EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (23) Saludos de un muerto

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—Claro que sí, por supuesto, amigo, llama a la Policía o si quieres, a la Guardia Civil o incluso a los bomberos… ¿por qué no? Ya verás qué sorpresa se llevan cuando comprueben lo que está sucediendo. Venga, en serio ¿es que no has visto con tus propios ojos la reacción de tu mujer? Cuando se acerquen a tu casa, el espectáculo que puedes provocar será grotesco. Tranquilo, hombre, respira en vez de estar tan agitado y coge ánimo. Oye una cosa, ¿te gustaría pasar esta noche en una unidad psiquiátrica de agudos en algún hospital cercano? Y espera que no te pongan la camisa de fuerza si sigues forzando los acontecimientos… o tal vez te aíslen en una habitación acolchada, de esas que se usan para que los pacientes no se autolesionen. En otras palabras, mírame y presta atención. Yo te diría que te conviene calmarte.

—Sí, ¿Policía? —exclamó Alonso en tono nervioso.

—Aquí la Policía, ¿en qué puedo ayudarle, señor? —se oyó al otro lado del auricular.

Tras unos breves segundos de silencio…

—¿Oiga? ¿Hay alguien ahí? ¿Puede responder? —se escuchó de nuevo una voz anónima.

Ante la mirada plena de confianza del psicólogo y observando el gesto de cómo este abría sus brazos en actitud relajada, Alonso se mostró dubitativo hasta que se atrevió a responder:

—Perdone, agente, ha sido una equivocación. Disculpe las molestias. Adiós.

Tras pulsar el botón rojo de cancelación de llamada en su teléfono móvil…

—¿Ves? Si hay voluntad, las cosas se pueden volver más fáciles. No tienes mucha paciencia, ¿verdad? Te desesperas pronto, amigo, como a mí a veces me pasa. No es un buen indicador de salud mental.

Por fin, tras convencerse de que debía seguirle el juego al extraño, en vez de alertar a las autoridades, el maestro pareció dar un gran suspiro y se dispuso a intervenir ante el fenómeno más peculiar de su existencia y del cual, estaba siendo testigo.

—Paciencia, la verdad es que no tengo mucha, pero no hasta el extremo de perder la razón. Es que verás, ¿cómo se supone que debería reaccionar ante la visita inesperada de alguien que se cuela en mi casa sin pedir permiso? Quiero ser sensato y lo normal, en estos casos, es ser víctima del pánico o responder con agresividad.

—Buena respuesta, sí señor. A mí me habría ocurrido lo mismo, lo admito. No obstante, te has obcecado con la idea de que yo soy una persona peligrosa, alguien que te va a hacer daño. De ser así, ya lo habrías sufrido ¿no? Insisto, no voy a causarte ningún mal. Si eso te tranquiliza, yo me alegraré.

—Ah, ¿no? ¿Puedes entonces explicarme qué está pasando aquí? ¿Es que mi vida, a partir de ahora, va a estar dominada por estos fenómenos que se conocen como alucinaciones? ¿No sabes que tengo pánico al hecho de volverme loco, de romper por completo con la realidad?

—Ya te digo yo que no, que no vas a desconectarte de esa realidad que para ti resulta tan difícil. Pero, primero, deja que me presente. En cuanto te dé algo de información, sé que le vas a encontrar un sentido a esta impactante experiencia. Y eso, te serenará, que es justo lo que en estos momentos más necesitas. Mira, Alonso, me llamo David.

—¿Ves? Otra cosa inexplicable. ¿Cómo puedes saber mi nombre si yo no te conozco de nada?

—Caramba, dame un minuto para aclarar todo esto. ¡No seas tan agobiante! Como te decía, soy David Sánchez, de profesión psicólogo. A pesar de la cara que pones, no te estoy engañando ni esto es una pesada broma con cámara oculta. Si lo deseas, toma tu teléfono y busca mi perfil. Comprobarás la clínica donde trabajo al norte de la ciudad y cómo estoy adscrito al Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. No creo que en tan poco tiempo me hayan dado de baja, que para eso tengo pagada la cuota hasta fin de año.

—Has dicho que eras psicólogo, pero es que a mí ya me está tratando el doctor Cabral, que es psiquiatra. Lo buscó mi mujer.

—Sí, ya oí la conversación de antes, la que tuviste con Marina al respecto de tu tratamiento farmacológico.

—Dios mío, no solo sabes mi nombre sino también el de mi esposa. Esto es alarmante.

—Pues claro que sí, Alonso Álvarez. Y sé más cosas: diagnosticado de un trastorno depresivo y de un cuadro de ansiedad generalizada.

—Por favor, no puedo seguir hablando contigo, David o como seas, sin que antes me expliques de dónde has sacado tanta información. ¿Qué está ocurriendo? ¿Es que los médicos suben ahora a la red los datos de sus pacientes? Eso es completamente ilegal y amoral. No me digas que con lo grande que es Madrid, ya conoces a ese psiquiatra. Sería demasiada casualidad. Además, ahora que te miro, todavía no entiendo cómo has podido entrar en mi casa, sentarte ahí y hablar conmigo, cuando has pasado desapercibido para Marina. O sea, que solo yo puedo percibirte. ¿No es eso?

—Uy, ¡qué curioso te has vuelto de repente! Venga, empecemos cuanto antes para no andar con más prolegómenos absurdos. Tú me ves y me oyes, ¿no?

—Claro, si no, ¿cómo podría estar hablando contigo?

—Pues estoy muerto, Alonso. Que lo sepas. Esa es la realidad. Cuanto antes te hagas a esa idea, mejor. Uf, ¡ya lo he soltado y qué tranquilo me he quedado!

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (23) Saludos de un muerto»

  1. Interesantisimo como se va desarrollando esta historia!! cuan privilegio poder contar con esa ayuda espiritual!!

  2. Como a espiritualidade age de maneira digna.Que maravilha! Você é muito especial amigo. Jesus O abençoa com muito amor. Beijos de luz.

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Dom Nov 28 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—¡Oh, no, lo mío no tiene remedio! —exclamó Alonso mientras que se llevaba sus manos a la cabeza en señal de desesperación—. El problema no es tuyo, el problema lo tengo yo. Ahora empiezo a ver fantasmas, como en las películas de miedo. Lo que me faltaba. Y ¿cómo […]