EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (47) Una dosis de racionalidad

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Durante unos segundos, Alonso permaneció pensativo, dándole vueltas en su cabeza a ese planteamiento que acababa de escuchar…

—Venga, volvamos a la frase de Epicteto —intervino David ante el silencio generado—. El punto clave no estaría en lo que alguien piense de ti, sino en el poder que tú le des a esa opinión, de modo que si tú no le das valor, ese comentario, automáticamente, dejará de influirte y por supuesto, de agobiarte.

—Vale, digamos que acepto tu planteamiento. Dime cómo hacerlo.

—Ya te he dado pistas. Ahora, repite conmigo dentro de ti: «¿por qué lo que esos padres digan debería afectarme? ¿Disponen ellos de poder sobre mí o soy yo el que se lo está otorgando? Me preocupa su criterio porque, en el fondo, yo debería llevar una vida perfecta y sin embargo, ¿quién hay en el mundo que pueda llevar una existencia perfecta? Es más, ¿por qué yo debería llevar una vida perfecta? ¿Quién establece eso? ¿Cuáles son los criterios para determinarlo? ¿Y si llevar una vida perfecta no me interesa? ¿Dónde está escrito eso? Someterme a su opinión ¿me haría más feliz? ¿Debe una persona ajustarse a su propio criterio o someterse por completo a los juicios de los demás? ¿Preocuparme mucho por las opiniones de los demás me hará llevar una existencia en plenitud?»… ¿Qué tal, Alonso? ¿Lo estás haciendo?

—Sí, sí, me he estado repitiendo esas frases en mi cabeza. Si te soy sincero, es muy razonable el principio que enunció ese tal Epicteto. Parece muy interesante de cara a seguir un estilo de vida que no deba estar pendiente del juicio ajeno. Vaya, vaya, estoy empezando a cabrearme ¿sabes? Cuanto más recuerdo la conversación de esta mañana con mi hija, más me doy cuenta de que he sido un completo imbécil, alguien arrastrado en una barquita por la corriente del mar, que se deja zarandear por el viento o la lluvia en vez de coger yo mismo los remos y salir del temporal.

—Bien, no sabes lo que me alegro de que seas consciente de ese aspecto —expresó David mientras que hacía el gesto de aplaudir con sus manos—. Acabas de dar un primer paso crucial en tu terapia. Y ese paso consiste en rebelarte ante el hecho de tener que soportar aspectos que son totalmente irracionales. Esto va bien y me interesa mucho que te indignes, que te enrabietes, para que te des cuenta de que tu vida nunca puede estar en función de lo que otros piensen de ti. Has de tenerlo claro en tu cabeza. Además, hay algo importante en todo esto.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué es?

—Veamos. ¿Tú ejerces algún tipo de control sobre eso? Quiero decir: ¿depende de ti que alguien realice o no un comentario sobre tu persona?

—Pues claro que no, ¿cómo podría yo controlar eso?

—Bien por tu respuesta. Y digo yo, ¿no te parece una estupidez preocuparse por cosas que no están en tu mano? Hablemos de meteorología, por ejemplo.

—¿Cómo dices? ¿Me tomas el pelo, psicólogo?

—Claro que no, pero me gustaría preguntarte. ¿Tú puedes hacer algo para que mañana llueva, nieve o haga un día de pleno sol?

—Que yo sepa, no tengo esos poderes. Sería absurdo, ja, ja…

—Entonces, estarás conmigo en que resultaría ridículo por tu parte el hecho de inquietarte por el tiempo que vaya a hacer mañana en Madrid.

—Sí, es obvio. ¿Para qué iba yo a perder el tiempo con semejante tontería?

—Genial, un razonamiento diáfano. Vayamos a lo práctico. Hemos dicho hace un momento que ni tú ni nadie pueden ejercer un control sobre los pensamientos u opiniones ajenas. ¿Es cierto?

—Sí, es imposible.

—Pues muy bien. Tú mismo te has respondido. ¿De acuerdo? A partir de ahora, Alonso, ordena tu cabeza y aplícate el cuento. Deja ya de darle vueltas a algo que está completamente fuera de tu control. Lo mismo que no puedes hacer nada por cambiar el tiempo, tampoco lo vas a hacer por una cuestión como es lo que fulano o mengano digan de ti.

—No, si eso lo entiendo. El tema es que no resulta tan fácil de aplicarlo. Además, si mañana llueve, me pongo un chubasquero o me llevo un paraguas y si hace frío, pues cojo un abrigo y problema resuelto. Sin embargo ¿cómo luchar contra los comentarios difamatorios?

—Todo está en tu cabeza, amigo. La razón te dice que, incluso en estos momentos, puede haber alguien en la ciudad que esté hablando mal de ti.

—Ah, pero si no lo sé, ya sabes, «ojos que no ven, corazón que no siente».

—Has de realizar un ejercicio consciente de autoafirmación. Lo que quiero decir es que, cuando llegue a tu mente una perturbación por lo que los demás hayan dicho de ti, tendrás que realizar una práctica que te deje claro que tú eres el dueño, el propietario de tus pensamientos y que, por lo tanto, si no le atribuyes valor a una opinión, esta dejará de afectarte.

—Perdona, me he perdido un poco.

—Tranquilo, nada mejor que la práctica, como hicimos antes. Por unos segundos, viaja y revive en tu cabeza ese diálogo entre padres a la puerta del colegio. Cierra los ojos y avísame cuando estés en mitad de la escena… ¿Lo tienes?

—Sí.

…continuará…

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EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (48) Un estoico en tu vida

Sáb Feb 19 , 2022
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Vale. En cuanto termines de reproducir en tu pensamiento esa conversación entre padres, quiero que me razones de un modo contundente un diálogo contigo mismo para restarle valor a ese episodio. Venga, tírate al agua y comienza a nadar. Te escucho… —Pues… me diría a mí mismo… «esto no […]