EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (32) Una misión arriesgada

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—Vaya hombre, pues sí que te has puesto negativo —indicó el psicólogo mientras que agitaba con fuerza sus dos manos—. Que es solo una vez, por Dios, que no te va a ocurrir todos los días. Solo serán unos minutos y para mí, representará mucho, muchísimo. No me puedo quitar esa angustia del alma desde que me pasó lo del accidente y te juro que ya no quiero vivir más así. Ponte en mi lugar: es prioritario que ellas sepan que su David no las he dejado tiradas, que sigo siendo un buen esposo y un buen padre. Si conoces lo que significa la empatía, te harás cargo de mi situación.

—Oye una cosa, David. Creo que lo que nos está sucediendo a los dos no deja de ser un fenómeno extraordinario. Te aseguro por mi niña, que esta es la primera vez en mi vida que he logrado percibir a un muerto, o sea, a ti. ¿Qué me va a pasar si a partir de este momento, en cuanto amanezca, me pongo a ver espíritus por todas partes? Me temo lo peor. No soy pesimista, soy realista. Lo más probable, ya lo sabes, es que termine en una unidad psiquiátrica de cualquier hospital. Me inflarán de pastillas, de antipsicóticos, hasta que no vea ni el sol, por mucho que brille. Es un pequeño detalle que no sé si lo has tenido en consideración. Pensándolo bien, hasta tendría otra posibilidad que me aterra.

—¿Cuál?

—Muy simple. Para evitar que los médicos de la cabeza se lancen sobre mí y me droguen, cuento con la opción de elegir.

—Venga, ve al grano. Elegir, ¿qué?

—Pues simular que todo va bien, es decir, que veo muertos, que escucho sus voces llamándome, pero que no pasa nada, que aunque me muera de ansiedad por dentro, si alguien me pregunta por lo que me ocurre, yo solamente sonreiré un poquito y continuaré con mi rutina. Seguro que hay alguien por ahí a quien le sucede lo mismo y se lo calla, para pasar desapercibido. Menudo estrés debe llevar por dentro…

—Veamos, Alonso. Primero, responde: si te doy una respuesta clarificadora, ¿me das tu palabra de que vas a cumplir con tu compromiso de hablar con mi familia?

—Uy, uy, pues no lo sé, amigo. Depende del mensaje que me vayas a dar. Hay que ser prudente en estas cuestiones. Todo esto constituye una novedad para mí. Venga, te escucho.

—Vale. Según me han garantizado, el único espíritu al que vas a poder observar en tu existencia lo tienes delante de tu vista. Espero que esta noticia te tranquilice. ¿Mejor, entonces?

—Bueno, eso es poner mucha confianza en ti. Apenas si te conozco. ¿Por qué tendría que fiarme de ti? ¿Cuál es tu fuente? ¿Y si cuando todo esto acabe se me presentan más y más espíritus pidiendo mi ayuda, es decir, todo eso que tú pretendes que yo haga con los tuyos?

—Pues ya ves, Alonso; me temo que no te puedo firmar por escrito un documento de acuerdo. Creo que tendrás que arriesgar conmigo y depositar tu confianza en mis argumentos.

—Escucha, no quiero ser alarmista. Imagina que yo cedo y que cumplo con mi parte del acuerdo, una vez acabada la terapia. Nos acercamos por tu antiguo hogar, yo le trasmito a tu familia lo que tú me indiques y… y…

—¿Y qué?

—Pues es obvio. Al día siguiente o a la semana, tú vuelves por aquí porque la experiencia te ha encantado y me comentas que pretendes repetir. En fin, que como no conoces a otro intermediario, pues que ese es el motivo por el que acudes a mí de nuevo. ¿Qué? ¿Lo captas? Siento estropearte el plan, pero mi razonamiento es de pura lógica. Je, je, por un momento, yo me he sentido el profesional de la psicología y te he apreciado a ti como mi cliente.

—Vale, me has pillado, Alonso. No sé ni lo que contestar.

—Ah, eso es responder desde la sensatez. ¿Ves cómo no es tan sencillo implicarme en una misión tan arriesgada? Ay, amigo, cuando las emociones están en juego, las cosas se pueden complicar muchísimo. Además, hay muchos intereses de por medio. Hablo de tu familia y de la mía, que no estamos solos en este asunto. Controlar todos esos sentimientos que hierven en tus adentros es difícil. Te lo digo por experiencia propia. ¡Que me lo digan a mí, que llevo años sumergido en esa vorágine! Te seré sincero: para mí, lo prioritario es estar tranquilo y ser feliz. Y sin embargo, a cada instante, me vienen a la cabeza unos pensamientos que no se los desearía ni a mi peor enemigo.

Pasados unos segundos, David permanecía mudo, como ensimismado en extrañas reflexiones…

—¡Eh, David, reacciona! ¿Te has quedado sin lengua? Oye, perdona por mi estúpida broma, pero razona, hombre: ¿tú sabes lo que implicaría para tu mujer y tu hija estar enganchadas siempre a un fantasma que no las dejaría vivir? Que sí, que tú estás muerto, que todo esto ha sido una desgracia, pero digo yo, que ellas necesitarán reorganizar sus vidas y su futuro sin tu constante presencia. Insisto, solo trato de introducir un poco de lógica en toda esta historia tan rocambolesca.

De pronto, la figura del psicólogo pareció salir de su aislamiento…

—Dios mío, tienes más razón que un santo. Ni yo mismo podía predecir ese tipo de reacción que tú has adelantado con tanta brillantez.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (32) Una misión arriesgada»

  1. Capítulo para reflexão, com relação nossas atitudes no plano material e espiritual. Parabéns, sábio escritor espirita como em tudo o que escreve.

  2. Alonso sorprende por su brillante razonamiento! al principio me parecía egoísta y nada empatico, pero analizando en frío hasta tiene razón! porque la gente a veces tiende a engancharse y no avanza por eso, por querer estar comunicados constantemente con quien tuvo que partir por X motivos. he quedado sorprendida!

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Jue Dic 30 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—David, tú has sido sincero conmigo y ahora, es mi turno. Te lo dejaré claro y luego, escucharé tu respuesta a mi proposición. —Muy bien. Observo tu mente despejada como un día de cielo azul. Hay que ver lo bien que te sienta el mundo de los sueños, Alonso. […]