EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (12) Incertidumbre

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—Aleja esa desconfianza de ti. Eres un buen psicólogo y por el hecho de estar «muerto» no se te iba a olvidar todo ese caudal de conocimientos que ya poseías y que practicabas con tus pacientes.

—Bien, Viktor. Me estoy cargando de optimismo para esta tarea. Gracias por tu mensaje de ánimo.

—Sí, de eso se trata. Mira, el paseo ha sido breve. Ya hemos llegado. Ahí está su casa y la entrada. Es el piso bajo a la derecha. Ahí viven Alonso, su mujer Marina y su hija, también llamada como su madre. La niña tiene una edad similar a la tuya, a Paula.

—Dios mío, para mí va a ser un golpe tremendo contemplar a esa pequeña. Me recordará mucho a mi hija y eso me afectará.

—Anda, no te quejes tanto, David. No existen retos sin dificultades. Tómatelo con actitud constructiva, la de alguien que va a superar una prueba para llegar adonde quiere. En tu caso, ya lo sabes. Si cumples tu misión, yo cumpliré contigo. En otras palabras, serás capaz de comunicarte con Sandra y con Paula. Tienes mi compromiso.

—Correcto. Para mí, tu promesa es una bendición. Antes de despedirnos, deseaba saber si me ibas a dar alguna indicación más. No es por nada, pero aquí contamos con una diferencia esencial. Cuando vivía, eran los pacientes los que acudían voluntariamente a mi consulta haciendo uso de su libertad. En esta coyuntura no es así. Parece algo invasivo, forzado, que yo me cuele en el hogar de una persona, en su espacio más íntimo, y que le «obligue» a curarse. Además, no es por insistir en las dificultades, pero no tengo ninguna garantía de que él se vaya a someter a la terapia. Mira, yo me he cruzado con todo tipo de personas, incluso algunos que venían a mí porque sus familias les habían empujado a ello. Sin embargo, esta será la primera vez que seré yo el que tendrá que dirigirse al cliente, es decir, el que inicie el proceso terapéutico. Creo que eres consciente de ello.

—Cierto. En cualquier caso, ya te he dado consejos al respecto. No eres un crío al que hay que explicarle técnicas de motivación. Tendrás que improvisar sobre la marcha y yo creo en tu buen hacer profesional. Deja margen para la intuición, no te encasilles ni te limites, amigo. Te veo capaz de todo, incluso de ser muy creativo en todo el proceso, porque la recompensa, para ti, resultará enorme.

—Bien. Tengo una última pregunta, profesor.

—Venga, suéltala ya, que he de ponerme con otros asuntos. No eres el único que requiere mi atención.

—Imagina que todo esto no va bien, que las cosas se complican, que ese tal Alonso no colabora… en resumen, que la terapia es un fracaso. ¿Podré aun así ponerme en contacto con los míos?

—Habrá que evaluar tu desempeño. Es una opción que no puede descartarse. Siendo sincero, ahora mismo ni me lo planteo, porque estoy convencido de que vas a desarrollar una buena labor. Si fuera como tú dices, habría que valorarlo. No me dedico a adivinar el futuro y además, habría que examinar todo un conjunto de variables, de las cuales, ahora no poseemos información. Tú, tranquilo y a lo tuyo. Colega, me voy. Como dicen los de tu antigua dimensión: ¡buena suerte!

—Pero, oye, ¿no resulta esto muy precipitado? ¿No estamos yendo muy deprisa? Me gustaría compartir contigo algún detalle que me está viniendo al pensamiento… Escucha, por favor…

Sin tiempo para más, la figura del profesor se fue difuminando hasta que, en segundos, desapareció por completo. Nuevamente, David se observó solo, como en aquella ocasión en la que pretendía entrar en su casa. Ahora, las circunstancias habían cambiado. Tenía claro el objetivo de su tarea y apenas le restaba armarse de valor y comenzar cuanto antes. Esa sería la mejor garantía para acceder a comunicarse con los suyos. Parado, a unos metros del piso de su paciente, empezó a darle vueltas a la cabeza.

—«Veamos, hay que ponerse serio. La verdad es que no puedo engañarme. No me apetece en absoluto entrar ahí y ponerme a charlar con ese tío. No pretendo ser pesimista, pero cuando me vea, ¿cuál va a ser su reacción? Pues está claro, ¡salir corriendo! ¡Lo que haría cualquiera con un mínimo sentido común! Huirá y pensará que se ha vuelto completamente loco. En fin, lo que le faltaba al pobre. Al parecer, debe tener problemas de ansiedad y depresión y si encima, puede contemplar la forma de un espíritu… creerá que ha llegado la hora de que le pongan una camisa de fuerza y de que le ingresen en una unidad psiquiátrica. Caramba, que no quiero ser derrotista, aún no conozco a este tipo y ya me están llegando malas vibraciones de él.»

El psicólogo cerró sus ojos por un instante y de modo instintivo, dio varios puñetazos al aire, desahogándose, como intentando canalizar la agresividad que le dominaba ante la incertidumbre de la ocasión. Bloqueado, trató de centrarse para reconducir la coyuntura…

—«Hum, debo ser prudente, cavilar un poco, o ese profesor vendrá cuando menos lo espere para echarme la bronca. Ya me estoy imaginando su típico discurso, de esos que te hacen sentirte fatal. Un momento, ahora que lo pienso, ya sé dónde está el truco. Debo evitar a toda costa pensar en Viktor, visualizar su figura o regresará de inmediato para amonestarme. Vaya, no he debido pronunciar su nombre… ¡si seré imbécil! No quiero que identifique mis ondas mentales. ¡Técnicas de distracción, técnicas de distracción, rápido, David!»

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (12) Incertidumbre»

  1. Me gusta la reflexion que hace David y su sentido del humor en medio de toda esta incertidumbre, pero que bueno tener la oportunidad de ayudar a otros e ir ascendiendo a la oportunidad de ver a sus parientes.me encantaran los proximos capitulos! saber de la historia clinica del paciente,y la paciencia que tendra que desarrollar David para poder ayudarle! Interesante!

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