SONIA Y LEÓN (94) ¡Camarero, por favor…!

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—No quiero añadir presión —añadió León con cara de circunstancia—, pero el camarero lleva ya un buen rato observándonos.

—¿Qué estás diciendo? ¿También ese tiene «capacidades»?

—¡No, mujer! Despierta; no me estoy refiriendo a eso. Es algo más prosaico. Me parece que está esperando desde hace minutos a que le digamos lo que vamos a tomar. Bueno, al final, ¿qué piensas comer?

—¿Eh? Uf, no sé. Si voy a engordar en los próximos meses con el embarazo, deberé acostumbrarme a controlar el peso desde ya… no vaya a ser que me ponga como una foca.

—Cariño, salvo que el crío venga al mundo con veinte kilos, pienso que de esa cuestión y dada tu constitución delgada, no deberías preocuparte en exceso. De todas formas, has estado graciosa. Te he visualizado perfectamente caminando por la calle en mi compañía y ya con una cierta barriguita…

—Venga, hombre, a ti se te va la cabeza con la imaginación.

—¿A mí? —expresó León mientras que apuntaba con sus dos dedos índice a su propio pecho—. Por favor, ¿tú te has mirado en el espejo? Yo represento la parte más lógica, la más racional de esta pareja. Tú vives en tu mundo de sueños e intuiciones, algo que te hace tan particular y tan atractiva a la vez…

—¡Eh, eh! Recuperemos la cordura o enloqueceremos. Creo que los nervios se han apoderado de nosotros. Debe ser por la gravedad del tema planteado.

—Pues sí, mi amor, ahora que lo pienso, debe ser por ese motivo. Venga, pidamos algo ya, que el hambre me está consumiendo por dentro. Y por favor, que traigan un buen vino, que necesito tranquilizarme.

—Estoy completamente de acuerdo contigo, León. ¡Camarero, por favor…!

*******

Unas semanas más tarde, todo estaba listo en el piso de Sonia para recibir la siempre agradable visita del Delegado de Hacienda.

—Por fin, Hipólito. ¡Cuánto tiempo sin vernos! Este aprovechado, al menos, te ve todos los días, pero, yo, ni eso. Estaba deseosa de que te acercases por nuestra vivienda.

—Pues sí, es cierto. Me disculpo por la demora en nuestro encuentro, pero ya le comenté a León que durante los últimos fines de semana he tenido visitas. Mis dos hijos se alternaron en su llegada a casa y gracias a ellos, he podido disfrutar como un feliz abuelo de mis nietos. ¡Qué ternura me inspira el contemplar a nuevos espíritus entre nosotros dispuestos a continuar con su marcha inmortal! Claro, eso lo digo porque les amo, porque al abrazarles no puedo evitar acordarme de mi esposa y de cuánto le hubiese gustado disfrutar de ellos. Una buena madre no puede evitar ser una gran abuela. En fin, las cosas del destino, ella debía irse antes que yo, estaba programado que fuese así y ante eso, solo cabe la más sana resignación y concentrarse en lo que ese vínculo me aportó, que para mí fue muchísimo. Admito que hace tiempo que superé la fase de rebeldía que acompaña a la pérdida de un ser tan querido como mi esposa. Ya no protesto ante lo que sucedió, solo intento extraer las mejores lecciones para mi adelanto. Uno se va haciendo viejo sin remedio y creo que eso ayuda a entender mejor la evolución de los acontecimientos.

—Me parece una postura muy inteligente por tu parte, jefe. Esa actitud de aceptar con mesura lo que a uno le va pasando no es tarea fácil, ni todos están dispuestos a reconocerlo.

—Sí que es cierto, amigo. No deja de ser un tema siempre a trabajar por parte de los que habitamos este planeta.

Una vez acabados los comentarios típicos de estas situaciones, los tres se acomodaron en el salón del piso.

—Bueno, Hipólito —intervino Sonia mientras que miraba dulcemente al Delegado—. Esta vez, estamos en mi hogar, por lo que yo seré la portavoz de una importante noticia que te queremos dar, aunque la decisión, desde luego, ha sido tomada en armonía por los dos. Además, no debes extrañarte en exceso, porque tú tuviste una influencia decisiva a la hora de planificar lo que haríamos.

—¿Eh? Pues la verdad es que me tienes un poco despistado, jovencita. Ahora mismo, no tengo ni la más remota idea de lo que me estás comentando.

—Vale. Se ve que te cojo en un mal momento de memoria, pero no importa, yo te refrescaré las ideas. Verás, hace unas cuantas semanas, León y yo salimos a almorzar un viernes para darnos un respiro durante el fin de semana. De repente, él puso un gesto de preocupación poco habitual y así, como quien no quiere la cosa, me contó que había estado hablando contigo en el trabajo y que tú le habías hecho una pregunta muy concreta sobre si nosotros habíamos pensado alguna vez en tener hijos.

—Un momento —intervino Hipólito con gesto de incredulidad—. ¿Dices que eso ocurrió hace unas semanas? ¿Dónde, exactamente?

—En tu despacho, jefe. Fue un jueves en concreto. Yo subí a que me firmases unos documentos y me miraste y fue entonces cuando me hiciste esa pregunta tan directa y tan desconcertante. Yo no supe qué responder, aunque al final, te comenté que ni siquiera habíamos pensado en esa posibilidad. Tú respondiste «ah, de acuerdo» y ahí se acabó todo, porque ya no tuve más oportunidades de referirme a esa cuestión.

—Pues me vais a perdonar ambos, pero no tengo ningún recuerdo de haber dicho eso. Uy, chicos, muy mal debo estar de la cabeza y de mis recuerdos. Por más que trato de ubicarme, no lo consigo. Además, tampoco ha transcurrido tanto tiempo. Ah, y un detalle importante que tal vez desconozcáis: ese no es mi estilo, quiero decir, el de hacer ese tipo de pregunta tan inaudita, que ponen en un aprieto al interlocutor. No sé si me he explicado, amigos…

…continuará…

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SONIA Y LEÓN (95) Preparativos

Mié Ago 4 , 2021
—Vale. Pero, trata de recordar, Hipólito —insistió Sonia—. ¿Por qué le comentaste a León ese tema? Quiero decir, ¿resultó una inspiración? ¿Escuchaste una voz en tu interior que te impulsó a expresarte de ese modo? —Mirad una cosa ambos: puedo sufrir un despiste en cualquier lugar o momento, tengo ya […]