EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (26) Fuera de mi casa

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—Mira —expresó David mientras que se tocaba la sien con su dedo índice derecho—, te propongo un juego breve, pero efectivo.

—El tiempo se me acaba, maldita sea. Vale, venga, psicólogo del «más allá». Lo que sea para resolver todo este absurdo.

—Tienes un punto de humor de lo más extraño. Eso también me gusta. La capacidad para reírse de uno mismo es fundamental en cualquier proceso terapéutico. En fin, no me enrollo. Anda, Alonso, trata de tocarme con tus manos. Así te darás cuenta de una puñetera vez de que no te estoy engañando y que no estás experimentando ningún tipo de alucinación. Tú te sentirás cansado, pero yo también. No pensaba que me fuese a costar tanto trabajo el convencerte.

—Oye, excelente idea. Me parece lo más coherente que has dicho hasta ahora. Voy a ver.

Tras realizar la prueba con sus dos manos, el maestro se quedó sorprendido, pero al mismo tiempo, por la expresión que puso, pareció darle credibilidad al fenómeno del que estaba siendo testigo.

—¿Qué? ¿Te convences ahora, hombre de poca fe? Parecías Santo Tomás, palpando las llagas de Jesucristo, caramba. Espero que te hayas quedado más tranquilo.

—Sí, te entiendo. Lo siento mucho, pero me tengo que poner serio contigo, David. Necesito que te marches ya, porque no puedo trastocar mi ritmo por tu causa. Está bien, quiero acabar con esto. Supongamos, entonces, que todo lo que me has contado es cierto, lo de morirte en un accidente de circulación, que tenías tu consulta profesional y demás aspectos. Y ¿qué? ¿Qué me importa todo eso? Solo puedo expresarte mis condolencias y ya está. Buena suerte con tu nueva vida y adiós. ¿No ves la cantidad de problemas que tu irrupción en mi casa me está ocasionando? Y yo no estoy para más complicaciones. Has de entenderlo. Bastante tengo ya con mi depresión y mi ansiedad como para dedicarme ahora a debatir con un muerto.

—Ay, ¡Dios, pero qué cabezón eres, Alonso! No me extraña que tu existencia no sea nada fácil. Siendo así, ¿qué propones que haga? No me puedo largar con las manos vacías. ¿Es que no lo comprendes? Tengo una tarea por realizar y tú no me lo vas a impedir.

—No tengo ni la menor idea. Ese será tu problema. Si no salgo ahora mismo para la cocina, a preparar la cena de mi niña, mi mujer se va a enfadar y mi ansiedad se va a activar. De hecho, me estás poniendo muy nervioso. ¿No serás tú el que requiere desahogarse conmigo después de tu tragedia? Tanto insistir con el tema de la terapia y a lo mejor… eres tú el que más la necesita. Por favor, ¿me puedes hacer caso? ¿Quieres coger la puerta de una vez y largarte? Marina me va a liar una bronca tremenda, que seguro que ya ha terminado de bañar a la cría… Oye, ¿es que hablo en chino? ¡Que te vayas, te digo!

—Yo no entiendo nada de nada. Vaaale, ya me voy. No quiero ser un maleducado. Que conste que tu negativa ya no depende de mí ni es de mi incumbencia. Si no quieres colaborar en tu propia curación, pues allá tú. De acuerdo, te dejaré tranquilo, aunque me iría más calmado si me comunicases que vas a reflexionar sobre este asunto. Prométeme solo una cosa: ¿pensarás en todo lo que hemos hablado? ¿Me das tu palabra?

—Sí, sí —contestó el maestro a modo de quitarse de encima a la figura del psicólogo—. Lo consultaré con la almohada, pero ahora, desaparece ¡te lo ruego!

—Bien, pues gracias y hasta la próxima.

Alonso se quedó más relajado cuando comprobó que la silueta de David atravesaba la pared que daba a la calle y desaparecía de su vista. Dando un largo y profundo suspiro, se atrevió a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Ya voy chicas, ya estoy disponible!

Fuera de aquella casa y en mitad de la calle, a escasos metros del ventanal por el que había salido, David trató de reflexionar para ver si le hallaba un sentido a la experiencia que acababa de vivir. Tras la conversación mantenida con su supuesto paciente y el tiempo transcurrido, ya se había hecho de noche.

«¡Será posible! —meditó decepcionado—. Esto se está poniendo cada vez peor. Pero, ¿por qué se tienen que complicar tanto las cosas? Ahora que ya había dado el paso más importante para entrar en su casa y presentarme, este tío se niega a cooperar conmigo. Hombre, que yo he puesto mi mejor voluntad, que me he tragado el orgullo, pero se ve que a este le gusta boicotear a los demás. Así no se puede avanzar. No solo hace falta que yo esté motivado, sino también los otros. Claro, en mi consulta, la gente entraba porque le daba la gana, de forma voluntaria, sin coacciones. Ya que pagaban, eran los primeros interesados en que la terapia les funcionara. Me pregunto, entonces, cuál debe ser mi actitud en este caso. Vamos, que no se ha reprimido el tío a la hora de echarme en cara la invasión de su espacio y mi amable ofrecimiento para ayudarle. ¿Cómo voy a confiar en ese hombre si me pone tantas pegas? No sé ni lo que pensar. Podría ser que al tal Alonso le viniese bien continuar con su enfermedad, es decir, que curarse le causase más inconvenientes que permanecer con su trastorno. Hum, no sería el primer caso. Si se pone bien, igual le exigen más. A saber… Bah, he de dejarme de reflexiones estúpidas que no me llevan a nada. ¿Sabes qué, David? Que yo renuncio. Hay que encontrar otra fórmula para reconducir todo esto. Lo único cierto aquí es que yo me he muerto. Lo demás, es secundario. ¿Será posible que tenga que hacer tantos sacrificios para ver a los míos? Ja, ja, y luego dicen los vivos que ellos tienen problemas. Y me río también de ese absurdo «descanse en paz» … pero si después del accidente solo he tenido complicaciones y obstáculos…»

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (26) Fuera de mi casa»

  1. Tal como sucede en la vida real.es dificil ayudar a quien no quiere ser ayudado! pero David lo hizo muy bien, buena creatividad, paciencia e increíbles ejemplos que le mostró a Alonso.cualquiera se hubiese sentido super interesado y este tipo solo quería ir a la cocina, en vez de agradecer la ayuda «Divina» que ingrata son las personas.muchas veces

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Jue Dic 9 , 2021
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