EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (96) Llegó la hora

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—Hmmm… —comentó discretamente Sandra—. Alonso, ¿puedes decirle a mi marido si podemos estar todos juntos en la sala, como antes?

—Él te ha oído perfectamente, mujer. Yo solo cumplo las funciones de trasladarte lo que David me diga.

—Huy, pues perdona, que se me había olvidado. Está claro que es la falta de costumbre. David, cariño, ¿podemos sentarnos en el salón? Allí estaremos más cómodos.

Cuando de nuevo, los cuatro se «acomodaron» en los sillones, alguien se llevó una increíble sorpresa…

—Pero, profesor, ¿cómo tú por aquí? No sabes la alegría que me da verte y cómo te agradezco la oportunidad que me has dado de estar y abrazar a los míos. Jamás olvidaré esta tarde. ¿No es maravilloso?

—Pues claro que sí, David —respondió sonriente Viktor—. Y si supieras lo contentas que ellas están…

—Ehhh… perdón, psicólogo. ¿Con quién estás hablando? —preguntó Alonso extrañado—. ¿Ocurre algo raro?

—Ah, es verdad, tranquilo, Alonso. Estoy aquí con mi sabio amigo, ese hombre del que tanto te hablé y que tanto me ayudó.

—Perdona, pero yo no veo a nadie más aquí, solo a tu mujer, a tu niña y a ti.

—Caramba, debe ser uno de sus trucos —respondió pensativo David.

—No, amigo. Lo que pasa es que tu paciente solo estaba preparado para percibirte a ti. Aquí, tú eres el único que puedes observarme.

—Ah, ahora entiendo. Y ¿puedo preguntar por el motivo de tu visita? Espera…no hace falta que me lo expliques… Viktor… creo que ha llegado la hora… ¿no es así? Lo he sentido muy adentro.

—Efectivamente, mi buen amigo. Aunque pienses lo contrario, prolongar este maravilloso momento resultaría contraproducente —comentó Viktor mientras que realizaba movimientos afirmativos con su cabeza—. No solo hablo de ti, también de ellos. Creo que lo comprendes. Esta es una despedida especial, sin prórrogas, que te fue concedida por tu excelente trabajo con tu paciente, tal y como acordamos. El encuentro resultó excepcional debido a los méritos que acumulaste, incluso después de tu accidente. Sin embargo, has de asumir que se trata de una ocasión extraordinaria. Por eso estoy aquí, David, para conducirte a tu nuevo hogar.

—Dios mío, entonces… llegó mi momento —expresó dubitativo el psicólogo—. ¿Me dejas despedirme de mi familia, profesor?

—Por supuesto, amigo. Esta armonía que habéis alcanzado es única, si bien todo tiene su tiempo.

—De acuerdo, solo serán unos minutos.

—Adelante, mi querido alumno.

—Alonso, no te extrañes, pero ese profesor que está aquí entre nosotros, aunque no puedas verle, ha venido a recogerme. Ahora he de irme. Seré franco: noto una fuerte resistencia a marcharme, pero hay una voz en mi interior que me empuja a hacerlo, porque sé que, lo que me espera, es lo adecuado. No puedo ni debo negarme… después de todo lo que me ha pasado. Recuerda, amigo, todo nuestro aprendizaje. Te voy a hablar como yo te recomendaría si fueses tú el que estuviese en esta coyuntura. Será duro, pero no insoportable, porque la vida ha de seguir su curso.

—Sandra, por favor, escúchame con atención —expuso un Alonso muy emocionado—. He de decirte que el tiempo se ha cumplido. Han sido unos minutos de una belleza y de una intensidad incomparables. En lo personal, nunca, nunca, me voy a olvidar de esta experiencia indescriptible. Quedará en mi recuerdo hasta la fecha en que a mí me toque pasar por lo mismo. Tu marido, ahora, debe emprender su viaje al lugar donde continuará con su nueva existencia. No podemos demorarnos.

—David, mi amor —acertó a decir una conmovida Sandra—. Sé que me oyes. Esto ha sido tan hermoso y tan profundo… que no encuentro palabras. Me siento dichosa, aunque te tengas que ir. Estoy rota por dentro, pero doy todas las gracias del mundo porque me hayan permitido la ocasión de volver a comunicarme contigo. Como decía Alonso, yo tampoco podré olvidar la experiencia vivida. Perdona por mis lágrimas, pero no puedo evitarlas. Esto es tan fuerte…

—Alonso, he de trasmitirte algo importante. El profesor Viktor está justo detrás de ti. Según parece, te va a hacer una cirugía breve en la cabeza que ni siquiera notarás. También va a intervenir a mi niña. Dios mío, ni siquiera he tenido que preguntarle. Ya escucho su voz directamente en mi pensamiento. Queda poco. Te estoy inmensamente agradecido, más de lo que puedas imaginar. Todo esto te lo debo a ti y no sé cuándo podré devolvértelo. Gracias de todo corazón.

—¿Cómo puedes decir eso, David? Soy yo el que te doy las gracias por todo lo que has hecho por mí y también por mi familia, al sentirme yo mucho mejor. Yo era un hombre viejo, apartado de la existencia, una carga para los míos y hasta para el mundo, y gracias a tu trabajo, soy una persona nueva. ¿Me permites un último abrazo?

—Claro que sí, amigo. Me sigue llamando la atención la gran cantidad de abrazos que nos damos los «muertos» con los «vivos».

—Pues sí, estoy de acuerdo —expresó el maestro mientras que asentía con su cabeza.

…continuará…

6 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (96) Llegó la hora»

  1. Bella historia tan natural como la. Vida misma y la vida continúa su proceso de evolución.

  2. Conmovedor hasta lo mas profundo! Todas las despedidas son dolorosas,Pero esta es tan significativa! Está impregnada de Mucho Amor, de seres que se aman con tanta intensidad, pero deben separarse…en plena juventud y comienzo de sus vidas comopadres..pero así es la vida, así les tocó… tanta Enseñanza!….El Consuelo es que a pesar de todo..La Vida es eterna y continúa.La Vida es para siempre y el amor tambien, pero hay que continuar porque como dijo David:»Es Duro, Pero no Insoportable»..despues nos vamos acostumbrando a la Ausencia, aunque sepamos que si no se hubieran ido, fueramos tan felices!!

    1. En efecto, Mora. Es tal y como dices. Al menos, mantenemos la esperanza de reencontrarnos con los seres queridos algún día. Abrazos.

  3. As pessoas partem, mas as memórias ficam. A morte faz parte da vida, é inevitável. As lembranças devem sim permanecer de forma saudável para honrar a pessoa que se foi, mas quem fica precisa continuar.

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