EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (3) Aclarando dudas

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—Pues elige una —argumentó Viktor mientras abría sus brazos—. Será lo más fácil.

—Sí, llevas razón. Quisiera referirme a una cuestión que me angustia bastante. ¿Cuánto tiempo llevo muerto?

—¡Eh, magnífica consulta! Te confesaré algo: con frecuencia, me encuentro con pacientes que ni siquiera saben de su nuevo estado. En tu caso, eso ya es un avance. La ignorancia no vive en ti. Bien, respondiendo a tu pregunta, una semana.

—De acuerdo. Sé que había transcurrido un tiempo, aunque no sabía exactamente el plazo. Después del choque, asistí a todo ese tradicional desfile de sanitarios, policías y ambulancias que se produce en caso de accidente de tráfico. La verdad es que no me hizo falta pensar mucho. Cuando vi a quién extraían con dificultad del coche, colocaban en una camilla y cómo le cubrían con una sábana, pues no me resultó complicado saber de quién se trataba. Aunque notaba curiosidad, no quise ir al tanatorio ni tampoco asistir a mi funeral. ¿Sabes una cosa? Preferí permanecer aquí, intentando reflexionar sobre lo que me había pasado. En fin, esos aspectos tan particulares que todos tenemos.

—Sí, lo entiendo. Ante estos sucesos, cada uno reacciona de una manera propia, acorde a su carácter. Hay de todo. No te sorprendas, David. Además, si hubieses ido a esos lugares que has citado, habría resultado una experiencia dura para ti. Tu mente analítica te empujó a quedarte aquí, tratando de buscar una luz donde solo existían recuerdos turbios.

—Se me ocurre otra pregunta, Viktor. Pareces conocerme bastante bien. Y sin embargo, no recuerdo haberme cruzado contigo antes.

—No es exactamente así, amigo. Verás, antes de entrar en contacto contigo, necesitaba estudiar tu perfil, para ponerme en los antecedentes de tu caso y saber más de ti. Si te sirve el ejemplo, más o menos lo que tú hacías en la primera entrevista con cada uno de tus pacientes, es decir, situarte.

—Caramba, pareces mi padre, o bien alguno de mis profesores.

—Pues está claro que no soy tu padre, pero sí te diré que durante muchos años me dediqué a la enseñanza, con lo cual, algo de razón sí que tienes. De verás, ¿existe algo mejor en la vida que compartir en la universidad conocimientos y experiencia con mis alumnos? ¡Eh, que nadie nace aprendido! Tú bien sabes de eso. En cualquier caso, yo también me siento infinitamente agradecido por toda la enseñanza que recibí y por el ejemplo de mis profesores.

—Sí, supongo —expresó el psicólogo con cierta desgana—. Me alegro mucho. Con tu permiso, voy a seguir…

—Adelante, te escucho.

—¿Podría salir de aquí y olvidarme cuanto antes de este escenario de penalidad? Entenderás que no me gustaría continuar en este sitio, contemplando este paisaje de pesadilla, reviviendo de algún modo el decorado en el que me maté, lo que supuso un antes y un después en mi existencia.

—Claro que sí. Era tu momento, David. Ni antes, ni después, solo justo cuando te correspondía.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso? ¿Acaso los días de un hombre están contados?

—Pues así es, amigo. Al igual que las leyes de la física nos explican y aclaran los fenómenos físicos, acontece lo mismo con la vida de las personas. En este caso, me refiero a otro tipo de legislación, la divina, que regula un hecho tan esencial como el tiempo que debemos permanecer en la dimensión material.

—Así que leyes divinas, es decir, dispuestas por Dios. Así que un afamado profesor universitario con tres carreras afirma que Dios existe, sin ninguna duda.

—Claro, David. Alguien tiene que haber organizado todo esto. Es cierto que a veces, aparenta ser un caos, pero incluso en el caos que parece para la vista humana, existe un orden. Todo se halla estructurado hasta el milímetro para que las cosas discurran como tienen que hacerlo. Lo que ocurre es que el ser humano posee una visión a ras de tierra. Si lograse elevarse tan solo un poco, su perspectiva cambiaría como de la noche a la mañana y la niebla que habita en su interior se disiparía. Ahora, ya lo sabes: hay coyunturas que tienen su fecha y su hora, sus causas y sus consecuencias. En fin, tampoco te descubro nada sorprendente. Tú, por ejemplo, siempre tuviste una buena intuición de esos conceptos. ¿No es así?

—Verás, Viktor, a pesar del desorden del mundo, siempre creí que había una razón para todo. Ahora bien, no me fastidies; no me ha gustado para nada morirme y menos a mi edad. ¿Querrías que te mintiese? Esto ha sido un golpe muy duro, con tanto camino por delante y sobre todo, dejando a una esposa a la que amaba y a una hija pequeña a la que adoraba. No me negarás, que por mucho que todo esto estuviese planificado, me han hecho una mala faena. Lo admito, aunque te molestes conmigo: estoy enfadado con Dios por lo sucedido, es decir, con tu jefe. Creo que hay suficientes motivos para enojarse. ¡Que estoy fastidiado, la verdad!

—Sí, es comprensible. No hallo nada sorprendente en tu razonamiento. Eso es ahora, porque tu salida está muy reciente. Te aseguro que te irás acostumbrando y que por supuesto, al ser un alma inteligente que rechaza la ignorancia, te irás habituando a tu nueva situación y a lo que conlleva. Anda, David, no te demores más. Estás en tu derecho.

—En mi derecho, ¿de qué?

…continuará…

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Dom Sep 19 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Pues de eso que estás deseando preguntarme. Se aprecia a distancia. No hace falta que disimules ni que te lo guardes más en tus adentros. —Oye, ¿qué está pasando? —explicó David con un gesto de extrañeza en su rostro—. Ahora va a resultar que soy un ser completamente transparente […]