EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (62) Ansias de contacto

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Algo más tarde…

—Saludos cordiales, David. ¿Cómo estás? ¿Reflexionando?

—Ah, Viktor, cada vez me sorprendes menos. Me estoy acostumbrando a tus idas y venidas. Estoy aquí, tranquilo, disfrutando de este Parque del Retiro, el mejor de Madrid, sin duda. De pequeño, solía venir mucho aquí a jugar con la pelota. ¿Ves? Este lugar es como un vergel en forma de isla en medio de esta marabunta de coches, ruido y gente. Aquí logras aislarte un poco de toda esa locura que constituye un día laborable en una capital como esta.

—Es verdad. El hombre no debe perder nunca el contacto con la naturaleza, con estos árboles tan majestuosos. Muchas de sus raíces, especialmente las más antiguas, son testigos de unas épocas en las que no existía aquí ni una sola edificación, solo el sonido del silencio y del aire, cuando agitaba con su fuerza la copa de esos árboles. Si hubieran sabido que iban a formar una isla entre tanto cemento y ladrillo… Y sin embargo, ya ves, Dios les proporcionó esa función de oxigenar el ambiente contaminado que, a menudo, rodea las aglomeraciones humanas.

—Hum, estaba pensando una cosa. Llegué a un buen acuerdo con mi cliente y lo cierto es que le veo muy motivado. Las cosas están yendo razonablemente bien y con cada sesión que desarrollamos, parece que resta menos para reconducir su problemática y que alcance un grado de mayor equilibrio. Albergo esa esperanza de que el plan siga adelante, que pueda completarse y por tanto, yo disponga de la posibilidad de despedirme de mi hija y de mi mujer. No sabes cómo anhelo el que ellas puedan comprender de una vez lo que me pasó y que entiendan que mi despedida, no fue tan abrupta como ellas piensan. No puedo ni imaginar el consuelo que mis explicaciones les aportarán.

—Tenlo por seguro, mi buen alumno.

—Sin embargo, además de esa consideración que ya conoces, reflexiono sobre lo que seguirá una vez que me despida de mis seres más queridos. Sentado sobre este césped, contemplando a la gente paseando en barca por el estanque, es curioso, pero el movimiento del agua ondulándose por el golpe de los remos, me hace pensar en que la existencia seguirá y que una nueva etapa, para mí desconocida, se abrirá ante mis ojos.

—Bien, se trata de una curiosidad de lo más lógica y de lo más sana. Ahora mismo, no puedo ofrecerte detalles de esa nueva fase que te aguarda. Está claro que, en la vida, nada se para. Todo continúa con su curso. Ya ves que has cambiado de estado y no obstante, los días se suceden, las estaciones avanzan y ese orden rítmico que observamos en el universo también afecta a las criaturas que, como nosotros, piensan y actúan. Para calmar un poco tu inquietud, te adelantaré que te presentaré a otros seres, espíritus que, como tú, seguirán trabajando para su mejora personal y para la de los demás. Te garantizo aspectos más que interesantes… Ahora, es normal que notes más el peso de la soledad, el de este intervalo temporal al que te hallas sometido para concentrar tus energías en el objetivo de atender a Alonso.

—¿Y qué cosas interesantes serán esas, profesor?

—Je, je, no creo que dispongas de tiempo para aburrirte. Tendrás una serie de ocupaciones que, por supuesto, deberás seguir desarrollando. Y necesitarás avanzar en tus estudios, algo que sé que te gusta, es decir, todo lo relativo a la ampliación de tus conocimientos. Estoy convencido de que te adaptarás pronto a tus cometidos y que le hallarás un perfecto sentido a todo lo que se te encargue.

—Se me hará difícil despegarme de Paula y de Sandra. Intuyo que deberé mudar mi escenario actual, que no podré continuar por más tiempo en torno a mi antigua familia, en otras palabras, que no sabré ni lo que hacer con todas esas lágrimas que derrame.

—Al principio las derramarás. Eres un hombre de sentimientos y eso no te hace más débil ni más frágil, simplemente, más afectivo. Nunca perderás ese vínculo concretado con ellas a lo largo de los años. Y… ¡quién sabe! Tal vez algún día tengas la oportunidad, dependiendo de las circunstancias, de contactar con ellas y de observarlas desde tu nueva ubicación. De todas formas, nos estamos anticipando mucho y estas hipótesis de futuro no dejan de ser meras conjeturas que pueden distraerte de la importante tarea que ahora tienes entre manos.

—Hay otra preocupación, Viktor.

—Te escucho.

—Sandra nunca ha sido una persona de creer mucho o de interesarse por este mundo espiritual en el que vivo en estos momentos. Quizá fuese por miedo a lo desconocido, por ignorancia o por falta de fe, pero lo cierto es que tengo dudas acerca de su reacción si finalmente logro ponerme en contacto con ella.

—Te entiendo. Yo te diría que mirases más bien el lado positivo del asunto. Si a través de la intermediación de Alonso, ella se muestra receptiva y consigue comunicarse contigo, es muy posible que su sistema de creencias sobre el más allá cambie.

—Sí, es cierto. ¿Por qué no? Ah, si yo pudiera permanecer junto a ella una serie de días, si pudiésemos comunicarnos de manera fluida, quizá para ella todo resultaría más fácil, más sencillo de comprender y de asimilar. Si supieras las ganas que tengo de demostrarle cómo estoy y lo que hago, cuáles son las circunstancias actuales en las que me desenvuelvo, lo que siento por ella y por la niña…

—Recuerda el consejo brillante que te proporcionó tu propio paciente. Con una vez será suficiente, David. Tú eres de emplear mucho la razón, de reconducir los pensamientos hacia una visión realista y adaptativa de las cosas. En tu caso, solo me cabe decirte: aplica ese principio contigo mismo. ¿Qué le dirías a uno de tus clientes que insistiera mucho en el apego emocional?

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (62) Ansias de contacto»

  1. Coíncido! Mientras mayor afectividad mayor apego y mayor dolor! Funciona en esta y en aquella vida tambien. quien sabe si se lleva David una sorpresa como el de la pelicula y es el mismo quien sienta que debe marcharse!

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