EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (49) La influencia de un hombre

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—Muy bien, Alonso. Pues hoy ha sido, digamos, el primer día oficial de todo este proceso terapéutico. No quisiera cansarte más.

—En absoluto, psicólogo. Siendo sincero, esa furia que había en mí hace un rato, cuando recordaba la charla con mi hija sobre esos dos padres, se ha transformado en euforia. Euforia por cambiar de registro y euforia porque, ahora mismo, solo deseo darle al resto del día otro derrotero, otro significado, diferente al sentimiento negativo que tenía cuando dejé a Marina en el colegio. Reflexionando, tal vez lleve muchos años equivocado, dándole a la gente un poder imaginario que jamás debería haber permitido. Y es que no es lo mismo situar el control en ti que en los demás.

—Me encanta ese razonamiento. Vas por el camino acertado. Antes de acabar con la sesión de hoy, me gustaría mencionarte a otro personaje importante. Mira, olvídate del pasado y sitúate casi en el presente, en el siglo XX. El hombre del que te voy a hablar está como yo, ha dejado su cuerpo en tierra y supongo que vivirá en otro lugar, eso sí, del mundo espiritual. Su «muerte» aconteció en 2007, no hace mucho de ello. Ojalá que le vaya lo mejor posible. ¿Te dice algo el nombre de Albert Ellis?

—Para nada. Es la primera vez que oigo hablar de ese señor. Sin embargo, y por la forma en que te refieres a él, intuyo que debió tratarse de un hombre importante

—Ciertamente, amigo. No me voy a extender con los datos biográficos de este excepcional psicólogo estadounidense. Se fue con noventa y tres años, o sea, tuvo una dilatada trayectoria para aprovechar bien su tiempo. Trataré de resumirte su principal aportación, porque lo que hemos trabajado esta mañana se basa en su teoría. Él tomó prestado parte del pensamiento estoico y a través de esa famosa frase de Epicteto que antes mencioné, estructuró la base de su terapia. Sintetizando, su sentencia favorita era: «Las personas no se alteran por los hechos, sino por lo que piensan acerca de los hechos». Te suena ¿verdad?

—¡Eh, parece interesante! Me gustará oír todo lo que tengas que decir sobre ese psicólogo.

—Sí. Absorbió toda esa sabiduría proveniente del pensamiento estoico y digamos que actualizó sus principios filosóficos a la actualidad del siglo XX. ¿Qué te parece? Este colega resultó para mí como un padre, sobre todo en el aspecto profesional, ya que en cuanto comencé a profundizar en su trabajo durante mis estudios en la universidad, sabía que su teoría me marcaría para siempre. Cuando empecé a trabajar con mis pacientes, me di cuenta del alcance que tenían los principios de Ellis y sobre todo, de la efectividad que tendría en la terapia con ellos.

—Vaya con ese tal Ellis. No sabía que te hubiese influido tanto…

—Así es. ¿Qué tal, Alonso? A estas horas y sonriendo ya… Te veo bien.

—¿Es posible que esté sonriendo? No me he dado cuenta. Será lo que te dije antes. Me hallo mucho mejor que cuando comenzamos a hablar. Nada que ver con el estado de ánimo que había en mi cabeza cuando mi hija se confesó conmigo. Vamos, que parece que he salido de un pozo.

—Cuánto me alegro. Sin embargo, no cantes victoria. Esto no ha hecho más que empezar y tenemos mucho trabajo por delante. Si te parece adecuado, vamos a fijar el inicio de una nueva sesión. Has de descansar y al mismo tiempo, procesar toda esta información. Leo en tus ojos las ganas de continuar, pero creo que te saciarías. Hay que ir paso a paso. Digiere ese estado de claridad y de satisfacción en el que ahora te encuentras. ¿Vale? Mira, yo ya no sé ni el día en el que vivo. No te olvides de que estoy «muerto». Lo digo con humor, pero es la realidad que hay. Procuro no perder el orden de las cosas, pero entiende que, en mi estado, se me hace dificultoso hasta saber en qué día estoy.

—Sí, entiendo por lo que estás pasando. Veamos, pensándolo bien, creo que este proceso debería posponerse hasta el lunes. Mañana es sábado y haciendo un esfuerzo supremo, iré a la reunión familiar que se produce en casa de mis padres.

—¿Esfuerzo supremo? Por Dios, controla ese lenguaje tan extremo, porque los hombres, con su lenguaje, denotan el estado de su alma y su ánimo por vivir. Esta será una de las tareas que habrás de desenvolver, usar las palabras adecuadas para describir los acontecimientos vitales, evitando, en la medida de lo posible, el catastrofismo y las generalizaciones. En serio, Alonso, ese radicalismo a la hora de expresarte puede perjudicarte. Cualquiera diría que en esa reunión familiar te van a torturar. Supongo que solo será un encuentro para almorzar entre parientes y allegados, un buen momento para disfrutar de una buena comida y de una grata conversación. Hum, ya veo que no. Solo con mirarte, me doy cuenta de que mi apreciación está errada. Anda, explícate.

—Si conocieras a mis hermanos y a mis padres… Seguro que aprovecharán la ocasión para restregarme en la cara sus habituales comentarios estúpidos y sus pullas emocionales, esas que tanto me fastidian.

—Ah, era eso. Ahora comprendo tu aversión. ¿Sabes una cosa?

—No.

—No te alarmes, pero me alegro de que mañana se vaya a celebrar ese encuentro. Te felicito.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Pues es muy sencillo. Me encantan los desafíos, o dicho de otro modo, ponerles retos a mis pacientes. Lo digo porque el valor y las ganas de mejorar se demuestran ante los obstáculos, no cuando el mar está en calma. ¿Lo captas, amigo?

—¿Acaso me estás provocando para que reaccione? ¿Es eso?

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (49) La influencia de un hombre»

  1. Buen progreso para ambos, cuanta resistencia por parte de Alonso que al fin disminuye, ya no parece el Alonso del comienzo, que buen trabajo realiza David! Muy Interesante!

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