EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (9) El compromiso

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—Me siento un poco estúpido —admitió el psicólogo mientras que dirigía su mirada hacia el suelo—. ¿Podemos hablarlo?

—Claro. Adelante.

—Es que creo que me he comportado de un modo infantil. No me importa reconocerlo.

—¿Y bien?

—Verás, Viktor, me pasé de listo. Cuando me comentaste que el único camino para visitar a los míos era atender antes a ese Alonso o como se llame, me rebelé por dentro. Me preguntaba por qué para ver a mi mujer o a mi hija, yo necesitaba ocuparme de ese hombre, hacerme cargo de un proceso terapéutico que podría extenderse por meses o incluso años. ¡A saber el trastorno que padecerá ese señor! Además, ya lo sabes, yo soy de aquí, de Madrid. Sé orientarme. Ese trayecto me resultaba conocido y desde el lugar donde se produjo el accidente podía andar y alcanzar mi casa. ¿Por qué iba a renunciar a algo que podía obtener por mis propios medios? Todo iba a ser de lo más sencillo, llegar a la calle donde vivía, atravesar el portal, subir las escaleras y finalmente, cruzar la puerta de mi añorado hogar hasta contemplar a Sandra y a Paula.

—Sí, el plan que elaboraste en tu pensamiento resultaba muy simple. Sin embargo y por las noticias que tengo, creo que no te ha sido posible cumplirlo.

—Sabes perfectamente que no, Viktor. No te hagas el despistado, porque de alguna manera, estoy convencido de que tú estás perfectamente informado de lo que me sucedió hace un rato. Da igual, lo cierto es que he experimentado un estado de impotencia horrible. No recuerdo haberme sentido tan mal en años. Por eso me ha dado tanta alegría reencontrarme contigo.

—Bien, no sé si satisfaré tu curiosidad al respecto de lo que te ha sucedido. Para tu tranquilidad, te diré que es bastante habitual. Hay que tener en cuenta, que no se puede acceder a un nivel superior sin completar la etapa previa. Fuiste a la universidad y estás familiarizado con cualquier sistema de estudios. Eso sería como presentarte a una exigente prueba física sin haber realizado una serie de entrenamientos previos. Las posibilidades de fracasar serían muy elevadas. ¿No crees, David?

—Supongo que sí, tú eres el experto.

—Mira, no quiero ser pesado, amigo. Solo espero que tengas clara una cosa: has de ascender, cómo no, pero no te vas a saltar ninguno de los peldaños que te restan. Como ya te dije, subir tu particular escalera, implica superar la prueba que te comenté. No hay que darle más vueltas a este asunto: tendrás que apostar por tu cliente, ayudarle, trabajar con él. En caso contrario, las consecuencias se dejarán sentir y por supuesto, no tendrás la oportunidad de hablar ni con tu esposa ni con tu hija.

—Vale —concluyó David mientras que ponía sus brazos en jarra en señal de acatamiento ante las instrucciones de su mentor—. Me ha venido muy bien este fracaso para considerar con plena seriedad tu ofrecimiento. O lo tomo o lo dejo, no existe alternativa. En otras palabras, yo cumplo con mi misión y luego, soy recompensado con lo que tú ya sabes.

—Exacto. Tú lo has dicho y tú lo has asumido. Me alegro de ello y cuanto antes empieces, antes alcanzarás tu meta. Veo que has aceptado el reto y que la dinámica que habita ahora en tu mente, es más positiva para tus intereses.

—Desde luego, profesor. Voy a dejarme de juegos estúpidos, de creer que domino la situación y de ser el listo de la clase. Tú tienes tu papel y yo el mío. Lo mejor será respetar el rol de cada uno.

—Excelente, David.

—Oye, perdona, pero noto como si estuviera perdiendo la voz. ¿No lo notas?

—Sí, es evidente. Es lo que tiene el cansancio. Cuando perdemos fuerzas, parece que todo nos cuesta más trabajo, incluso comunicarnos. Nada ajeno a la lógica.

—Cierto, Viktor. Disculpa por mi insistencia, pero tengo otra pregunta. Digo yo que si no tengo cerebro ni sistema nervioso, ¿cómo es posible que me sienta tan cansado? No hay sinapsis entre mis neuronas ni músculos que ejercitar. ¿Qué me está ocurriendo?

—Ya sabemos que no posees tu antigua estructura orgánica, pero es cierto que tienes otra. Los espíritus como tú también se agotan, aunque de un modo diferente al que estabas acostumbrado. No es la misma sensación que tenía tu cuerpo físico, pero tu actual estado no te libra de esa sensación. Venga, amigo, no le des más vueltas al tema ni te compliques tanto buscando explicaciones para todo. David, admite que llevas una última semana muy ajetreada. ¿Te parece poco lo que has aguantado? Lo ocurrido es como haberte expuesto a una intensa situación estresante. Tú, mejor que nadie, conoces de los efectos que ello conlleva. ¿Verdad, señor psicólogo?

—Sí, cierto, pero ahora no estoy para acertijos. Necesito descansar antes de perder el pequeño hilo de voz que me resta. Por favor, ¿cómo podría descansar? Te lo juro, Viktor, este «cuerpo» o como lo quieras denominar me «pesa» cada vez más. No puedo con él y no quiero arrastrarme. He de reposar como sea.

—Sí, David. Son muchas emociones extremas durante un período de tiempo muy corto. Anda, acompáñame, yo te daré una solución para tu problema.

…continuará…

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EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (10) El reposo de un espíritu

Dom Oct 10 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—¿Acompañarme? ¿Adónde? —acertó a decir David en un tono asustado. —Mira, observa con atención. ¿Ves aquel inmueble a lo lejos? —¿Cuál? ¿Aquella casa pintada de blanco? —Sí, justamente. Pues está vacía. Su dueño no reside en ella y ahora mismo, tampoco la tiene alquilada. Nosotros la hemos «ocupado» para […]