EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (10) El reposo de un espíritu

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—¿Acompañarme? ¿Adónde? —acertó a decir David en un tono asustado.

—Mira, observa con atención. ¿Ves aquel inmueble a lo lejos?

—¿Cuál? ¿Aquella casa pintada de blanco?

—Sí, justamente. Pues está vacía. Su dueño no reside en ella y ahora mismo, tampoco la tiene alquilada. Nosotros la hemos «ocupado» para establecer allí un puesto de descanso.

—¿En serio? ¿Es algo similar a un hotel para reposar? Esto no deja de ser gracioso. Lo malo es que no llevo dinero encima para pagar una noche.

—Venga hombre, no seas ridículo. El dinero no es necesario en el más allá. Hay similitudes con la dimensión física, ciertamente, pero también diferencias. Bueno, lo entenderás mejor cuando lleguemos allí. Una vez dentro, te tumbas en una de las camas y… a descansar, que lo necesitas.

—Pero… ¿me pasará algo si me quedo dormido? —preguntó el psicólogo con tono de desconfianza.

—Anda, aleja de ti la suspicacia, que no es para tanto. Yo velaré por ti. Si te sirve de consuelo, cuando despiertes, estaré contigo para apoyarte. ¿Qué? ¿Más tranquilo ahora? Tómate este período como una prolongada tutoría. En este momento, tu espíritu lo que necesita es desconectar de tanta pasión. Te vendrá bien.

—Sí, lo he notado por dentro al escucharte. ¿Vamos, pues?

—Sígueme, amigo.

Más tarde…

—¡Qué bien! —fue lo primero que acertó a decir el psicólogo mientras que estiraba sus brazos hacia arriba, tal y como hacía cada mañana en la cama de su dormitorio cuando amanecía junto a Sandra—. ¿Ves, Viktor? Me siento recuperado. Nada que ver con mi estado cuando charlamos por última vez. ¡Menuda cura de sueño! Es fantástico.

—Pues me alegro mucho por ti, caballero —contestó el profesor mientras que sonreía levemente—. Así estarás más motivado para cumplir con tu tarea pendiente. Espero que no hayas olvidado tu compromiso.

—De ningún modo. Faltaría más. Soy alguien que respeta los acuerdos. Por cierto, ¿cuánto tiempo he permanecido aquí?

—Para que lo entiendas y si hablamos del tiempo terrenal al que todavía te hallas ligado, digamos que una semana. Sin embargo y si calculásemos esa medición desde un punto de vista espiritual, yo diría que tan solo han transcurrido unas horas.

—Caramba, es preocupante. Debo tener mis músculos atrofiados de tanta inactividad y no obstante, me he despertado con las energías renovadas.

—¿Músculos? ¿Qué músculos? Ja, ja, David, no me hagas reír…

—Pues tienes razón, que mi carne y mis huesos ya no sé por dónde estarán…

—Sí, ya te habituarás. Aún es pronto. Estos cambios son graduales y requieren de un plazo de adaptación.

—Y ¿puedes explicarme, profesor, cómo es ese desfase entre el tiempo de un reloj cotidiano y el que tú percibes?

—Se trata de una idea relativa. Digamos que las horas pasan, al igual que el sol sale y se pone para tu planeta. Recuerda que Einstein, en el siglo pasado, tuvo una potente intuición al respecto al vincular ese concepto con la velocidad del movimiento. Siendo prácticos y por no extenderme, existen espíritus para los que su reloj se mueve con una lentitud tan exasperante que les supone una tortura. Otros, en cambio, especialmente los más ocupados en sus trabajos, observan cómo el tiempo transcurre de una forma mucho más rápida, como si volase entre sus manos. En cualquier caso, se trata de una perspectiva subjetiva, muy ligada a la naturaleza de quien la experimenta. Si para ti ha transcurrido una semana, es simplemente porque precisabas de ese período para recuperarte de tantas impresiones, de todos esos cambios tan repentinos ligados a un cambio de fase.

—Entiendo. Oye, Viktor, tras una semana de reposo, debería sentir ahora una fuerte sensación de hambre. ¿Me equivoco? Y sin embargo, no aprecio nada de eso.

—Eso es una señal de que tu «cuerpo» se está reajustando. ¿Recuerdas cuando en la universidad estudiabas los fundamentos biológicos de la personalidad?

—Sí, fue en los dos primeros años de carrera.

—Piensa; el hambre surgía tanto en las paredes del estómago como en los centros correspondiente del cerebro. Considera que, en estas circunstancias, y después de que tu organismo fuese incinerado, ya no hay en ti ni estómago ni cerebro, tampoco el resto de estructuras ligadas a tu antiguo cuerpo. ¿Responde esto a tu pregunta?

—Sí, supongo. Bueno, dejémonos ya de disquisiciones. ¿Cuál es el plan de trabajo elaborado para esta jornada?

—Pues ya te lo puedes imaginar, apreciado alumno. El domicilio de tu próximo paciente no queda muy lejos desde aquí, unos dos kilómetros aproximadamente. Te indicaré dónde es para que entres en su casa, te acerques a él y comiences con tu tarea. En este caso, no habrá barreras para ti. Estarás plenamente autorizado a penetrar en ese hogar a los efectos de llevar a cabo de manera satisfactoria tu labor terapéutica.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (10) El reposo de un espíritu»

  1. Maravilloso comienzo! que bueno que encontro una casa y una buena cama para su descanso necesario, quien sera el dueño de esa casa donde se aloja David?En que consistira la ayuda al vecino que tanto le insiste Vicktor?

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TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Perfecto —añadió David convencidísimo a esa hora del éxito de su misión tras su reparador descanso—. Estamos de acuerdo. Vayamos cuanto antes a su casa. La verdad es que se me ha despertado el interés por conocer a ese tal… —Alonso Álvarez, no lo olvides. —Oye una cosa, profesor. […]