EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (5) El desafío de David

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—Verás, David. No muy lejos de aquí, vive un hombre más o menos de tu antigua edad que precisa de tu ayuda. Fíjate, es tan simple como eso.

—Por favor, precisemos ese concepto de «ayuda» —comentó el psicólogo mientras que arqueaba sus cejas—, porque se trata de un término de amplio significado.

—Entiendo. ¿Tú has visto algo en el mundo que puedas conseguir sin realizar un trabajo previo?

—Pues claro que no. ¡Vaya pregunta! Nadie regala nada en la existencia, salvo lo que se hace por amor.

—Desde luego, pero incluso ese amor del que hablas, precisa de un sacrificio, de una disciplina.

—Vale, Viktor, pero no empieces a alejarte del tema principal. Sé concreto, hombre. ¿Qué tipo de ayuda específica necesita ese hombre al que has mencionado?

—¡Eh, tranquilo, qué prisas! Querido alumno, tienes toda tu nueva existencia por delante. Hay un ritmo en la creación y no vas a llegar anticipadamente a un sitio por mucho que te empeñes. Hay que atravesar una serie de etapas. ¿Acaso crees que el sol sale antes para el que ha sufrido una pesadilla durante la noche? Calma, que no es para tanto.

—Admito que tus giros argumentales me irritan, profesor. ¿Puedes ir al grano?

—De acuerdo. Tendrás que atender y tratar convenientemente al señor Alonso Álvarez, pues esa es su identidad, como si fuese uno de tus pacientes. Por eso te pedía hace un segundo un poco de paciencia. Como ves, nada extraño para ti, porque esta tarea se halla en relación directa con tu profesión.

—¿Cómo? —reaccionó David con un gesto de desaprobación—. Me niego, ahora mismo el estado de ánimo que ocupa mi alma es la indignación y como comprenderás, lo último que me apetece es actuar de psicólogo y menos con un «vivo». Además, ¿qué tontería es esa que me has pedido? ¿Has olvidado que estoy muerto? ¿Dónde se ha visto que un fallecido pueda atender a una persona de carne y hueso? Perdona que te corrija, pero no has prestado atención a ese pequeño pero relevante detalle. ¡Vaya patinazo que has dado, amigo!

—Ja, ja, ja… —rio con fuerza el sabio—. ¡Me encanta tu forma de razonar! Es admirable. Seré comprensivo contigo y habrás de considerar, que no se me ocurriría encargarte una misión que no pudiese ejecutarse. Además, insistes mucho en tu condición de muerto. ¿Crees que no sirves para nada, que por haberte dejado la piel en ese accidente ya estás eximido de cualquier trabajo? Entonces, ¿por qué no pensar que esta conversación que estamos manteniendo no es más que una mera ilusión? Anda, , David, mira que si estamos locos y no nos hemos dado cuenta. ¡Venga, hombre! Despierta por completo, ya es hora, que aunque no lo creas, hay gente que precisa de tu guía.

—Me alteras con tu palabrería, profesor. Eso sí, te diré una cosa: en mis circunstancias, lo último que me apetece es ponerme a escuchar a un perturbado que seguro que está lleno de problemas. Carezco ahora de esa empatía tan necesaria en estos casos. Mi enfado no me proporciona serenidad ni lucidez en mis planteamientos. Mi actitud no sería la adecuada; no dispondría de esa receptividad básica en cualquier proceso terapéutico.

—Ah, entonces, todos los días que trabajaste en tu despacho estabas felicísimo y por eso, te mostrabas tan a gusto con tus clientes.

—No es comparable. Seré claro: tras haber recibido este golpe tan tremendo, una línea que establece un antes y un después en mi camino, creo que no me hallo en disposición de atender a nadie.

—Vale, como quieras —respondió Viktor mientras que abría sus manos—. Es curioso, hace solo unos minutos eras la criatura más dispuesta a realizar lo que fuese con tal de charlar con tu mujer y tu niña. ¡Es increíble, cómo pueden cambiar las cosas en tan breve espacio de tiempo! Bueno, después de todo, tal vez lleves razón y sea yo el que me estoy precipitando. No se puede dar un consejo a alguien que no está dispuesto a escuchar, ni ayuda a quien no desea ser ayudado. Se trata de un principio básico en la relación entre las personas.

El psicólogo miraba de manera desafiante al señor de la bata blanca, quien se había identificado como alguien que le asistiría en su proceso post mortem. La impaciencia de David aumentaba, conforme golpeaba nerviosamente con su pie derecho el suelo de la zona boscosa donde se hallaban.

—Vale, olvida lo que te sugerí —indicó Viktor mientras que encogía sus hombros—. Lo mejor será que te deje reflexionar el tiempo que haga falta. No forcemos los plazos, que puede resultar contraproducente. Si es preciso, buscaré a otro que pueda cumplir con esa importante misión. Pues nada, amigo, mucha suerte. Estaba convencido de que esta tarea que me encargaron hacer contigo resultaría más sencilla, pero las dificultades surgen en cualquier momento. Forman parte de cualquier guion. Menos mal que cuento con otros candidatos que pueden involucrarse más que tú. A mí también me piden resultados ¿sabes? Si me necesitas, pues eso, llámame. Un buen profesor ha de estar disponible para sus alumnos, y yo no voy a ser menos.

Así, de repente, la forma que representaba a Viktor se difuminó en apenas unos segundos, mientras que David, entre sorprendido y asustado, se quedó solo en aquel paraje cercano a una de las carreteras radiales de Madrid, un lugar donde hacía justo una semana, su trayectoria había cambiado para siempre.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (5) El desafío de David»

  1. Que bela maneira de retratar a chegada na Espiritualidade, ou seja, nunca estamos sós, e que a vida continua e o aprendizado é constante através do trabalho.

  2. Comprensible el estado quiza Depresivo de David, su salida tan abrupta del plano en que normalmente se encontraba, dejar todo de pronto y una solicitud de ayudar a otro ser, en tiempo tan recien,es logico ese desgano y falta de empatia necesaria para acercarse, escuchar y ayudar, cuando el mismo aun no se encuentra. Interesante Novela!

    1. Todos hemos muerto innumerables veces, pero hay que reconocer que morir no es nada fácil, sobre todo, a esa edad y en esas condiciones inesperadas. Besos, Mora.

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