EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (35) Parque del Retiro

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—Vale. Como sabio que eres, no creo que quisieras engañarme con ese futuro tan esplendoroso que, según tu versión, se avecina para mí. De solo pensarlo, ya me produce vértigo. Venga, centrémonos en lo más reciente. ¿Crees de veras que Alonso ha apostado decididamente por mostrarse receptivo a mi influencia?

—Por supuesto que sí —afirmó Viktor mientras que abría sus brazos—. Lo acabas de comprobar esta noche con tus propios ojos. Aquí no venimos a perder el tiempo, sino a aprovecharlo en tareas útiles. Por mi especialización, yo he «manejado» a muchos tipos de pacientes similares a los tuyos. Era otra época, pero el objetivo seguía siendo el mismo: curar, que es lo mismo que compartir tu amor y entregárselo a otro; porque cuando escuchas, cuando desarrollas la empatía y proporcionas buenos consejos, estás protagonizando una obra de afecto y practicas esa caridad que siempre debemos mostrar hacia el otro. Mi querido colega, somos médicos del alma, somos depositarios de unos conocimientos que debemos invertir en mejorar las condiciones vitales del prójimo. Ahí entramos nosotros con nuestro trabajo, canalizadores de esa energía inmortal e inacabable que es el amor.

El psicólogo permanecía callado, muy concentrado en su labor de absorber el mensaje de Viktor.

—¿Qué? Cualquiera diría, por la expresión de tu rostro, que se te ve más animado. Me alegro por ti, por ese paso a paso que estás completando. Piensa en las consecuencias de lo que supondrá tu actividad, tanto para ti como para Alonso. Y ahora, manos a la obra. Te doy mis felicitaciones porque, cada día, resta menos para que puedas comunicarte con tus dos seres queridos, con Sandra y con Paula.

—Sí, pero debería completar mi cometido por lo que antes has dicho: el amor por el amor, porque ese trabajo es bueno por sí mismo y no tanto porque me dé opción a la recompensa que supone contactar con los míos. Quién sabe, tal vez en el futuro lo contemple de ese modo; en el presente, mi disposición es favorable porque aún guardo fresco en mi memoria el recuerdo de mis dos mujeres. No puedo evitarlo.

—No tienes por qué evitar nada; se trata de un sentimiento sano y comprensible por los vínculos que has desarrollado con ellas. Todos hemos pasado por ese proceso. Es lo natural y lo esperable y tampoco se puede borrar de repente todo ese conjunto de vivencias compartidas. Siento decírtelo, pero me están llamando. Mi pensamiento lo capta, por lo que debo dejarte temporalmente. Ya ves, ni Alonso es el único «vivo» que necesita de ti, ni tú eres el único espíritu que necesita de mí. Buen trabajo y hasta pronto, amigo.

—Adiós, profesor. Has estado muy simpático y ocurrente. Agradezco tu discurso clarificador. Que Dios te guarde.

—Que Dios te guíe, hermano.

Transcurrido un rato…

—«Ya sé dónde voy a ir —reflexionó el psicólogo—. Con todos los paseos que daba con mi hija por allí… será una auténtica delicia volver al Parque del Retiro. Preciso mezclarme con toda esa arboleda y jardines, con ese pulmón que tiene Madrid en su centro para oxigenarse de tanto ruido y contaminación. Así podré ordenar mis ideas. Voy a organizar en mi pensamiento un buen diario terapéutico para mi cliente. Lo primero será realizar una profunda entrevista y estudiar sus antecedentes para conocer cómo surgió toda su problemática. Después, una vez que reúna toda esa información, llegará la hora de establecer una estrategia adecuada, un plan de actuación. Intuyo que todo esto va a funcionar y que mi motivación está aumentando por momentos. ¡Venga, David, mucho ánimo! Estás muerto, pero eso, poco importa cuando la inteligencia y la capacidad de trabajo continúan a pleno rendimiento.»

Aquella misma tarde y a una hora determinada, una vez que David ya se había percatado de en qué momento el maestro terminaba sus clases particulares con su grupito de alumnos, el psicólogo penetró a través de los muros de la casa y volvió a sentarse en aquel sofá del salón al que parecía haberle tomado cierto cariño. Tras saludar brevemente en el vestíbulo del edificio a los padres de los escolares, Alonso retornó a su hogar con la intención de recoger el material que había en la mesa y dejarlo todo preparado para la jornada siguiente.

—Hola, Alonso Álvarez. ¿Cómo estás?

—¡Dios, qué susto me has dado! Mira que eres persistente. Te voy a denunciar por acoso psicológico. Es lo menos que puedo hacer ante tu presión. Y yo que pensaba que lo del otro día simplemente había sido un mal sueño contigo…

—¡Eh, hombre! ¿No pretenderás que golpee con mi mano en tu puerta antes de entrar? —comentó David con ironía—. Ya quisiera yo, pero me temo que eso no es posible. Y tampoco puedo presionar el timbre para que escuches ese sonido. Quizá sería más recomendable avisarte con un mensaje, pero… qué lástima, creo que no tengo teléfono móvil. ¡Venga, seamos realistas y adaptémonos a las circunstancias en la que ambos nos hallamos!

—Confieso que has estado ingenioso. Tienes toda la razón. Si no fuese porque esto no deja de ser una locura, ahora mismo estaría riéndome a carcajadas por tu comentario tan gracioso.

—Te lo digo de nuevo: te pido disculpas por mi intrusión en tu piso, pero creo que no existe otro modo de introducirme aquí. Verás, he querido anticiparme un poco a los acontecimientos para facilitar las cosas. Por eso, antes de saludarte, he comprobado que ahora mismo, no hay nadie más en la casa. Dicho de otra forma: el escenario es inmejorable para que podamos hablar con tranquilidad. Antes de seguir ¿se puede saber dónde están tu mujer y tu hija?

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (35) Parque del Retiro»

  1. Creo que Alonso tendría mas confianza en David, si este le pudiese anticipar un suceso o salvarle alguna circunstancia. buen capitulo

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