EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (88) En el umbral

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—Vale. Vamos a estudiar esa posibilidad. En el improbable caso de que eso sucediera, pues le dices que tu intención era exclusivamente ayudarla, te despides con amabilidad y le dejas tu teléfono por si cambia de opinión. De todos modos, tranquilízate, Alonso. Pensándolo bien, se me hace difícil, por muy cabezota que se ponga Sandra, que ella vaya a rechazar contactar con el hombre que más quiso en su vida y padre de su única hija. Siempre es recomendable ponerse en lo peor, para estar preparado y dar una respuesta. No me resultaría deseable ser testigo de esa coyuntura, pero en ningún caso constituiría una catástrofe. Recuerda que el lenguaje interior es fundamental en estos casos para no caer en un excesivo pesimismo.

—Pues sí, tus palabras y la fuerza de tu mensaje me han relajado. Si por lo que sea, tengo que salir de tu casa sin haber completado mi propósito, no será porque no lo haya intentado. Pondré mi mejor disposición, aunque evidentemente, existen factores que ya no dependen de mi voluntad. Si puedes leer mi mente, psicólogo, verás que mi motivación es alta y que no pienso desfallecer. Me has ayudado mucho y he de ser consecuente conmigo mismo, con ese agradecimiento que siento hacia tu persona. Te lo aseguro.

—Muy bien, Alonso. Ya queda poco para llegar. Me alegro de que tu respuesta haya sido coherente con todo lo que hemos trabajado en nuestra última etapa terapéutica. Eres un buen alumno, paciente y amigo. Sabes que te aprecio.

—Bueno, no nos pongamos tan sentimentales, hombre. Deja eso para tu casa. Lo cierto es que me has cambiado la vida y eso, jamás lo olvidaré.

—Perfecto. Estamos en sintonía, que es lo importante para mantener esta comunicación dentro de unos minutos. Para, es aquí. Sube un poco los escalones y pulsa el botón del piso 4ºB. Pequeña pista: hazlo tres veces con intervalos de dos segundos entre las pulsaciones.

—Anda, ¿y eso?

—Es muy fácil. Cuando yo llegaba a casa, tenía esa constante. Fuese la hora que fuese, era una señal que Sandra recibía al momento para identificarme. Así, ella sabía de inmediato que era yo el que estaba llamando y no otra persona.

—Pero… ¿qué pasa? ¿Acaso no tenías llave de la puerta?

—Pues claro que sí; pero era la mejor forma de mostrarle a mi mujer que quien llegaba al hogar era su marido. Teníamos ese acuerdo. Mira, al oír esa forma de llamar, ella reaccionará con una respuesta emocional, porque es imposible que se le haya olvidado ese truco que utilizábamos entre nosotros para identificarnos. De algún modo, ella va a notar que soy yo el que ha vuelto a casa. Son aspectos inconscientes, que a veces pueden pasar desapercibidos, pero que tienen un gran poder para preparar nuestro encuentro.

—Caramba, estás en todo, psicólogo. ¡Cuántas cosas sabes! Estás hecho un experto en el proceso comunicativo. Ahora, seré yo el que te hará una recomendación, si me lo permites, claro.

—Adelante, amigo. Seguro que se trata de un buen consejo.

—Creo que sí. Relájate, que te estoy observando. Tú eres el más implicado en esto, sobre todo porque estás «muerto». Vas a pisar un terreno que te resulta familiar y por tanto, te provocará una serie de recuerdos y emociones intensas. En cualquier caso, cuanto más tranquilo estés tú, mejor resultará para mí y para tu esposa.

—Me ha encantado tu recado. Tienes muchísimas razón. Lo haremos bien, ya verás. Te lo querrás creer o no, pero ahora me está surgiendo una duda. Verás, la última vez que traté de penetrar en mi casa, me lo impidieron. ¿Quién? No lo sé. Había como una barrera invisible, algo así como una energía contra la que chocaba y que me impedía atravesar incluso el portal de abajo. Lo cierto es que no pude y acumulé una gran frustración. Ponte en mi lugar. Resultó una experiencia horrible.

—Trata de darle un poco de lógica al asunto. Supongo que no era el momento y punto. Ahora, te hallas en otras circunstancias bien diferentes.

—Ya. El profesor me comentó que, esta vez, no iba a haber problema alguno. De todas formas, estoy expectante. Si logro atravesar esa barrera, mi confianza subirá como la espuma. Bueno, me dejaré de temores, que parezco un niño pequeño asustado. No quiero más demoras. Pulsa como te he dicho y que sea lo que Dios quiera.

A continuación, Alonso siguió escrupulosamente la indicación del psicólogo y en unos segundos, al otro lado del micrófono, se escuchó una voz de mujer…

—Sí, ¿quién es?

—Buenas tardes, Sandra —acertó a saludar con un poco de nerviosismo el maestro—. Soy Alonso Álvarez. Como te dije ayer y cumpliendo con mi compromiso, aquí estoy.

—Sí, claro. Te abro. Sube. Sabes el piso, supongo… ¡Uy, si seré tonta! Si has llamado primero… Lo siento, es que me noto un poco ansiosa.

—Tranquila. A mí me ocurre lo mismo. Creo que es normal. Vamos a relajarnos y a hablar con tranquilidad.

—Pues sí. Será lo mejor. Gracias.

Una vez arriba, junto a la puerta del antiguo hogar del psicólogo…

—¡Dios mío, no me lo puedo creer! —exclamó David con tono de alegría al cerciorarse de que había llegado sin impedimentos hasta el mismo umbral de su casa—. Por favor, ahora llama a la puerta tal y como lo hiciste abajo. Para ella, supondrá una señal de recuerdo y de absoluta confianza.

—De acuerdo.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (88) En el umbral»

  1. Amei o capítulo. Orientações perfeitas. Que alegria David desfruta desses momentos, e Alonso confiante. Tudo estudado para dar certo. E eu ansiosa pelo próximo capítulo.

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Jue Jul 28 , 2022
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Ah, entonces, tú eres Alonso, el amigo de mi marido —expresó Sandra con una larga sonrisa en su rostro mientras que le ofrecía su mano en un gesto de confianza—. Anda, pasa, no te quedes ahí. —Sí, muchas gracias. —Oye, antes que nada y perdona por la pregunta, pero… […]