de semana. ¿Tanta gente quiere hablar contigo?

—Sí, hija. Tu padre te está diciendo la verdad. Anda, dame un abrazo de esos que tanto te gustan. Que Dios te bendiga siempre.

—Recuerda tu promesa —le dijo Paula a David—. Aunque sea por las noches, ven a verme. Además, tengo que enseñarte mi bici nueva cuando mami me la compre.

—Por supuesto, mi pequeña. Así lo haré. Me siento tan orgulloso de la mujer que vas a ser… Un último favor, te lo ruego. Cuida siempre de tu madre. Ella te va a necesitar, sobre todo cuando crezcas.

—Sí, mami es especial y además, me va a comprar una bici nueva.

—Y a ti, Sandra, todo te lo doy, todo te lo ofrezco —afirmó el espíritu del psicólogo mientras que se incorporaba tras haber besado a su hija—. Sigue con tu vida, te quedan muchas cosas por hacer y yo seré un alma feliz si en el futuro te veo sonreír de nuevo. Me llevo tanto amor de ti, que aunque no me veas, yo así lo siento. Cuídate mucho y cuida a nuestra niña. Te llevo en el corazón y me llevo la alegría de todos estos años compartidos de felicidad, de nuestras vivencias, de nuestro mutuo afecto. Esa es la fuerza más poderosa del Universo y yo, ahora mismo, al contemplar tus lágrimas, reconozco esa fuerza en ti y en mí. Hasta luego, cariño, siempre te recordaré, aunque viviese entre las estrellas.

—Sandra —intervino un emocionado Alonso—, él te está diciendo que te ama hasta el infinito y te está dando un tierno beso. ¡Dios mío, lo estoy perdiendo! Se me borra su imagen. No sé lo que está pasando, pero su figura se está volviendo blanquecina… ¡Adiós, amigo! ¡Buen viaje, vayas donde vayas! Siempre te recordaré, David.

De repente, la voz acelerada de la cría interrumpió aquellos segundos expectantes de silencio.

—¡Mamá, mamá, papi se ha ido! Ya no está aquí. Supongo que se habrá marchado a su consulta a seguir trabajando.

—Es cierto, Paula. Él lo dijo así. Anda, ven con mamá y dame un abrazo. Que tu padre nos vea así, que se lleve ese recuerdo de su familia. Que su viaje le sea grato.

Unos minutos de silencio transcurrieron en aquella sala en la que habían sucedido fenómenos extraordinarios. Paula continuaba abrazada a su madre mientras que los dos adultos miraban al suelo, como meditando largamente sobre el significado de los hechos ocurridos.

—Bueno, Sandra —intervino con un largo suspiro Alonso—. Creo que todo ha terminado, o mejor dicho, acaba de empezar. Él me ha dejado sus enseñanzas, todo eso que aprendí en nuestras largas conversaciones. Me siento orgulloso de haberle conocido. Es increíble, pero con todo lo que ha experimentado esta tarde y en su antigua casa, no se ha derrumbado. Se ha mantenido firme, ha querido mostrar serenidad. Y lo ha hecho así por su afecto hacia vosotras, no hay otra explicación.

—Entonces, amigo, tú, que le conociste después de su accidente… ¿se ha ido en paz mi marido?

—Completamente. Puedes estar segura de eso. Además, al parecer, vino un amigo suyo a recogerle, alguien que ya le había ayudado antes y que debía ser una persona muy sabia. Eso es lo que él siempre me comentaba de ese profesor. Su sonrisa, antes de difuminarse su imagen, me resultará difícil de olvidar. Era una forma de agradeceros este reencuentro, que para él, siempre fue su prioridad.

—Dios mío, con lo mal que esta cita empezó entre nosotros y lo bien que ha terminado. Yo también me siento orgullosa de David, de todo ese tiempo que compartí junto a él y nuestra hija. Mi Paula es su herencia, nuestra herencia, una causa más que suficiente por la que debo mantenerme en pie, aunque ahora me apetezca tumbarme en el sofá, taparme y quizá no despertar… hasta encontrarme con él de nuevo.

—No, Sandra. Tú permanecerás despierta y te encargarás de mantener a salvo su legado, vuestro maravilloso legado, que no es otro que esta criatura que tienes entre tus brazos. ¿Verdad, Paula?

—No sé lo que quieres decir, señor.

—Tranquila, algún día lo entenderás —expresó el maestro mientras que le acariciaba los cabellos a Paula—. En fin, me siento contento por todo lo vivido hoy en esta casa. Mis dudas se han transformado en certezas y por dentro, noto una satisfacción que rezuma por los poros de mi piel. Yo me comprometí con tu marido y he cumplido mi palabra. Que Dios le ampare. Nunca en mi vida, una obligación de este tipo fue tan fácil de resolver, aunque, al principio, no fue sencillo. Hubiera hecho por David cualquier cosa que me hubiese pedido. Ahora, debo marcharme. No obstante, amiga, te dejo mi tarjeta. No vivimos lejos. Dentro de un tiempo, si te parece bien, te llamaré para ver cómo os va a ti y a la pequeña. Me recuerda tanto a mi hija… ¡Quién sabe si ellas se harían buenas amigas! ¿Me has escuchado, Paula? ¿Qué? ¿Te gustaría conocer a una niña de tu misma edad y así poder jugar con ella?

—Claro que sí, señor. Pero, ¿cómo se llama?

—Pues mi hija se llama Marina, al igual que su madre, que es mi mujer.

—Sí, sí, mamá, yo quiero una amiga que no esté en mi colegio.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (97) Despedida»

  1. Serena aceptacion,consuelo en la verdad ! Queda el alma conforme ,con aceptacion serena , aunque nunca se comparta la despedida! Pero que bellaforma de mostrar la verdad del espiritu, siempre eterno!!

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