EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (93) Secretos al descubierto

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—Buena respuesta, ahora lo estás entendiendo mejor. Mira, yo, al principio, me negaba a asumir todo esto. Me lamentaba porque pensaba que había perdido el juicio, que eso podía ser un síntoma de que me estaba volviendo loco. Incluso creí que tenía señales psicóticas en mi cabeza como alucinaciones auditivas o visuales. Al venir aquí con tu marido, yo le decía por el camino que corría el riesgo de parecer un estafador. Esto es algo muy serio sobre lo que no conviene bromear. Yo soy el primero en reconocer que hay gente por ahí que trata de aprovecharse de las desgracias ajenas para sacar dinero con estupideces o intentando inventarse argumentos que consuelen al otro. Ya conoces que hay personas que han perdido a algún ser querido y que anhelan escuchar aunque solo sean unas palabras de afecto. Es muy duro. De todas formas, hemos venido aquí con la mejor intención del mundo. Te lo juro. Espero que estas pequeñas explicaciones te estén aliviando. Dime, ¿te hallas ya un poco más relajada?

—Sí, sí. También puede ser porque me esté haciendo efecto la pastilla.

—Puede ser, claro. Estás muy delgada, Sandra. Si sueles comer poco, los medicamentos ejercen mayor influencia porque los absorbes antes con el estómago vacío. Te lo dice alguien que se ha pasado un montón de años tomando ansiolíticos.

—Hoy he comido poco, la verdad. Estaba nerviosa por tu visita, por leer esa carta inexistente. De todas formas, desde que mi marido se fue, ha sido una constante en mi día a día. He perdido varios kilos que espero recuperar en alguna fecha. Es como si tuviera un nudo en la garganta que me impide disfrutar de los alimentos.

—Sí, te entiendo. Ha sido todo tan duro, tan inesperado. ¡Dios mío, si supierais lo que él os quiere! Es lo único que David deseaba con toda su alma antes de irse a no sé dónde, supongo que a otro lugar dentro de ese universo inmaterial en el que ahora se encuentra tras su accidente.

—Nunca pensé que iba a pasar por esta terrible experiencia. Pensándolo bien, quizá sea hasta una afortunada, porque nunca he conocido a alguien cuyo marido o esposa haya regresado a su propia casa para visitar a su cónyuge y a su hija —acertó a expresar la mujer mientras que dos lágrimas silenciosas se deslizaban por sus mejillas.

De repente, Sandra no pudo aguantar más. Primero empezó con un llanto sordo y en menos de un minuto, aquello derivó hacia un lloro profundo. Parecía que el pecho se le iba a romper.

—¡Lo siento, lo siento! —exclamó ella—. ¡Vaya espectáculo que estoy dando delante de un desconocido! Me siento avergonzada, Alonso, créeme. He tratado de mantener el control, pero me da igual, son tantas emociones, son tantos recuerdos los que se están agolpando en mi mente que no sé ni lo que hacer…

—Tranquila, mujer. Esto era previsible y además, sano. Hay que desahogarse de vez en cuando de todo eso que llevamos dentro y que no podemos mostrar en cualquier escenario. No luches contra tus sentimientos. Si esto me hubiese ocurrido a mí, me habría desmayado desde el principio. Estoy pensando ahora cuando vi a David por primera vez en el salón de mi domicilio, sentado en mi sofá, él tan tranquilo, sabiendo que había hallado en mí a la persona más adecuada para sus propósitos que no eran otros que los de acudir a tu hogar para veros.

—De verdad, Alonso. Yo he sido siempre tan incrédula… que esto me recuerda a un soplo de brisa fresca que te llega a la cara y te dice abiertamente que la muerte no existe o que cuando menos, es tan solo un paso necesario para que sigamos viviendo, aunque sea de otro modo.

—Pues creo que es tal y como tú lo has descrito, amiga. Una bella metáfora.

—Vale. Voy a tratar de ponerme de pie, porque noto que cada vez me estoy refugiando más y más entre las paredes de este mullido sillón. Es como si mi cuerpo se estuviese haciendo a la situación de incertidumbre que estoy atravesando y respondiese a esa inseguridad con una postura más y más encogida. No sé si me saldrán las palabras, pero necesito pedirte un favor. ¿Puedo?

—Faltaría más, pídeme lo que quieras.

—De acuerdo, gracias. Por favor, ¿puedes llamarle para que venga aquí? He de decirle algunas cosas, aunque se me quiebre el corazón.

—Cómo no —respondió el maestro con una amplia sonrisa en su rostro—. Ahora mismo le «agarro» de la chaqueta y lo traigo hasta aquí como sea. Creo que tu hija es una aprovechada y se está apropiando de su presencia. Me parece que esta tarde, no quiere compartir a su padre ni siquiera con su mamá. Bueno, tampoco es tan extraño. Mi niña hace lo mismo conmigo. ¿De qué nos sorprendemos? Mi Marina y Paula deben llevarse poco tiempo de diferencia.

—Sí, me lo comentaste ayer. Me alegro mucho de ello. Por favor, estoy impaciente y solo te tengo a ti para hablar con David.

—Ya voy.

En unos segundos, el espíritu de David y su antiguo paciente retornaron al salón de aquel piso situado en el centro de Madrid.

Alonso, me voy a sentar a su lado. Díselo para que ella lo sepa. Que me pregunte lo que quiera y yo trataré de responderle a través de ti. Para eso he venido.

—Sandra, no sé si experimentarás alguna sensación extraña o no, pero tu marido está situado justo a tu derecha, junto a ti, apoyado en el brazo del sillón. Ahora mismo te está acariciando los cabellos, el cuello, tus mejillas… Te mira de una forma que hasta a mí mismo se me desgarra el corazón. Dios mío, gracias por permitirme contemplar esta escena. Jamás había percibido en mi vida tanto amor —expuso con la voz entrecortada Alonso.

…continuará…

2 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (93) Secretos al descubierto»

  1. Wow!!!Que belladescripcion del Amor hace Alonso,De David por su esposa viuda actual.Que escena tan conmovedora, bella,tierna y transmite tanto Amor de David, El Amor de Paula, El Afecto deDavid!!Hay Mucho Sentimientoy Suspensoen elCapitulo!!!!!!!Muy bueno demasiado bueno el capitulo!!!

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